El mundo que muda desbocado

Primera parte. 18 de marzo de 2022
El mundo que muda desbocado

Hace exactamente dos años publiqué un post titulado Que el mundo no se nos venga encima. En España estábamos en las primeros días del confinamiento por la pandemia.

Dediqué el texto a reflexionar de forma escueta sobre el tiempo presente. Aspiraba a hacer un breve examen a partir de la lectura de ciertos libros.

Concretamente, el post se inspiraba directa o indirectamente en algunos ensayos que antes o entonces podían iluminarnos para entender mejor qué nos pasa.

El texto, como viene siendo habitual, era larguísimo, por lo que nuevamente pido disculpas. Aquí en el post de hoy, en la segunda parte, vuelvo a reproducirlo, pero abreviado. Sólo los últimos parrafos.

En aquel momento teníamos la impresión (o yo al menos tenía la impresión) de que —otra vez— el mundo iba desbocado, sin dirección. Es un tópico del pensamiento… actual y de todos los tiempos. Los humanos siempre creen estar cerca del fin.

Qué iluso con la impresión: la de un mundo desbocado justo a comienzos de 2020.

Si pienso en lo que nos ha pasado en estos dos últimos años, creo que me quedaba corto. El vértigo y la gravedad de los acontecimientos (ese otro tópico expresivo) parecen sorprendernos cada día.

De todos modos, apuntaba por aquellas fechas (en marzo de ese año) algunos de los trastornos que todavía hoy nos aquejan.

Más que hablar de la pandemia, que nos resultaba un fenómeno para cuya explicación nos faltaban hechos, desarrollo y experiencia, me extendía sobre la dimensión política del mundo heredado, ya entonces pretérito.

De pasada, en el post aludía a Vladímir Putin y a quien en aquel momento aún era la estrella occidental del populismo más chabacano y peligroso: Donald J. Trump.

Las ciencias adelantan, que es una barbaridad, se decía en La Verbena de la Paloma (1894): con ello se declaraba a finales del siglo XIX, el pasmo ante el saber y la técnica.

Hoy, también podemos repetir lo mismo para constatar el vértigo del conocimiento. Pero también para corroborar la ansiedad que nos provoca el mundo que muda desbocado.

Otra vez. Una y otra vez.

Fotografías: Encarna García Monerris y Justo Serna


Segunda parte. 18 de marzo de 2020
Que el mundo no se nos venga encima

…Si repaso la nómina de los volúmenes que he leído sobre estas materias [sobre el mundo actual] desde 1989, me doy cuenta de que, salvo el momento inmediato a la caída del Muro de Berlín, todos suelen ser sombríos.

Esos libros suelen destacar:

—la desazón;

—las disfuncionalidades;

—la desafección política;

—el deterioro democrático;

—la emergencia de los extremismos;

—el terrorismo global;

—la multiplicación del riesgo;

—la constatable decadencia;

—el daño ecológico;

—la más absoluta incertidumbre;

—Etcétera.

Citemos unos pocos libros de los últimos años, algunos de esos volúmenes esencialmente políticos que diagnostican el malestar y que periódicamente quedan obsoletos pues los síntomas y las causas también cambian.

Algo va mal, de Tony Judt, Pensar el siglo XX, de Tony Judt y Timothy Snyder, Veinte lecciones que aprender del siglo XX, de Timothy Snyder, El camino hacia la no libertad, de Timothy Snyder, La luz que se acaba, de Ivan Krastev y Stéphane Holmes, Cómo perder un país, de Ece Temelkuran.

Etcétera, etcétera.

En general describen el deterioro del Estado del Bienestar, la crisis política del mundo tras el final de la Guerra Fría, la emergencia del autoritarismo.

En esos diagnósticos, la desaparición de la URSS, no habría dado lugar a la promesa de democracia universal que nos anunciara Francis Fukuyama en su célebre ensayo sobre El fin de la historia (1989).

Reparemos brevemente.

La victoria del liberalismo sobre el comunismo le permitía a Fukuyama augurar el fin definitivo de “la alternativa marxista-leninista a la democracia liberal”, así como “el completo agotamiento de sistemas alternativos viables al liberalismo occidental”.

En tales circunstancias, la “democracia liberal occidental” se convertía en “el punto final de la evolución ideológica de la humanidad”.

Y, así, dado que “los principios básicos de los estados liberal-democráticos” son “absolutos e inmejorables”, lo único que restaba por completar era la extensión.

Se refería a la extensión de “estos principios por toda la geografía, de manera que cada una de las distintas regiones habitadas por la civilización humana alcanzase el nivel más avanzado posible”.

Como sabemos, las expectativas de Fukuyama podían tener un sentido normativo, pero nada predictivo. Por ello el mapa posible de la democracia venidera no se cumplió.

Que no se cumpliera no empaña los valores de la democracia y de la declaración universal de los derechos humanos como fundamento normativo de la democracia.

Ésta, la democracia, es el régimen más civilizado y deseable, pero ni su funcionamiento es siempre ejemplar (ni mucho menos), ni se ha extendido por el mundo.

Lamentablemente no todos comparten la evidencia de sus bondades.

Antes al contrario, la Europa del Este, en diversas partes y con distinta cronología, se habría ido convirtiendo en un espacio de regímenes autoritarios y populistas.

Eso sí, esa región tendría su propio zar o remedo del zar en la figura de Vladímir Putin como principal responsable de una política crecientemente oligárquica y antidemocrática, y marcada por un nacionalismo ruso y cristiano de proporciones inverosímiles.

Por su parte el Oeste, el occidente capitalista, también habría ido deteriorándose, en una deriva de tendencias igualmente populistas.

Me refiero a las tendencias amenazadoras y liquidadoras del Estado social, del Estado del bienestar, de la sociedad del bienestar construido a partir del pacto de posguerra.

La figura epónima de esta deriva, de este deterioro, estaría encarnado por Donald Trump.

Muchos, pero muchos ensayos políticos de última hora (de penúltima hora, mejor dicho) trazan el estado del antiguo mundo bipolar, el de la Guerra Fría, en estos términos.

A esa radiografía simple que aquí abrevio por razones obvias se añaden en mayor o menor medida otros factores disruptivos:

—el cambio climático;

—la amenaza fundamentalista;

—la rivalidad de los distintos polos asiáticos;

—y la presunta fatalidad del subdesarrollo del Tercer Mundo.

Habrá que seguir aprendiendo de los que saben, de quienes escriben con los mejores datos y con los pensamientos más equilibrados y audaces.

¿Por qué? Pues porque cada día hay factores nuevos que invalidan o dañan hasta las radiografías más finas y exhaustivas.

“El mundo” —leemos en un pasaje apocalíptico e irónico de El nombre de la rosa— “siempre está a punto de acabar”.

Pues por eso mismo habrá que seguir leyendo diagnósticos acerca de su estado; habrá que armarse y amueblarse bien la cabeza.

Y ello, aunque las piezas queden pronto obsoletas. Por eso hay que actualizarse y leer a los clásicos, no sea que ese mundo se nos venga encima por falta de cerebro.

O las estanterías.

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