¿Qué fue del rey?

Releí días atrás Hamlet, de William Shakespeare, gracias a Toni Zarza. En su Club de Lectura, aquel que se celebra en el Museo L’Iber, de Valencia, lo tenían como obra a debatir…

Digo que lo releí gracias a él porque, al enterarme, quise compartir con Toni esta experiencia: que pudiéramos hablar sobre una pieza verdaderamente inmortal.

Sí, ya sé que el teatro es para verlo, para acudir a la sala, para disfrutar la representación, para evaluar la adaptación. Es más, podemos discutir si Laurence Olivier o Kenneth Branagh… Etcétera.

Hamlet (1948), de Laurence Olivier

Pero, qué quieren, siempre he tenido el vicio de leer obras dramáticas. Me encanta incluso pronunciar en voz alta los diálogos, casi declamarlos, pero no menos placer me procuran las acotaciones.

Hamlet, como otras obras de Shakespeare, la leí siendo joven y, la verdad, hacía años que no había vuelto a ella.

Uno cree saber de qué va aquello que vio representado o que leyó en su momento. No es así. La experiencia es siempre nueva, sorprendente.

Ustedes dirán…

En Hamlet (1599-1602) ocurren ciertas cosas que hay que enumerar. Paso a detallarlas sin que el orden implique mayor o menor importancia. Perdonen los ‘spoilers’, cuatrocientos años después.

Hamlet, príncipe de Dinamarca, ha regresado del extranjero para llorar la repentina muerte de su padre. Cuando llega descubre que su madre Gertrudis se ha casado con su tío Claudio, el nuevo rey.

De noche, Hamlet se encuentra con el fantasma de su padre, quien le insinúa que murió a manos de Claudio.

Durante el resto de la obra veremos al príncipe fingiéndose loco. Entre otras cosas para tratar de descubrir la verdad acerca de la muerte de su padre.

Entremos…

Estamos en Elsinor, Dinamarca, tierra próxima y lejana, propia y ajena. Aquello a lo que asistimos es local y universal. Lo que inmediatamente descubrimos es la muerte del rey Hamlet, el soberano de Dinamarca.

Como se ha apuntado más arriba, la escena tiene lugar en Elsinor, en Dinamarca. Unos centinelas ante el castillo del rey ven a un espectro que ya se les había revelado la noche anterior.

El espectro se asemeja enteramente a su antiguo rey, el soberano muerto: “No puedo interpretarlo exactamente, pero, en lo que se me alcanza, creo que esto presagia conmoción en nuestro estado”, dice Horacio, amigo del príncipe Hamlet.

¿Cuál es el punto de partida? Estamos ante un crimen, la muerte del progenitor y legítimo rey. Estamos ante el crimen cometido contra el padre, a quien el hijo, de veinte años, tenía en gran estima y admiraba. Ese fallecido es el hombre virtuoso, el varón recto.

Desde la antigüedad clásica, el hijo está obligado a guardar o proteger el buen nombre de su progenitor, de su linaje. Recordemos a Ulises y a Telémaco…

El rey ahora fallecido reúne cualidades admirables. No es un personaje del pasado o un ser distante del que guardar memoria.

Es, por el contrario, un espectro que regresa (“Enter Ghost”, leeremos repetidamente en las acotaciones originales).

Es literalmente algo remoto y a la vez cercano, alguien familiar y ya distante, un ser siniestro que vuelve para incomodar a los vivos por su villanía y que retorna para que se haga justicia. O para que se practique venganza.

En los cuentos populares, el héroe debe salir de su ensimismamiento o rutina para hacer justicia. ¿Qué cosas?

Pues, por ejemplo, para reponer un tesoro robado, para devolver una princesa a sus legítimos padres o para restaurar el orden, para acabar con una injusticia que se debe a la acción infame de un villano y de sus potenciales aliados.

En la circunstancia heroica, los villanos deben recibir su merecido. Así pasa en los cuentos.

¿Ocurrirá también en una obra, Hamlet, que es… una tragedia? ¿Hay un orden a restaurar o un desorden y caos a provocar?

El orden nuevo es aquí el resultado de la boda precipitada de la viuda, de la madre de Hamlet, con Claudio, ese nuevo rey. Claudio es tío del príncipe, ya lo sabemos, y es un individuo a quien el huérfano desprecia.

En la madre hallamos la doblez y el interés sublunar, un personaje sin moral alguna que destruye los afectos. Nunca sabremos con exactitud si además es corresponsable del crimen.

