Miguel Catalán. Filosofía grande

Todo lo decisivo de nuestra vida ocurre al poco de levantarnos, cuando al regresar al estado de vigilia, empezamos a sondear lo que ocurre o nos rodea.

Imaginen que abandonáramos las rutinas que nos salvan o los automatismos que nos abrevian esfuerzos.

Si tal cosa sucediera, entonces todo sería raro, todo sería extraño. Y vivir, más que aventura, sería algo aventurado. Paradójico.

Paradoja es palabra fea: con muchas vocales. ¿De qué hablamos cuando hablamos de paradoja? La cosa tiene su aquél.

Una paradoja es una contradicción más o menos aparente entre dos o más cosas o ideas.

¿Y…? Eso dice el diccionario. Y eso lo vivimos cada jornada, conforme pisamos “la dudosa luz del día”.

Yo mismo vivo acobardado por las paradojas a las que me enfrento. Me estimulan y en ocasiones me paralizan.

Una paradoja es también una afirmación increíble, insostenible o incluso inverosímil que se nos presenta como auténtica. Vivimos rodeados de paradojas, uf.

¿Por qué las paradojas son tan incómodas? No sabemos a quiénes se le ocurrieron. ¿O sí? ¿A Zenón de Elea?

Seguro que el tipo que empezó a plantearlas tuvo la idea de ponernos en aprietos. ¿A quiénes?

A quienes pueden leer o escuchar, a cualquiera. Eso sí, con el propósito de quebrar el tópico, el discurso y el sermón comunes o triviales.

Las paradojas son contradicciones de la lógica, contrariedades de lo obvio, ranuras por las que se nos escapa lo absurdo o se filtran las pulsiones, aquello que carece de explicación o raciocinio.

Paradoja es, en fin, alguna idea extraña e incluso irracional que se opone al sentido común de las cosas, a las evidencias que todos sostienen y a la opinión general o mayoritaria.

Enfrentarse al sentido común puede ser una solemne tontería: todos hemos convenido en que ciertas cosas funcionan y tienen sentido. Muchos automatismos están bien justificados. Como ciertas rutinas.

Oponerse a la evidencia de que el sol sale todas mañana es una memez de una gran inutilidad.

Pero rastrear nuestros hábitos, nuestro lenguaje, a la caza de contradicciones nos hace más perspicaces, aunque no sé si mejores.

La realidad no es un todo uniforme. Está llena de agujeros, de grietas por las que efectivamente se cuela aquello que nos choca. Atrevámonos a ingresar por esas ranuras.

Atrévanse y lean a Miguel Catalán. Entre otros dones, Catalán está dotado para el género chico, para el pensamiento breve.

Sus obras, las que contienen aforismos, tienen una gran finura, un estilismo verbal de mucha precisión, una reflexión cortísima y de calado.

Sirven para examinar el orden y el desorden, para abordar el estado del mundo. Eso sí, siempre desde la perplejidad que nos provoca la vigilia.

Esas obras, esos pensamientos escuetos, también purgan, arrancan la gruesa película de evidencias que nos cubre, la cochambre y adherencias que nos impiden ver.

Quitan muchos velos…

Por ejemplo, uno de sus libros que he leído y que releo frecuentemente, a cachos, es Suma breve. Pensamiento breve reunido (2001-2018) (2019).

Es filigrana verbal: por la expresión y el ritmo de la prosa. Y es un disolvente: también desatasca.

Elimina y a la vez destruye todo lo que era sólido, adherido y dañino. La capa que nos lamina.

Suma breve, con expresas resonancias, resume y reúne un saber inconsútil, sin sistema, sin estructura.

Es un volumen breve, claro. Y allí su prosa, enérgica y lírica, adopta la forma del aforismo o del microrrelato.

Esos pensamientos sirven para expresar una paradoja, para narrar episodios de la existencia cotidiana, de la vida de vigilia.

Y muchos de ellos son jocundos e incluso desternillantes: vamos, que provocan la risa. ¿Ejemplos? No pondré ninguno. Por piedad hacia quien se atreva a leer el volumen.

Hay humor explícito y humor implícito. No suele haber socarronerías, pero sí una sutil, una permanente ironía. Suma breve es un tónico. Y un purgante.

Lo pueden tomar entero o se lo pueden administrar en dosis homeopáticas.

Ya me dirán.

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