Javier Cercas. Frente al pelotón de fusilamiento

Por razones varias, Javier Cercas está padeciendo una hostilidad creciente. De un tiempo a esta parte parece como si cierta gente, casi legión, lo detestara con porfía, con una ojeriza en principio inexplicable.

En ciertos medios públicos, entre historiadores y literatos, y entre catalanes independentistas e izquierdistas, su nombre se menciona para mal o para peor o para mucho peor. Es columnista y dice la suya sin cortapisas.

Cercas toca muchas teclas y además con éxito del público y aprecio de la critica más distinguida. Pero es el caso de escribir una novela, de publicarla, y ese hecho común y hasta frecuente despierta la animadversión de unos enemigos sobrevenidos.

Hay historiadores que le reprochan el uso del pasado, lo que juzgan sus ignorancias oceánicas y sus presuntas licencias y arbitrariedades. Y hay novelistas o periodistas, en fin, que le acusan de todo lo imaginable.

Entre sus rivales más feroces como mucho se admite que Cercas escribe con una soltura y una solidez envidiables. Que escribe fácil, con poco estilo y pegado a la realidad, carente de una fértil imaginación.

Hasta de putero. Ése es el caso de Arcadi Espada, que años atrás se inventó algo calumnioso, un infundio —Cercas en una casa de lenocinio—, para denigrarlo grandemente. Quería darle lecciones; quería mostrarle la inutilidad de la ficción.

Se le admite que sí, que urde historias con intriga, con humor, con un ritmo sintáctico solvente, con belleza formal no exenta de pasajes gamberros. ¿Acaso quiere ejercer de ‘enfant terrible’?, le reprochan.

Se le admite, en fin, que sus frases las carga con una sorna bien medida, sin la pomposidad de algunos colegas, que se envanecen por saberse ‘juntaletras’. Pero esa sonoridad de su ritmo sintáctico sólo sería ornamental.

A la vez no es infrecuente otra acusación más grave: la de que el escritor y columnista blanquea el franquismo, el falangismo y, en fin, todas las taras y las cargas del pasado español. Sería poco menos que un traidor o un pancista.

Me echo las manos a la cabeza. Me doy unos coscorrones y luego me la tiento no vaya a ser yo el equivocado. Lo leo con placer y dicha, he mantenido con él conversaciones y discusiones y, finalmente, he compuesto un libro sobre su arte, sobre su obra, del que, qué quieren, me siento orgulloso.

Por lo que me llega, por las invectivas que llegan, yo ya tengo un estatus: figuro como diana menor, pero diana al fin, como un paniaguado del cerquismo.

Yo ya estoy frente al pelotón de fusilamiento de quienes querrían acallar a Cercas. La verdad es que estar ahí no me hace mucha gracia. Por el pim, pam, pum.

O sí: bien mirado, me siento en excelente compañía.

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La fotografía de cubierta del libro y las variaciones de Soldados de Salamina corresponden al arte y habilidad de Antonio Barroso.

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http://puntodevistaeditores.com/catalogo/historia-y-ficcion-conversaciones-javier-cercas

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