Carlo Ginzburg

Justo Serna y Anaclet Pons

Ha muerto Carlo Ginzburg. Nos resistimos a empezar por la muerte. Normalmente, las notas necrológicas se redactan para clausurar una trayectoria, para hacer balance de una vida. No es el caso. Nos negamos a clausurar nada ni a hacer inventario. Seguiremos planteando preguntas a Carlo Ginzburg. Su producción y su sentido no se agotan.

Fotografía (detalle). Autor desconocido.
Santiago de Chile, 4 de noviembre de 2008

Durante más de cuatro décadas lo hemos leído, estudiado, traducido, difundido y discutido. Hemos escrito sobre sus libros, sobre su método, sobre sus personajes, sobre sus formas de narrar y de pensar. Hemos traducido algunas de sus páginas. Hemos seguido sus debates, observando las metamorfosis de una obra excepcionalmente rica.


Con el tiempo hemos llegado a una conclusión sencilla: el principal legado de Carlo Ginzburg no fue una teoría, una escuela o un método. Fue algo más difícil de definir y, probablemente, más duradero. Nos enseñó a leer con agudeza y método, con sutil perspicacia.


La celebridad de Ginzburg quedó asociada a la microhistoria y, en particular, a El queso y los gusanos (1976). Era inevitable. Menocchio, aquel molinero friulano del siglo XVI procesado por la Inquisición, se convirtió en uno de los personajes más memorables de la historiografía contemporánea.


Para generaciones enteras de lectores, su nombre acabó siendo inseparable de aquel que lo rescató y exhumó de los archivos inquisitoriales. Pero limitar a Ginzburg en estos términos es reducirlo indebidamente.

La microhistoria nunca fue para él una fascinación por lo pequeño ni una retirada hacia lo anecdótico. La reducción de escala es una estrategia de conocimiento.


Se trata de observar de cerca para hacer visible lo que ocultan la distancia, la masa o el número. Se trata de examinar un caso no por lo que tiene de general, sino para averiguar qué lo hace singular, irrepetible y comparable.

Se trata, en fin, de escrutar las vicisitudes de una existencia aparentemente insignificante (pero de la que hay huellas documentales) para iluminar una cultura, una sociedad o una época enteras. El fragmento no es una evasión del mundo. Es una vía privilegiada para acceder a él.


Por eso prestó atención a quienes la historia había dejado en los márgenes. Herejes, campesinos, visionarios, perseguidos, acusados de brujería, lectores plebeyos.


Sabía que los archivos conservan preferentemente la voz de los vencedores, pero también que, a veces, entre los pliegues de un proceso judicial o de un expediente inquisitorial, sobreviven las palabras de quienes en principio no fueron atendidos.


Si hay pruebas es, generalmente, por la persecución, la represión, etcétera. Rescatar a esos personajes de los que milagrosamente quedan huellas es una forma de restitución moral e intelectual.
Sin embargo, el Ginzburg que más nos interesa hoy no es únicamente el investigador de archivo. Es también el lector.


Hace algunos años observábamos que la lectura se configura siempre como una serie de sedimentos. Quien ha aprendido a leer nunca lee un solo libro. Mediante un volumen se leen simultáneamente muchos otros, recordados consciente o inconscientemente.   Esa observación podría servir para describir la obra entera de Ginzburg.


Toda su trayectoria está atravesada por esa convicción. Fue un investigador minucioso de archivos, pero también un lector apasionado de novelas, poemas, mitos, ensayos y tratados.

Le interesaban Dostoyevski y Kafka tanto como los procesos inquisitoriales; Proust y Stendhal tanto como los benandanti.
Comprendió algo fundamental: la literatura no es un adorno del conocimiento histórico. Es otra forma, indirecta y sutil, de explorar la experiencia humana.
No era una inclinación secundaria. Formaba parte de su identidad más profunda.

Hijo de Leone Ginzburg y Natalia Ginzburg, Carlo creció en una casa donde los libros no eran objetos prestigiosos, sino instrumentos cotidianos de vida.


