Los muertos gloriosos

Memoria de una América imaginada e imaginaria

El mundo de entonces era en color, con unas tonalidades rotundas, o con una solución pastel.

Los jóvenes no se sentían cómodos ante la prosperidad sobrevenida, ante la riqueza material.

Norteamérica existe en nuestras cabezas y Nueva York está en nuestras memorias, al menos en las de aquellos que aún vivimos el estertor del cine clásico.

Son lugares fantaseados. Pues precisamente a esos lugares puedo acudir: a esa América en parte imaginaria en la que todavía estoy mental y emocionalmente alojado puedo regresar. Accedo.

No existe esa Norteamérica que tengo bien aprendida y de la que podría indicar destinos y monumentos.

Es un país joven y para jóvenes, para aquellos ‘rockers’ de los cincuenta que he imitado o cuyas indumentarias he copiado.

Es más: de algún modo, quienes envejecemos inexorablemente seguimos instalados allí, en ese mundo ficticio que nos mostraron el cine y la música.

De repente me miro y me veo como réplica degradada, gente que aún se viste con tejanos o que todavía lleva cazadoras de cuero. Uf…

Nuestros cuerpos son perchas, qué perchas desvencijadas, de modelos remotos. De James Dean, por ejemplo. O eso quiero pensar.

¿Qué muchacho no se ha inspirado en él? ¿Qué adolescente no ha calcado consciente o inconscientemente su desazón?

En él nos hemos proyectado, de él hemos admirado su belleza o nos hemos compadecido.

Pero también me he visto tarareando canciones de aquellos años gloriosos: de los cincuenta, de los primeros sesenta, precisamente cuando todo estaba cambiando.

Las letras decían más de lo que mi precario inglés pudo o ha podido entender. Ahora, justamente ahora, descubro la poesía de un rock sensual y sexual.

Selecciono objetos, leo y releo y escribo algo que fue eso: la recreación de un lugar que sólo existe en mi fantasía, esa Norteamérica material y consumista de la que creeo saberlo casi todo gracias a las películas y a las canciones, a las novelas y a los discos.

La América opulenta y material está en mi imaginación y está en los sones que nos llegan de aquella época.

Hacia 1955, fecha de estreno de Rebelde sin causa, el rock ‘n’ roll está naciendo. Poco tiempo después, esa nueva música tiene ya artistas reconocidos, tiene hitos.

Se han presentado y han triunfado. En parte, su propia imagen es el espejo en el que se miran los muchachos estadounidenses.

El tópico del ‘rocker’ será el de un tipo con coche o moto, el de un joven peinando su tupé, el de alguien con guitarra…

Avancemos hasta finales de los años cincuenta, apenas ha transcurrido un lustro del estreno de la película que protagoniza James Dean.

Un cantante muere pronto. Será un cadáver exquisito del rock, dejando en herencia dos grandes clásicos: Sumertime Blues y C’mon Everybody. Me refiero a Eddie Cochran.

Ambas canciones son el ruido airado de aquella generación y sus ecos sonarán en artistas posteriores: por ejemplo, en The Who o T. Rex (con Marc Bolan).

Elvis Presley era la rebelión del sexo, de la explosión hormonal y de la insinuación explícita. Eddie Cochran era otra cosa, la ira, el malestar.

Muere pronto y muere en un accidente de coche. Como en el caso de James Dean, también Cochran fallece jovencísimo, pilotando su máquina. Su vida se ha consumido.

Son la generación de la prisa, de los satisfechos materiales y de los descontentos emocionales.

Lo quieren todo, con vehemencia, lo quieren sin demoras. Ese hedonismo es una rebelión: pero será también una asimilación.

¿Volver al pasado? En la exhumación de lo pretérito (de la cultura del rock’n’roll, por ejemplo), hay generalmente melancolía: insólita melancolía.

Aunque muchos no hayan vivido en los cincuenta echan en falta aquella forma de vestir, de existir: o de morir joven, incorrupto y temprano. Eso es comprensible.

James Dean muere bellísimo y Eddie Cochran fallece cuando solo cuenta veintiún años.

En cambio, quienes estamos aquí, quienes hemos sobrevivido, nos perdemos.

Perdemos pelo, lozanía, vigor. Envejecemos desmintiendo, además, muchas expectativas, frustrando lo que de nosotros se espera o lo que nosotros mismos deseábamos.

La imagen del joven que consume su existencia apurando hasta el último sorbo es un mito actual que en parte procede de aquella cultura.

Por eso regreso. Para examinar esa insólita melancolía, algo perfectamente actual.

Me interesa dicho pasado remoto no porque haya muerto, sino porque sigue vivo en los mitos con los que vivo y vivimos.

A pesar de que los primeros ‘rockers’ murieran pronto o malamente, sus ecos nos llegan.

O mejor aún: entonamos sus canciones porque advertimos que sus ritmos nos agitan, nos desentumecen.

O porque descubrimos que sus letras son la lírica ficticia de nuestra existencia. No soy así, pero pude haberlo sido. Creo.

Hay una frase que los historiadores repetimos: la historia se interesa por lo pretérito.

Valiéndonos de documentos, reconstruimos el pasado tal cual fue. Esa idea tiene algo de verdad. Y tiene algo de error: para lo que vale la historia es para saber ver el presente.

Si regreso a los años cincuenta o sesenta, mi infancia, no es para hacer arqueología cultural de una época ya concluida. El historiador no traslada los huesos de un cementerio a otro.

Si vuelvo a aquel tiempo es porque el presente es un depósito vivo de una sociedad que entonces nace.

Hoy no es ayer, cierto. Pero la vida de nuestros días está hecha de los restos de aquella época.

Hacemos cosas que hicieron aquellos antepasados. Decimos cosas que dijeron en los cincuenta o en los sesenta. Vivimos lo que otros vivieron de otro modo.

De otro modo, precisamente: ahí está la clave. Los historiadores no desenterramos figuras de otro tiempo por melancolía.

De repente comprobamos que somos copias desvaídas de personajes pretéritos: impura refacción, ruinas de aquellos muertos gloriosos.

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