Qué dirán de nosotros

Hay un tópico muy difundido sobre la definición de las cosas, de lo que nos rodea. Es aquel según el cual sabríamos qué son las cosas porque podemos definirlas.

DanielGilEn algunos casos es cierto, como por ejemplo para las fórmulas químicas; en otros no. Ciertamente ayuda mucho saber un poco de química para entender que la sal es algo así como un compuesto de cloro y sodio. Ahora bien, esa definición no nos enseña gran cosa sobre la sal. ¿Y qué hay que saber?

Pues que sirve para conservar y realzar el sabor de los alimentos, que aumenta la presión arterial, que se extrae del mar o de las salinas o, incluso, que en tiempos remotos era un artículo más apreciado de lo que lo es hoy en día. Me preocupan estas cosas, porque el médico me ha recomendado que la reduzca, que no sale con tanta prodigalidad. Lo dijo muy serio.

Para saber todo lo que de la sal sabemos, es decir, todo lo que en el fondo nos sirve verdaderamente, no necesitamos definiciones, sino ‘historias’. Las historias de la sal son a la postre relatos maravillosos de aventuras, con esforzados héroes cotidianos que emprenden largos viajes a través de la ruta de las especias atravesando desiertos, etcétera. En otros términos, nuestro saber (también el científico y no sólo el mítico) es una urdimbre de historias menudas.

Así, con estos argumentos, se expresaba Umberto Eco en una de sus columnas en L’Espresso. Era un articulo en el que defendía la idea misma del relato, de la narración. Desde que nacemos nos cuentan historias que harán de nosotros personas de provecho (o no), historias aleccionadoras que nos servirán para comprender de manera indirecta qué es lo importante, lo significativo, lo relevante del mundo.

Los relatos infantiles siempre presentan un hecho más o menos excepcional, la quiebra de un orden, la fractura de un cosmos en el que, de entrada, nadie estaba forzado a conducirse como un tipo intrépido. Una hacienda saqueada u otra rapiña, una dama inicuamente retenida, una falta u otra infracción por la que batallar, son el origen de ese desorden, la justificación que el titán se da a sí mismo para abandonar la casa del padre, para iniciar una travesía arriesgada, para apoyarse en ayudantes magnánimos, para evitar a asistentes mentirosos, para retar a un antagonista fiero, cruel, sanguinario incluso.

Este héroe sobrevenido descubre ser tal cosa sacando de su fuero interno el conjunto de virtudes menores que lo enaltecen y que lo convierten en un semidiós, en un valiente recto, honesto. El sonsonete del cuento va adormeciendo a la criatura mostrándole todo lo que vale la pena: le da respuesta a un interrogante que está al principio de la historia, recibe una enseñanza y una suma de significados sobre lo excelente, sobre lo respetado, sobre lo que hay que inventar.

Los relatos de infancia son, pues, un expediente cultural de que nos servimos para transmitir semántica a las cosas, a las personas y a las situaciones. O, por decirlo de otro modo, ya que estamos: desde niños, los relatos nos plantean qué se puede saber, qué se debe hacer y qué cabe esperar.

Con las historias que cuentan los novelistas ocurriría algo semejante: aunque, eso sí, con la salvedad de que entre adultos reales de hoy cuesta hallar los gestos heroicos a celebrar o las hazañas a destacar. Pero no porque no creamos en las proezas que nos dignifican, sino porque nuestra vida pública y privada suele ser un triste repertorio de banalidades o de cobardías que difícilmente pueden ser alabadas hasta en las ficciones más voluntariosas.

Es sabido lo que dijo Borges cuando citaba a Homero: que los dioses mandan desdichas a los hombres para que no les falte algo que contar, para que tengan un reto o relato con el que probar su coraje. La vida rutinaria y atronadora de nuestras sociedades no parece facilitar esta exaltación del gesto y del titán humilde y abnegado. Es como si debiéramos resignarnos a lo gigantesco, que a la vez es lo mezquino.

Con la historia viene sucediendo algo parecido. Me refiero a la disciplina… Desde hace un tiempo, los historiadores han hecho del héroe modesto materia de investigación, de reflexión y de relato. En efecto, como señalara John Lewis Gaddis en su libro El paisaje de la historia (2004), “¿quién habría predicho que hoy estudiaríamos la Inquisición a través de la mirada de un molinero italiano del siglo XVI, la Francia prerrevolucionaria según la perspectiva de un obstinado sirviente chino, o los primeros años de la independencia norteamericana a partir de las experiencias de una comadrona inglesa?”

