Frankenstein

Justo Serna, Cartelera Turia, 15-21 de febrero de 2019

¿Por qué todo tiene que terminar? ¿Por qué las cosas no funcionan tal como esperábamos o deseábamos?

Es célebre la ocurrencia: según decía un personaje de Woody Allen, la vida es una mierda y encima dura poco.

Pues eso, las cosas no marchan según lo previsto y para más inri se acaban pronto.

Por ello, para soportar mejor las injurias del tiempo, el envejecimiento, el dolor auténtico o supuesto, procuramos fortalecernos, defendernos.

A veces nos rendimos. En otras ocasiones buscamos paliativos que nos permitan aguantar.

O nos evadimos. O incluso nos aturdimos con licores, con estupefacientes, con narcóticos reales o imaginarios. O nos servimos de la imaginación.

La muerte es una amenaza perfectamente llevadera si no sabes la fecha o si te queda una eternidad de sesenta o setenta años por vivir.

Vayamos a un futuro aún remoto: a 2019. Los replicantes de ‘Blade Runner’ (1982), de Ridley Scott, saben su fecha de caducidad y muy justificadamente le exigen a su creador la prolongación de la vida, increíblemente corta, una crueldad que les resulta inexplicable.

Nexus 6 y sus compañeros no se andan con chiquitas siendo su reacción desesperada y violentísima: vengarse de su padre. Vengarse del progenitor.

Como se sabe, aquel film tan inspirador se basó parcialmente en la novela de Philip K. Dick ‘¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?’ (1968).

Entre ovejas y replicantes, entre humanos u humanoides, siempre está el padre. En 1968 o en 1818.

Remontémonos ahora al siglo XIX precisamente, al mundo de Mary W. Shelley.

El monstruo, la criatura alumbrada por Victor, persigue a Frankenstein en todo momento y hasta el sitio más insólito.

La novelista Mary W. Shelley le hará hablar y le hará quejarse ante su creador. ¿Acaso por la escasa duración de su vida? No sólo o no exactamente.

En realidad, el monstruo se queja de eso: de haber sido creado como un monstruo y de la irresponsabilidad de Victor, que lo abandona y se desentiende. Otro padre al que exigir o reclamar…

Un día, ese ser constata que es una criatura feísima, repulsiva. ¿Cuándo?

Cuando los demás lo rechazan con horror ante su simple visión y cuando él mismo se ve reflejado.

La imagen especular no ofrece dudas: su rostro es un espanto de costurones y trozos de carne mal cosidos.

Pero, atención, cuando el monstruo confirma su fealdad, esto sólo puede ocurrir después de haber sido mirado por otros.

Podrá corroborar su aspecto repugnante a partir de un supuesto, de una idea recibida, de un criterio cultural que le permite distinguir lo bello de lo feo, lo normal de lo patológico.

Él ignoraba todo eso, pero rápidamente lo ha aprendido a causa del rechazo de que es objeto.

Es eso, ese criterio cultural, el que le faculta para juzgarse deplorando su horrible cara.

En cualquier caso se juzga con los valores del siglo XVIII, que es la época en que está ambientada la novela de Mary W. Shelly. ¿Y ya está? ¿Ya está todo aclarado en esa pieza inmortal? Pues no.

La novela es inagotable y el monstruo de Frankenstein tiene una eternidad de muchos siglos por vivir. No tiene fin precisamente.

¿Y nosotros? Nosotros, ay.

——-

De éstas y de otras cosas hablamos en el Aula de Historia Cultural, de la Llibreria Ramon Llull de Valencia. Son sesiones intensas, de trabajo y de mucha atención.

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