Los responsables y amigos de la prestigiosa revista MAKMA publican un artículo mío dedicado La hija (2026), de Sergio del Molino. Les invito a leer dicha reseña.
Ah, y les informo de que hoy 15 de abril se presenta el libro en la Llibreria Ramon Llull por Paco Cerdà, a quien tanto admiramos, con presencia del propio autor.

Punto y aparte.
Entre lo que leo hay libros que me añaden información. Y hay otros —menos frecuentes— que me corrigen la mirada.
Con La hija, de Sergio del Molino, me ocurren ambas cosas. Por un lado ahondo en el conocimiento de Rosario Weiss, pero por otro me fuerza a desplazar la mirada. Y ese gesto, que parece menor, altera el dibujo entero de lo real.
Durante mucho tiempo hemos visto a Weiss en función de otro nombre mayor, como figura lateral, casi satelital: Francisco de Goya.
La novela parte de ahí. Y lo hace sin énfasis, sin convertir la ficción en tesis. No hay aquí voluntad de aleccionar, sino de narrar de tal manera que el lector advierta —casi a su pesar— que algo estaba mal enfocado desde el principio.
Eso le ha exigido a Sergio del Molino una doble atención.
Por un lado, a la época: el XIX español, con sus exilios, sus precariedades y sus tensiones. Por otro, a la mirada misma: quién ve, qué recuerda, qué queda fuera de campo. La historia llega siempre incompleta, con sesgos, atravesada por documentos, lagunas y versiones.
En ese terreno se sitúa el libro. No pretende cancelar el misterio ni ofrecer una reconstrucción definitiva. Aspira a algo más preciso: devolver densidad a una figura que durante mucho tiempo quedó reducida o desplazada.
En la reseña me detengo en ese matiz. Del Molino no trata de convertir a Rosario Weiss en emblema ni en víctima abstracta, sino de restituirla en su condición concreta: artista, profesional, trabajadora en un mundo poco dispuesto a admitirla. Su excepcionalidad no es alegórica, sino práctica.
También por eso cambia la relación con el propio Goya. No se trata de oponer figuras ni de desmontar mitos de forma expeditiva, sino de entender cómo ciertas grandezas organizan lo visible y relegan otras presencias a la periferia.
La novela —y lo que aquí se sugiere— introduce una fisura en ese orden. Y desde esa grieta se vuelve posible otra lectura.
La novela no corrige el archivo ni dicta sentencia. Pero puede alterar la intensidad con que miramos. Puede insistir allí donde antes pasábamos de largo. Es una forma de atención, y de La atención (1841), de Rosario Weiss, parte Sergio del Molino.
Las páginas que siguen se detienen en todo ello. Si me hacen la caridad de leerlas, pueden adentrarse por aquí:
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