Muerte en Brooklyn. Cinco tentativas sobre Paul Auster

Justo Serna

Paul Auster y la contingencia

De repente, un individuo toma ciertas decisiones. En realidad, vivir es capear el temporal, la marejada, y saber remontar la felicidad. El azar no nos gobierna, pero nos cerca, nos rodea.

¿Qué hacer? ¿Acaso dejarnos arrastrar por la corriente?

Todd Heisler/The New York Times

En Paul Auster, la contingencia no es un destino irremediable, sino una suma de pequeñas elecciones que provocan efectos imprevistos.

Si estamos en una nave, debemos saber gobernar el timón y las velas: el oleaje y, sobre todo, la calma chicha. Lo primero puede desarbolarnos; lo segundo puede desesperarnos.

¿Hay porvenir?

Aguardamos quién sabe qué cosa. Estamos explorando y explotando nuestras respectivas pericias: nuestras destrezas manuales o nuestras capacidades intelectuales. O en otros términos: estamos sopesando la contingencia.

Tenemos ya un pasado abierto, tenemos heridas sin cerrar y, por lo que nos pasa, no confiamos suficientemente en nuestras cualidades.

¿Huimos?

Estamos propiamente varados y tenemos algo de náufragos, pero el porvenir no es el grandioso futuro para el que uno se creía destinado, sino un instante fugaz que ya se ha ido para siempre, un presente inmediato que nos faculta y nos veja: la expectativa, sí, la calma chicha…

Les invito a leer el artículo..

“Muerte en Brooklyn.
Cinco tentativas sobre Paul Auster”

…que he publicado en la revista

Makma. Revista de artes visuales y cultura contemporánea

https://www.makma.net/paul-auster-muerte-en-brooklyn/

Hasta hace nada, numerosos lectores esperábamos la nueva novela de Paul Auster (1947-2024). Siempre a la expectativa de la entrega sucesiva. Aguardábamos cada novedad con verdadera expectación.

Años atrás, Auster solía ser un autor regular: regular en el sentido de que ajustaba los tiempos para publicar con una frecuencia medida que le agradecíamos los editores y los lectores.

Como el mercado respondía bien a sus obras y como parecía estar en plena forma, Auster tenía estímulos para seguir.

Tenía alicientes para agrandar su creación y mejorarla, levantada sobre un espacio reconocible y con una demografía con la que, a la postre, nos familiarizábamos.

Auster nos administraba a sus seguidores nuevas historias, siempre locales y siempre eternas, que ocurren en un país, Estados Unidos, y en un barrio, Brooklyn, que no son los nuestros, pero a los que nos hemos habituado.

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