En Claudio, en ese nuevo rey, no hay bondad o cualidad, no hay rasgo de honor, físico o de otra índole, que lo distinga o lo exalte. Carece de grandeza.

Hamlet sólo ve en él a un tipo ordinario y depredador al que desprecia, un tipo al que sabemos responsable de la muerte del padre y usurpador del reino.

¿Y qué papel desempeña el espectro? El espectro, la aparición del padre tras su muerte, es la epifanía y la expresión de lo siniestro.

Lo siniestro para Sigmund Freud es lo que habiendo sido familiar y entrañable está enterrado o mal enterrado… para finalmente regresar de lo oculto, de lo disimulado, quebrándose así el orden aparente, falso.

El fallecido o, mejor, ese espectro que se revela ante Hamlet es quien aclara el enigma de su asesinato y es quien provoca, induce o destapa el delirio del hijo, también su locura fingida.

Saber más de la cuenta no alivia, sino que destruye. ¿Acaso no sería mejor permanecer en el error o el engaño?

A vista de todos, Hamlet pierde la razón y, con el saber o el conocimiento, pierde metafóricamente la vista (la capacidad de discernimiento) y la vida o, si se prefiere, el sentido de la vida, del amor.

De ahí que corte o le obliguen a cortar las relaciones con Ofelia, justamente para no llevarla al abismo, para así impedir que se precipite. Pero por varias razones Ofelia se precipita.

Los soliloquios que Hamlet mantiene ante los espectadores tienen una función declamatoria y tienen una función reveladora.

Conocemos las tribulaciones de Hamlet y su trastorno, su locura, su locura fingida, los ardides que urde. La vida de Hamlet peligra.

En primer lugar por el conocimiento que lo perturba: alberga en distintas ocasiones la idea o la meta del suicidio. Duda y se retrae: quitarse la vida comporta la condena eterna. Lo sobrenatural lo reprime y se materializa.

Mientras el hijo duda en un espacio que lo ahoga, en un marco que lo asfixia, rodeado de influencias, mientras descubre y asume el horror…, a la vez tantea y programa estrategias. Y simultáneamente corre un grave riesgo.

El usurpador, Claudio, lo quiere lejos o, en último extremo, muerto.

Decía Norton Frye en On Shakespeare que para los ingleses del siglo XIX Hamlet era la obra central del dramaturgo. Quizá porque la obra planteaba, fuera de contexto, preocupaciones muy presentes en el Ochocientos.

¿A qué se refería? A la acción y la reflexión, al acto y su consciencia, a la rectitud, al deshonor. Entre otras muchas cosas, quizá Hamlet nos enseña qué es ser depredador, rey depredador, y cuáles son sus consecuencias. Nos enseña cómo oponerles frente.

Para los espectadores ingleses del siglo XIX, esta pieza de Shakespeare les muestra y revela el poder del Imperio y las hipocresías que lo rodean. Y esta obra les obliga a reflexionar sobre el orden y el desorden.

El orden queda representado por Hamlet y su padre ya fallecido. Claudio, el usurpador, es también quien funda el nuevo orden, una falsedad cimentada en el crimen y la mentira.

Claudio es alguien que comete asesinato y latrocinio, que destruye con la ignorancia o anuencia de su cuñada y finalmente esposa.

Claudio será igualmente abatido. Hamlet es quien venga y restaura (¿hasta qué punto restaura o puede restaurar?) un orden ya quebrado.

Hamlet es un mito de la civilización occidental convertido en tal cosa gracias al genio y al ingenio de Shakespeare y a los efectos que dicha obra ha tenido tras sus representaciones y lecturas. Tras cuatrocientos años.

El personaje es un referente constante en la obra. Todo gira en torno a él. O bien por aparecer en escena o bien por ser nombrado, citado, aludido por otros personajes.

La intriga tiene que ver con su melancolía y delirio, tiene que ver con su dolor de hijo, con su sufrimiento. Todo ello se multiplicará en cuanto descubra y confirme la felonía de su tío.

La obra, Hamlet mediante, es la búsqueda de la verdad. La búsqueda de la verdad frente a los restantes implicados, frente a quienes descreen de su porfía.

Más aún, quienes rodean a Hamlet juzgan su actitud como propia de un demente: un humano aquejado de locura, visitado por espectros. “Señor, habláis sin orden ni medida”, le dice alguna vez su dolorido amigo Horacio.

