Where’s David Bowie?

David Jones nació en 1947 en un Inglaterra orgullosa y en declive, en un país de estrecheces y rigideces.

Desafió lo obvio y lo obligatorio, la recia tradición del hábito y las convenciones. Apreció el rock y a su mejor encarnación: Elvis, pero también Little Richard.

Y amó el music hall y el teatro, las artes escénicas, unas habilidades, afeites y maquillajes que aprendió o desarrolló con Lindsay Kemp, su primer mentor.

Pero quiso ser a la vez glamouroso y elegante, un cantante de suaves formas y lánguida expresión, un Frank Sinatra a quien tanto admiró. Quiso ser el ‘crooner’ melancólico de un mundo a la deriva.

Compuso canciones y baladas angustiosas: también piezas joviales y tristes, de ansiedades particulares y de amenazas apocalípticas.

Cantó con variados registros, de acuerdo con los personajes a los que adoptaba o en quienes se transmutaba: muchachos andróginos, astronautas sin norte, humanos desbocados y extraterrestres, propiamente alienígenas o alienados.

La alienación es su tema, el subtexto que subyace o que emerge, no los viajes interestelares. Aventuras, sí: emprendió viajes a las regiones dichosas o sombrías del alma, ese dominio en que el ser se ignora, en el que el ser es ya otro, otros.

Para eso tuvo que maquillarse hasta hacer desaparecer al David Bowie original, aquel muchacho ‘mod’ que empezó hacia 1965.

Para eso tuvo que disfrazarse hasta hacer de la apariencia y el hábito su segunda piel. Maquillajes y afeites, ya digo, que son máscara y protección, identidad de hermanos perdidos.

Se alzó a plataformas de vértigo, un calzado que lo alejaba de la Tierra, de la ordinaria convención, de la vida previsible. Se aupó hasta esa altura e incluso levitó.

Se enfundó monos de plásticos y brillos, plásticos monos, sí: escandalosa indumentaria que asombró y que luego mudó: de la estridencia a la extrema elegancia, de la provocación de lamé hasta la pose de finos paños.

Lució su feliz y abundante cabellera sometiéndola a cortes audaces y a tintes coloristas: unos cromatismos que le hacían ser extraño y hasta extravagante.

Quizá con esas mudas expresaba la fantasía de quien vive sin ser, sin acabar de ser; quizá expresaba la quimera de un loco potencial; quizá expresaba la certeza de un ser ajeno, ese tipo que sobrevive en un espacio especial, en un espacio exterior y espacial.

Fue eso y mucho más: incluso un hombre de negocios, un avispado industrial, un próspero comerciante que supo vender su alma, su cualidad y hasta el mundo del más acá.

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