‘Caro Professore’. Diez años sin Umberto Eco

Hay autores a los que leemos y estudiamos. Y hay otros a los que, además, admiramos y acompañamos y nos acompañan, pues son nuestros mentores.

Para mí, Umberto Eco (1932-2016) pertenece a esta última categoría. No porque fuera fácil hacerme con él, sino porque durante décadas enseñó algo decisivo: cómo leer y, al hacerlo, también cómo observar y examinar el mundo.

Fotografia: © Ricardo Martín

Han pasado diez años desde su muerte. Es un buen momento no para cerrar balances, sino para volver a abrirlos. Para preguntarnos por qué importa Umberto Eco y, sobre todo, por qué sigue siendo un placer la lectura de sus libros.

Eco partía de una convicción aparentemente elemental: leer no es una actividad automática ni obvia. No basta con reconocer las palabras y su sintaxis ni con deslizar la vista por una página. Leer exige atención, memoria, paciencia e imaginación.

De ahí nos viene una de sus ideas más citadas (y quizá malinterpretadas): aquella según la cual el lector es el protagonista del texto. Dicha así, parece una concesión simpática: el lector manda, el lector decide. Pero, al formular este enunciado, Eco no estaba pensando en el capricho. Pensaba en la responsabilidad. El lector participa, sí, pero participa con competencia.

Leer no es hacer decir al texto lo que uno quiere, sino descubrir qué puede decir y hasta dónde. Por eso añadía algo que conviene no olvidar: los límites de la interpretación coinciden con los derechos del texto.

Esta doble afirmación resume su ética intelectual. El lector es activo, pero el texto no es arcilla blanda, moldeable, sujeta al capricho de quien accede. Leer es una relación: un diálogo tenso, productivo y a veces incómodo con el texto. Y eso —aunque no lo parezca— es una gran fuente de placer. Y de alegría.

Sí, alegría, porque Eco fue, ante todo, un escritor jovial. No frívolo, sino dichoso en el sentido amigable del término. Sabía que el rigor no necesita gesto grave y que la erudición sin humor se vuelve rápidamente insoportable.

Leer a Eco es exigente, pero nunca áspero. Incluso en sus libros más técnicos hay ejemplos inesperados, bromas discretas, ironías que alivian la densidad sin restarle profundidad. Eco no humilla al lector: lo invita.

La lectura amplía la vida porque nos saca de nosotros mismos, de lo familiar o previsible, exponiéndonos a otras voces, a otras maneras de ver. No nos vuelve mejores por arte de birlibirloque, pero sí menos estrechos.

Eco concebía la lectura como una forma de pesquisa. No como un paseo cómodo, sino como una investigación en la que hay pistas falsas, desvíos, conjeturas. Eso se ve muy bien en sus novelas, pero también en sus ensayos.

Leer, para Eco, es aprender a formular hipótesis, a comprobarlas, a descartarlas si no funcionan. Es una práctica intelectual que se parece mucho al trabajo del historiador, del filólogo o del detective: avanzar sin garantías, pero con método.

Y aquí aparece una de sus grandes enseñanzas: equivocarse forma parte del proceso. Leer bien no es acertar siempre, ni liquidar el texto, sino releer para advertir lo inadvertido o para rectificar. Esa humildad intelectual es una de las razones por las que Eco sigue siendo tan útil.

Hay otro paso decisivo en su pensamiento, menos citado, pero fundamental: leer es traducir. No solo cuando pasamos de una lengua a otra, sino siempre. Traducimos cuando leemos a otro: a alguien de otro tiempo, de otro contexto, de otra cultura.

Nos pasa cada día: creemos que entendemos al otro porque “habla nuestra lengua” y, sin embargo, nos tropezamos con malentendidos. Eco mostró con claridad que la traducción nunca es perfecta, pero tampoco arbitraria. Traducir es intentar decir casi lo mismo. Y ese “casi” no es una carencia: es la condición misma de la comprensión.

Leemos desde nuestras experiencias, nuestros hábitos, nuestras cegueras y según ciertas reglas. Por eso entender exige un esfuerzo de cortesía intelectual: reconocer que el otro no es idéntico a mí, que sus palabras traen consigo un mundo. Leer es acercarse a ese mundo sin colonizarlo. Esta idea tiene consecuencias enormes. Nos recuerda que la lectura no es apropiación inmediata, sino negociación. Que entender no es absorber, sino traducir con cuidado.

Eco nunca aceptó la división tajante entre alta y baja cultura. Una historieta, una serie de televisión, una novela popular pueden ser tan dignos de análisis como un tratado medieval. No por relativismo, sino porque todos ellos tienen y producen sentido, modelan imaginarios, organizan y difunden valores.

Esa amplitud de mirada explica por qué Eco fue leído por públicos muy distintos. Y también por qué resultó incómodo para quienes prefieren jerarquías claras y apaciguadoras. Eco no despreciaba los placeres culturales: los degustaba —no los desgastaba— al examinarlos. Y al hacerlo, al digerirlos, aumentaba los nutrientes.

Todo esto desemboca en una idea central: leer puede ser un acto civil. No porque leer nos vuelva felizmente virtuosos, sino porque, si avanzamos reconociendo nuestros prejuicios, nos entrena para la vida común: convivir con la complejidad.

Eco desconfiaba de las explicaciones simples, de las consignas cerradas, de los entusiasmos que ahorran pensar. Sabía que los dogmatismos empiezan cuando dejamos de leer críticamente.

Por eso su reflexión sobre el fascismo no se limita al pasado: señala una tentación permanente, una forma de pensamiento que renuncia al matiz. Eco no ofrecía refugio. Exigía entrenamiento. Nos enseñaba a interpretar y a dudar sin caer en el cinismo, a disfrutar sin apearse del rigor.

Diez años después de su muerte, Eco sigue siendo actual no porque nos lo explique todo (cosa a la que nunca aspiró), sino porque enseña a interpretar lo que las personas dicen y hacen.

En un mundo acelerado, donde las reacciones preceden a la comprensión, su loa de la lentitud resulta casi subversiva. Leer a Eco no es una obligación cultural. Es un placer exigente. Una dicha que se aprende. Y una vez aprendida, ya no se pierde.

Eco no solo fue un hábil autor o un brillante ensayista. Fue —en el sentido más noble del término— un educador civil. Alguien que confió en sus lectores, tratándolos como adultos. Leerlo hoy sigue siendo una forma de compañía. Y, todavía, un ejemplo de sensatez y una fuente de saber.

Si alguien llega hasta aquí sin haber leído nunca a Umberto Eco, de entrada no sabría decirle qué libro con el que empezar. Jamás le recomendaría que lo hiciera con espíritu aplicado y académico. Le diría algo más sencillo: escoja unas páginas y léalas con curiosidad y sin prisa. Acepte perderse un poco, no deje de asombrarse ante sus ironías: que una frase lo obligue a detenerse.

Eco no pide obediencia, pide compañía. Y cuando eso ocurre —cuando uno lee sin ansiedad y con atención— descubre que pensar puede ser una forma de placer duradero. Y que leer, todavía, merece la pena.

Quizá hayan advertido que deliberadamente no he citado ninguna de sus obras, ninguno de los títulos que le han dado tanta notoriedad. En efecto, ha sido algo deliberado.

Y ahora, sí, si ustedes lo desean, pueden preguntarme por dónde empezar: qué libro, qué ensayo, qué novela según sus apetencias. O pueden pedirme cuáles de sus textos prefiero yo y por qué razones. Humildemente trataré de responder.

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