¿Padece insania, no la padece? Hamlet actúa y procede de modo confuso. Por eso, cuando la madre, que ha sido convocada por el hijo, no vea al espectro que el hijo dice ver, ¿qué cabe pensar?

De entrada cabe pensar que Hamlet padece en efecto algún tipo de trastorno que le hace desechar la felicidad y el sentido del mundo.

En realidad, más que el espectro de su padre, es el propio Hamlet una suerte de figura fantasmal aquejada de ensoñaciones enfermizas, tóxicas.

Hamlet es un personaje trágico, un héroe perturbado, el carácter de un ser que sufre, incluso ajeno al mundo:

“¡Ah, Dios, qué enojosos, rancios, inútiles e inertes me parecen los hábitos del mundo! ¡Me repugna!”

La muerte de su padre es una tragedia, por supuesto, pero es sobre todo una obsesión patológica que le lleva desechar todo aquello que le concierne.

Se nos muestra irónico, sarcástico y hasta cínico. Es por eso por lo que perderá a Ofelia, hija de Polonio. Sólo Horacio, su amigo, le resulta atendible.

Hamlet es también un personaje batallador, un héroe propiamente guerrero. Vence a Fortinbrás, reta a Laertes, también hijo de Polonio. Al mismo tiempo, Hamlet se juzga cobarde o retraído.

De hecho, no parece hacer nada para vengar la muerte de su progenitor. Está lleno de dudas.

“Ser o no ser, esa es la cuestión: si es más noble para el alma soportar las flechas y pedradas de la áspera Fortuna o armarse contra un mar de adversidades y darles fin en el encuentro (…). Morir, dormir: dormir, tal vez soñar”.

Pero, a la postre, Hamlet es un personaje resolutivo, con determinación.

¿Qué nos enseña Hamlet? Las lecciones son múltiples.

La obra nos muestra la verdad y la mentira y lo que de una u otra se deriva. Nos muestra algo que es profundamente social y ambivalente: la hipocresía.

Hamlet encarna la verdad frente a la traición y el ocultamiento. Él rechaza la mera apariencia, la impostura. Ante a la falsedad opone la verdad, los sentimientos auténticos.

“Lo que yo llevo dentro no se expresa”, dice Hamlet. O al menos no se puede fingir.

Por eso, le repugnan especialmente las actitudes de su madre, esas apariencias y esos énfasis de duelo. A su juicio, todo lo que ella hace es impostación. “Todo eso es ‘parecer’, pues son gestos que se pueden simular”. O, en otros términos, el “ropaje de la pena”.

Lo que Hamlet nos muestra es un repertorio de personajes falsos, que se traicionan unos a otros, que actúan maliciosamente, que se adornan con disfraces morales, que blanquean sus fechorías y que, además, no sienten culpa por ello.

Obran exclusivamente de acuerdo con su interés o se defienden empleando la hipocresía o la mentira para encubrir sus maldades.

Enfrentarse a la realidad en Hamlet abiertamente y con sinceridad comporta un riesgo: la demencia, la muerte. La circunstancia es, pues, trágica.

O bien actuamos guiándonos por la falsedad y la hipocresía, cosa que nos lleva al crimen; o bien obramos de acuerdo con la realidad y la verdad, cosa que nos lleva al delirio.

No hay salida. La muerte es la salida.

La representación dramática que hay dentro de la obra teatral (Hamlet) es una epifanía y es una revelación de la verdad. La ficción que se representa ante Claudio le sirve a Hamlet para mostrar lo que en realidad se oculta.

En Hamlet, como en otras obras de Shakespeare, el papel del monarca es esencial en la vida de sus súbditos, marca su ‘fatum’, su destino.

Si el soberano obra incorrectamente o actúa movido por instintos corruptos, todo su reino se resentirá. Todos pagarán por sus vicios.

Punto y aparte.

Mi lectura y esta pequeña glosa son cosa menor. Lamento escribir tan pobremente de algo tan grande. No me gusta esto que ahora acabo de anotar. Lo he escrito demasiado pegado a mi relectura.

Las mil y una cosas que podrían decirse no las digo y eso mismo me ha dejado insatisfecho. Volveré a leerla para reescribir mejor mi glosa.

Pero a la vez me ha hecho pensar en la monarquía, en el príncipe y en el depredador, caracteres isabelinos y, a la vez, personajes de ahora mismo. De siempre.

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