Según concluye Gaddis, es el historiador (o el novelista, añadiríamos) quien elige lo que es significativo, tanto si escribe un relato sobre una gloriosa batalla como si aborda la vida de un insignificante individuo. Es decir, las microhistorias, reales o ficticias, han de tomarse como perspectivas que de los grandes hechos o procesos tienen ciertos testigos: testigos menores, por ejemplo, cuya interpretación o cuyo cuento acaban siendo muy reveladores, pues nos detallan su perspectiva en el tiempo y en el espacio y cómo sobrevivieron a esa circunstancia. Con ello se alumbran hechos del pasado que, de otra manera, quedarían opacos.

Ahora bien, añade Gaddis, “es inquietante tratar de adivinar qué seleccionarán como significativo de nuestra época los historiadores de aquí a doscientos o trescientos años. Una posibilidad deprimente sería que escogieran los sitios de Internet que dejamos muertos en el ciberespacio”. ¿Y por qué deprimente?

“Pues si [el historiador] Robert Darnton es capaz de reconstruir la sociedad parisina de comienzos del siglo XVIII basándose en informes de libreros, libelos escandalosos llenos de habladurías y relatos sobre el juicio, las torturas y las ejecuciones de gatos de aristócratas, imagine el lector qué haría alguien como Darnton con lo que quede de nosotros. Lo único que podemos decir con seguridad es que sólo en parte se nos recordará por lo que consideramos importante de nosotros mismos…”

Así es. Ah, y Gaddis no hablaba de la esfera pública española, no hablaba de la opinión hispana y de su estridencia mediática, de esa bronca con que algunos se estimulan y se excitan, de los rumores que saturan Internet, de las habladurías. De la corrupción.

¿Qué contarán de nosotros los historiadores o los novelistas del mañana? Desde luego, ni gestas ni hazañas. Es posible que de nosotros sólo les lleguen cuentos altisonantes, intrascendentes, aunque, eso sí, de gran estrépito.

Cabe esperar, sin embargo, que nuestros descendientes aprendan algo de la estupidez de hoy, de este estruendo confidencial, y cabe esperar, en fin, que los historiadores, novelistas y relatores del mañana sepan narrar alguna historia de esos pequeños heroísmos nuestros que aún circulan por la Red y por esos mundos de Dios.

Alguien, una mujer sin duda, abre la raja de un libro. ¿De un libro? Se trata de una ilustración de cubierta que realizara Daniel Gil para un volumen de Joseph Conrad. Distinguimos unos dedos con las uñas cuidadas y pintadas excelentemente. Vemos los dedos porque abre, porque la persona abre el mundo, porque está a punto de asomarse al exterior. ¿Al exterior? Quizá sea justamente lo contrario. Abre el papel para averiguar qué historias contiene. ¿Qué encontrará?

3 comments

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  1. Marisa Bou

    Resulta muy intrigante ver esos dos dedos asomando por la raja. Pero, como ya te he comentado en face, esa mujer encontrará -estoy absolutamente segura- lo que ella desee encontrar. Así es la vida, ¿no crees?

  2. Martín Zeke Ochoa

    Interesante punto: Me trae a la mente la sensación al leer un texto de un autor clásico. Creo que era de Séneca el libro, uno que tras leerlo cerré de un golpe pensando: “pero si a este tipo le pasa lo mismo que a mí” y aunque hayan pasado veinte siglos. Toma algún superventas español del siglo 19 y es probable que el maniqueísmo de su narración te impida pasar de la tercera página. El éxito de este mensaje clásico, sobre el del 19 reside en que el primero no habla sobre las acciones de los hombres sino sobre los factores comunes que los motivan, que son, claro, extemporáneos. Más que cómo nos verán desde el S.XXV puede que sea interesante preguntarnos si seremos buenos cronistas de los historiadores del futuro, o si acaso es que nos la pasamos rumiando nimiedades que moverán a la risa tras el próximo timonazo que pegue el sentido común del hormiguero. Interesantes entradas. Saludos.

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