La foto. Dos o tres cosas que sé de ella

De cuando en cuando me gusta recordar una célebre fotografía que capta un momento histórico ocurrido un 16 de marzo.

Que hoy recupere aquella instantánea no se debe sólo a la coincidencia del calendario.

Tampoco obedece a razones revanchistas. No lo hago para afear la conducta de los retratados, tan distantes en el tiempo que parecen pertenecer a un pasado remoto.

Tampoco lo hago por venganza. Las guerras no se ganan retrospectivamente. Aunque sus consecuencias, eso sí, las padezcamos cuando suceden y después, incluso muchos años después.

Si la recupero, si hago tal cosa, es por pedagogía. Lo hago como cuando en mis clases o en mis artículos analizo cubiertas de periódicos con imágenes importantes o no, recurrentes o insólitas.

Ustedes la recordarán. La instantánea, quiero decir.

El 16 de marzo (tal día como hoy), pero del año 2003 se reúnen tres mandatarios (en realidad, cuatro). Se trata de la cumbre de las Azores, protagonizada el presidente norteamericano George W. Bush, el primer ministro británico Tony Blair y el presidente del Gobierno español José María Aznar.

Según revelará tiempo después el propio Aznar, es él quien alienta para que dicha reunión tenga lugar en las Islas Azores. Otra posibilidad era en Bermudas, pero —como el mismo confesará— para muchos dicho nombre se asocia a unos pantalones casual, pieza de armario poco acorde a lo que en ese momento se va a anunciar: una guerra.

El momento quedará inmortalizado en una instantánea periodística de Sergio Pérez Sanz (Reuters). De hecho la tomamos todos como una fotografía histórica. A esa instantánea se le concederá unos meses después el Premio Ortega y Gasset de Periodismo en la categoría de Información Gráfica.

El jurado que le otorga el galardón subrayará el valor histórico de la instantánea, convertida en “verdadero icono de esa reunión”. Y destacará “su revelación de la psicología de sus protagonistas”.

La psicología de sus protagonistas… Enigmática precisión.

No hace falta que reproduzca aquí aquella imagen, que está en la retina de todos.

O tal vez sí.

Volvamos a mirar la fotografía, echémosle un vistazo, ya que si es una instantánea, si lo es auténticamente, entonces congela el instante, la circunstancia irrepetible del momento.

Fotografía: Sergio Pérez Sanz (Reuters)

A diferencia de lo que sucede con la pintura, el instante que capta el objetivo fotográfico se adhiere al soporte. Roland Barthes insistió en ello en La cámara lúcida haciendo de dicha peculiaridad su condición.

Un retrato al óleo suele ser resultado de una larga elaboración: a la tela se adhieren diferentes instantes que no son los que finalmente se reflejan, las largas horas de pose, por ejemplo.

Aunque represente un momento que fue real, que existió verdaderamente, ese momento congelado en la retina del pintor y que su destreza le permite reproducir sobre la tela, son varios.

Es posible que también la fotografía necesite mucha preparación, pero normalmente aquello que capta es un momento único e irrepetible que se da en la vida real de quienes son retratados.

El tiempo es un instante, cierto: ese presente eterno que es el que únicamente vivimos, del que tenemos constancia.

Pero el tiempo dura, se extiende en una sucesión, en una yuxtaposición de momentos: de fotogramas o fotografías, por ejemplo.

La pintura figurativa puede optar por una representación realista, haciendo explícita la “semejanza icónica”, como diría Umberto Eco.

Y puede darnos también un fragmento de vida que jamás existió, porque no hubo nunca ese instante que es posible técnicamente en la fotografía.

Por eso, los lienzos más realistas son a la postre los más elaborados, los más artificiosos, aquellos en los que mayor esfuerzo se invirtió en busca de la autenticidad, de la naturalidad.

Si en conclusión es eso la pintura, tendríamos que admitir que la fotografía es el arte realista por antonomasia.

¿Lo es verdaderamente?

Amigos y lectores profesionales de la fotografía que frecuentan estas redes, y que no cito porque no quiero comprometerlos, podrían enseñarme mucho al respecto.

Como resulta a todas luces evidente, el retrato fotográfico es también un extremo artificio técnico, pero sobre todo suele ser mucha la preparación y frecuente la pose que desnaturaliza.

Es recreación del escenario; es encuadre del mundo, un encuadre que secciona, que recorta sólo una parte de la realidad posible para incluirla en el campo visual.

Es, en fin, representación sofisticada y laboriosa: y connotación, valor significativo o añadido simbólico.

¿Qué es verdaderamente la mano acogedora, amistosa o paternal de George W. Bush que se deposita sobre el hombro de José María Aznar.

Conocemos las revelaciones de Sergio Pérez Sanz, autor de la fotografía. Parece ser que, cuando comienza la sesión fotográfica, Aznar está colocado entre el presidente de Portugal, que es el anfitrión de las Azores, y Blair.

Pero el mandatario español —dice— realiza “un fugaz desplazamiento de 180 grados”. Y añade: en cuestión de segundos, Aznar se sitúa a la izquierda de Bush, quien, al reparar en su presencia, se apresura a colocar la mano sobre el hombro izquierdo del español.

«La suerte”, aclara Pérez Sanz, “fue subirme a una escalera de mano de un compañero de la televisión de Reuters, mi agencia. Desde tres metros de alto, vi los dedos de Bush, y los demás colegas, en el suelo, no podían”.

No hace falta que seleccionemos otras fotos de aquel encuentro de las Azores para comprender esa clase y esa sucesión de artificios.

Podemos volver a mirar el retrato galardonado: una pieza que carece de valor estético, pero a la que todos conferimos una dimensión simbólica.

¿Y qué vemos, si de simbolismo se trata?

Distinguimos, en este caso, un retrato de grupo, en el que destaca lo que a todos ellos mancomuna.

¿El qué?

Los miembros de una peña de amigos, de tres amigos, se fotografían, mostrando lo que son, haciendo ostentación de sí mismos, de su orden, en perfecta jerarquía, preparados para cumplir su misión.

Por supuesto, como ya sabemos, la vida de aquellos colegas retratados no se capta de forma espontánea y la realidad se representa con artificio.

La pose la vemos forzada, impostada. No es el instante prodigiosamente congelado de unos amigos que se retratan; es, por el contrario, la puesta en escena de una circunstancia recreada.

Ahora bien, no pensemos que ese hieratismo o esa impostación y esa puesta en escena son lo exclusivamente artificial.

Aun cuando los hubiéramos sorprendido trabajando —con los pies encima de la mesa, por ejemplo—, la mirada del fotógrafo se hubiera detenido en un instante ya visto.

¿En qué? En un esquema perceptivo previo y reconocible, probablemente aquel que captura y reproduce el punctum que diría Barthes), el elemento simbólico, incoherente, extraño que atrae o concentra las miradas.

Y, en este caso, ¿qué es?

La mano sobre el hombro, gesto amable, como una palmadita en la espalda.

O la greña indómita de Aznar.

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