La escritura era una actividad familiar en el sentido más literal del término. De aquel legado recibió algo más que una educación literaria. Heredó una determinada relación con las palabras, con la memoria y con la responsabilidad intelectual.


Tal vez por eso sus mejores páginas poseen una cualidad poco frecuente en la escritura académica. Son rigurosas sin ser áridas. Mas aún, son eruditas sin resultar ostentosas.

Carlo Ginzburg narra. Eso sí, sin renunciar jamás a la prueba. Sabía que la historia es una forma de relato, pero eso no autoriza a fabular.

Frente a quienes disuelven la verdad en el lenguaje o reducen el conocimiento histórico a mera construcción retórica, defendió la existencia de una realidad a la que acceder.

El historiador relata, sí, pero relata sometiéndose a las evidencias, a los documentos y a la posibilidad permanente de refutación. Esa defensa de la verdad explica también su concepción del oficio.


A menudo se ha recordado el paradigma indiciario, aquella analogía célebre entre el historiador, el médico, el detective o el cazador. Pero quizá se ha insistido menos en lo que dicha metáfora implica moralmente.


Seguir indicios exige prudencia, paciencia y modestia. Supone admitir que el conocimiento humano es fragmentario. Supone también aceptar que la incertidumbre no autoriza cualquier conclusión.


Entre la omnisciencia imposible y el relativismo complaciente, Ginzburg eligió siempre el camino más difícil: el de la conjetura fundada.


Por eso nunca fue únicamente un académico. Fue también un intelectual en el sentido más exigente. Intervino en debates públicos, reflexionando sobre el fascismo y otros males y afanes contemporáneos.


Y esto lo hizo sin abandonar nunca su oficio de historiador. No utilizó el pasado como repertorio de ejemplos edificantes. Lo empleó como instrumento de interrogación crítica.


Quienes hemos seguido su obra sabemos que, bajo la extraordinaria diversidad de sus temas, existía una continuidad profunda.


Los benandanti, Menocchio, Piero della Francesca, Montaigne, Stendhal, la brujería, la iconografía política o la literatura universal respondían siempre a una misma inquietud.


¿Cuál?


La de comprender cómo los seres humanos construyen sentido en el mundo y cómo ese sentido deja restos que pueden ser interpretados.
En sus últimos años, esa preocupación adquirió una tonalidad más explícitamente moral.


Su entrevista en L’Espresso, publicada a comienzos de 2026, pocos meses antes de morir, nos parece particularmente significativa.


Allí reaparece el historiador atento a las pruebas, a los hechos y a las responsabilidades. Pero aparece también una reflexión que resume admirablemente una vida entera de pensamiento: la idea de la vergüenza como vínculo.


No pertenecemos únicamente a aquello que admiramos. También pertenecemos a aquello que nos atormenta o avergüenza.
La observación es sencilla, pero posee una enorme profundidad moral. Frente a las identidades construidas sobre el orgullo, la celebración o la autojustificación, Ginzburg reivindicaba una pertenencia basada en la memoria crítica.


La Shoah ocupaba un lugar central en esa reflexión, pero la cuestión era mucho más amplia. Recordar no significa exaltar el pasado. Significa asumirlo. Significa reconocer que la historia nos obliga también a responder por aquello que hubiera sido más cómodo olvidar.
No encontramos una conclusión más apropiada para una vida intelectual como la suya.


Durante décadas, Carlo Ginzburg nos enseñó a perseguir indicios. Aprendimos con él que las huellas mínimas pueden revelar mundos enteros.


Aprendimos que los documentos hablan incluso cuando ocultan, que las novelas son espacios de experiencia humana, que la imaginación, cuando está disciplinada por las pruebas, es una herramienta de conocimiento.


Y aprendimos, en fin, que la verdad histórica sigue siendo una tarea necesaria aunque nunca pueda darse por definitivamente conquistada.


Al final añadió una última lección.
Nos recordó que el pasado no existe para consolarnos. Existe para interrogarlo y para interrogarnos. Por eso, sus enseñanzas seguirán siendo indispensables. Son una forma de conciencia. De ello fuimos testigos en persona y muy cercanamente.

Deja un comentario