La buena educación

Sábado, 13 de julio. Durante un tiempo, no puedo precisar cuánto, estuvimos viendo laSexta Noche.

Tras la experiencia, en casa nos hemos comprometido a no volver a ver dicho programa, salvo circunstancia excepcional.

Ingenuamente queríamos saber cuáles son el estado y la marcha de las negociaciones a izquierda y derecha para formar gobiernos autonómicos y central.

La rutina expresiva, las fórmulas estereotipadas, el tópico repetido, la interrupción maleducada, la cháchara torrencial y el tono más chocarrero fueron las fórmulas retóricas habituales entre los representantes de los partidos.

Por supuesto no dejar de hablar y no dejar hablar son argucias típicas y tan antiguas como el parlamentarismo. Son perfectamente legítimas, pero quien se vale de esos recursos es probable que carezca de sustancia.

No dejar de hablar y no dejar hablar es, por ejemplo, muy característico de esos políticos que basan su discurso en el ruido verbal: propiamente, en la verborrea. Un bla bla bla interminable te haría más convincente. Supuestamente.

No es preciso estar de acuerdo con la política de su partido para reconocer la educación, la buena crianza. Apenas pudo decir algo sin ser toscamente interrumpido.

Aquí lo vemos en un plano en donde parece implorar clemencia antes de ser devorado. ¿Acaso por falta de recursos u oratoria? No. Este caballero no carece de habilidades dialécticas y la audiencia las valorará.

Felipe Sicilia en laSexta Noche, 13 de julio de 2019

En laSexta Noche, sólo Felipe Sicilia supo mantener la compostura. Es un hombre guapo, fino, de trato afable y de respuesta cortés, alguien con quien hablar y, por qué no, discrepar.

El público no aprueba necesariamente la agresividad. Quiero pensar que los espectadores más sensatos sabrán valorar una cortesía y una bonhomía que parecen infrecuentes.

Pero no todo depende de las buenas maneras. La rapidez de respuesta, el trallazo verbal, la interrupción son cosa que provoca este formato televisivo.

La necesaria brevedad de las intervenciones hace que el debate sea una suma de atropellos, de roces y lances.

A ver quién habla más y con mayor determinación, a ver quién larga con mayor estrépito, como si la vehemencia fuera virtud enunciativa. El resultado es una discusión entrecortada, sin rumbo.

En tiempos de mis abuelos, y con involuntaria incorrección política, a estas formas se las llamaba arrabaleras. Formas arrabaleras.

Hoy las designamos de otro modo. Lamentablemente —me digo—, el estilo poligonero se extiende.

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