La guerra, etcétera. ¿El fin del mundo?

“Me he instalado en esta ciudad para esperar en ella el fin del mundo”. Así comienza Tus pasos en la escalera (2019), de Antonio Muñoz Molina. Uno de los aspectos más relevantes que aparecen reflejados en dicha novela es la escatología.

Con escatología me refiero al fin del mundo, al advenimiento de la última gran crisis, la definitiva, de la que ya habría numerosos indicios y de la que el protagonista de la novela se hace eco. El personaje de la obra vive en la actualidad.

Bruno, el narrador, que es quien nos habla en primera persona, muestra una percepción clarividente y embotada de las cosas. Vive viendo señales del próximo final y vive haciendo acopio de provisiones materiales e inmateriales para resistir, para sobrevivir al cataclismo último. Como un náufrago.

No es el único, nos advierte él mismo. Hay magnates que se están haciendo construir búnkeres de máxima seguridad en los que poder reconstruir la vida posterior al desastre, una vida a escala, una representación virtual de un mundo que ya habría desaparecido tras la guerra u otro cataclismo.

Los lectores podemos convenir en que el personaje de esa novela tiene una conciencia alterada, pero podemos convenir también en que todo lo que dice que pasa (incendios devastadores, crash financiero, tsunamis, cataclismos sin fin) está pasando hoy en día. O viene pasando desde hace un tiempo: desde hace un siglo o más, por ejemplo.

Nosotros mismos lo sabemos o al menos lo tememos. Cuando vemos los informativos, cuando leemos los periódicos, cuando consultamos las redes, hay un momento en que debemos apartarnos.

Debemos apartarnos para suspender la atención. Debemos desconectar para no sentir el ahogo de un mundo que marchar a la deriva. Es justo en ese momento cuando sentimos toda la debilidad o impotencia del individuo. Nuestro poder es nulo, constatamos, y somos una parte infinitesimal de un mundo grande y terrible, por decirlo con Antonio Gramsci.

Las noticias de que nos da cuenta el narrador de Muñoz Molina van de lo banal a lo terminal, del apocalipsis venidero a los crímenes más crueles, del calentamiento de la Tierra a la próxima hecatombe económica, de esta o aquella crisis humanitaria a esta o aquella amenaza nuclear. Y la Guerra final como fondo.

Por otra parte, la crisis de la democracia, de los sistemas representativos es información cotidiana y verificable. Ahora, sin duda; pero también muchas décadas atrás. No sólo las instituciones se degradan por el mal uso y el mal gobierno, por la rapiña y las corrupciones varias. O por la amenaza cierta de tiranías, autoritarismos o incluso totalitarismos, según la experiencia y la memoria del siglo XX.

También peligran nuestras libertades: las decisiones relevantes no se debaten siempre o no se toman ya en la esfera pública de deliberación, que es principalmente el Parlamento. Con frecuencia tenemos la impresión de que lo de verdad importante ocurre en la sombra mientras vivimos o creemos vivir en una sociedad de masas y transparente. Así, desde principios del Novecientos…

La impresión general que podemos experimentar es la de estar inermes. Los liderazgos son débiles y burocráticos, caprichosos o sencillamente autoritarios (sin descartar los totalitarios).

Cualquier medida adoptada por un dirigente irresponsable o vesánico puede trastornarlo todo. Puede que hasta hundirlo todo: tal es la conexión global que hay ahora y que la hubo anteriormente.

Es como si cualquier cosa desbocada pudiera desencadenar ese fin del mundo que se cierne, ¿Por qué? Porque los factores concurrentes multiplican el efecto. Y es como si cualquier cosa desbocada pudiera angustiarnos de forma devastadora, dada nuestra vigilia insomne y dada nuestra información constante. Sin duda, ahora esto llega hasta el paroxismo: tal es el caudal informativo. Pero nuestros antepasados del XX, de sus primeras décadas, vivían igualmente aturdidos con una sensación vertiginosa de cambios y de informaciones masivas.

Por supuesto, el asunto ahora es más angustioso. Por un lado se han multiplicado las posibilidades ciertas, reales, de caos y de destrucción absoluta, pero esas posibilidades ya las había. Y, por otro, ha cambiado de modo sustancial nuestra percepción de lo catastrófico y de lo inmediatamente catastrófico.

Sin duda, lo que ocurre no es prometedor. Es más, parece muy grave. ¿Tanto? Un personaje El nombre de la rosa (1980), de Umberto Eco, prevenía contra el fatalismo: contra el fatalismo escatológico, precisamente. Y prevenía estando en la Edad Media, en una Baja Edad Media de ficción.

Desconfía, Adso —venía a decir Guillermo de Baskerville—. Los tiempos siempre están a punto de acabar y eso nos lo hacen saber una y otra vez los profetas agoreros, portadores de predicciones terminales —apostillaba.

Cierto, los tiempos siempre están a punto de acabar. Eso significa que estamos constantemente al borde del precipicio y que el fin siempre es venidero o próximo o al menos es factible su cumplimiento fatal.

O, por el contrario, eso significa que la rutina del fin inmediato, de la hecatombe que se avecina, nos vacuna una y otra vez y nos previene.

A lo largo del siglo XX, sin embargo, las guerras totales y su armamento han puesto al mundo al borde del abismo en múltiples ocasiones. ¿Nos hemos salvado de chiripa? ¿Nos han redimido la razón, el entendimiento, el miedo?

“Huye, Adso, de los profetas y de los que están dispuestos a morir por la verdad, porque suelen provocar también la muerte de muchos otros, a menudo antes que la propia, y a veces en lugar de la propia”, dice Guillermo de Baskerville en otro pasaje de El nombre de la rosa.

Sin duda, hay líderes irresponsables que nos amenazan con un fin sublime y aterrador, dispuestos a morir y sobre todo a hacer morir a muchos. Hay también dirigentes racionales que saben gobernar las instituciones razonablemente. Tienen por norma no agravar el estado del mundo o evitar su definitiva explosión.

Pero no basta. Los individuos, solos o en compañía de otros, tenemos también las máximas responsabilidades. Informarnos, examinar y examinarnos, desarrollar la autoconciencia, gobernar las emociones. En 1914 o en 2019.

Somos terminales de un mundo trabado, interconectado, de un mundo en donde la acción o inacción de uno se suma a la acción o inacción de muchos, incluso de muchedumbres.

Debemos ser conscientes de que un acto, un solo acto, redime o salva a la Humanidad. Con una acción responsable o irresponsable, digna o indigna, definimos el tipo de mundo en el que vivimos o queremos vivir.

Un acto nunca es un solo acto: se suma a otros cuyos efectos nos sobrepasan, multiplicando o desmintiendo las consecuencias previstas. Es por eso por lo que, otra vez, una acción responsable o irresponsable, digna o indigna, construye o destruye el tipo de mundo en el que vivimos o queremos vivir.

A quienes estudian el pasado, los historiadores, se les pide cautela, prudencia analítica, acopio de erudiciones, informaciones contrastadas y pruebas creíbles. Todo ciudadano responsable y digno debería exigirse lo mismo.

Bruno, el protagonista y narrador de Tus pasos en la escalera se nos parece. Es un personaje de ficción, pero en ciertos aspectos resulta un humano muy creíble. Tiene miedos y tiene obsesiones.

Ve con presciencia el fin del mundo venidero, pero no sabemos si ve bien. Desde luego dispone de mucha información. Lo que no sabemos es si conecta bien los datos globales y si sabe mirarse, examinarse, justamente lo que debemos aprender primero.

Fotografía: AP

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