Yo, pecador

Yo empecé a pecar conscientemente muy pronto. No eran faltas tontorronas o infantiles. Eran ya maldades de adulto, con una perversidad que a mí mismo me sorprendía. Me veía como un ser pecaminoso, malencarado, con ideas tóxicas. Con tentaciones insuperables.

¿Un ejemplo? Pues mentir a sabiendas, con determinación. Con maldad deliberada para confundir a mayores y familiares: para engañar a Dios, triste propósito. Vivía con la impresión de estar transgrediendo, de estar rebasando una línea muy nítida. Vivía con la impresión estar cerca de las calderas de Pedro Botero.

Recuerdo el día en que fui a ver ‘Peter Pan’ (1953), la película de Walt Disney. Era una sesión de tarde, la de las siete y pico de un sábado de mayo. Estábamos en 1967. A la hora de la cena, tras la proyección, regresamos a casa. Yo aún tenía siete años, cosa que vivía como una carencia. Sin embargo, mi querido primo, que me acompañó a aquella sesión cinematográfica, contaba un par más. Lo veía ya formado… Nos acostamos juntos. Sin malicia.

Poco antes de meternos entre sábanas, por alguna razón menor, insulté gravemente a mi primo, a mi querido primo. Le dije que era un imbécil o algo así. Sentí un estremecimiento: no hacía nada que me había confesado ante el cura en el mismo templo en el que iba a tomar la primera comunión al día siguiente. Era una de esas iglesias de los años sesenta, con audaces modernismos, con coros de jóvenes, con guitarras.

Como brotes de olivoooo…

Esa misma mañana del sábado, yo me había liberado de mis deslices, de mis maldades. Me sentía ligero y libre, algo imprescindible para acudir a tomar el cuerpo de Cristo. Eso sí, siempre te quedaba una duda (¿seré lo suficientemente manso y bueno?). Durante unas horas me sentí horro de culpa, ajeno al Infierno.

Aquel insulto, aquella vejación que infligí a mi primo, me llevaron a un camino de perdición. Ya no pude recuperar la confianza de Dios. Comulgué en pecado, sin sacudirme ese fardo, autor de un grave ultraje. Y mi alma, tan sombría, perdió toda honestidad.

Desde entonces sobrevivo con un malestar interior incurable. Vivo en deuda con mi primo y con Dios. A mi primo lo quiero mucho y nunca, pero nunca, le he revelado el peso de esta falta, algo de lo que él no es consciente. Trabaja animosamente, es un tipo entrañable y no ve la doblez de mi conducta.

A Dios ya no le profeso sentimiento alguno. Renuncié a él poco tiempo después de este episodio, justamente cuando empecé a descubrir mi cuerpo, cuando empece a rozar mi epidermis. Fue una gran decepción. Mi porte era escasamente musculoso, sin arreglo, y mi piel tenía y tiene (eso duele) unos pelillos que se ponen tiesos en los momentos más inorportunos: son el indicio de la lascivia.

Y así malvivo, arrastrándome en este lodazal, en el pecado, y pidiendo, sí, la excomunión. Desnudo, solo, infame. ¿Para qué? Para liberarme del peso de la culpa, diría un creyente. No, yo no soy creyente. Pido la excomunión por falta más grave: por haber mandado la Iglesia al Infierno.

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Job, Léon Bonnat (1880), Museo del Louvre, París.

http://chn.ge/1jKIMm0

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