Magnates y mangantes. Las élites y la corrupción según Paul Preston

Días atrás acabé la lectura de Un pueblo traicionado (2019), un extensísimo volumen de Paul Preston que la editorial presenta como síntesis del último siglo y pico de historia contemporánea española.

El pasado dura mucho tiempo, es largo, y seguro que más de setecientas páginas no son suficientes para contenerlo todo.

Pero el editor y el autor saben que es posible abreviar, sobre todo en estos tiempos de lectores que pronto pierden fuelle o el fuelle (entero).

Sin duda, Preston tiene unos conocimientos enciclopédicos con que abrumarlos. Tiene avales.

Y tiene un saber muy superior a la media, aunque una síntesis más breve (¿doscientas, trescientas páginas menos?) habría beneficiado la soltura y contextura del libro. España se puede acortar.

Es más, tal vez el capítulo dedicado al siglo XIX es prescindible: las tesis que el autor maneja son algo anticuadas y su bibliografía más reciente, salvo excepciones, data de diez o doce años atrás.

En fin, el último periodo del libro dedicado a los lustros que nos son más cercanos es interesante, pero no pasa de ser una crónica periodística y vertiginosa. Eso sí, lo que cuenta nos lacera…

El volumen tiene dos hilos conductores, dos líneas paralelas que frecuentemente se cruzan:

-por un lado, el papel de las élites políticas y económicas, casi siempre depredadoras;

-y, por otro, la corrupción, el mal gobierno y la malversación de caudales públicos que tan habituales han sido en la España reciente.

La ciudadanía aparece aquí como un pueblo traicionado, gobernado por muy malos señores, una moraleja que implícitamente se inspira en el Poema del Mío Cid.

La tentación editorial era muy grande: unos gobernantes de mala índole y unos vasallos (en realidad, ciudadanos) a los que se sujeta, se sofoca y se engaña.

Por supuesto, el escrito de Preston es mucho más complejo que este reclamo del editor…

Sin duda es un volumen interesante, aunque no aportará gran cosa a quienes ya conozcan la obra de Paul Preston.

Aun así, una página de Preston brilla, siempre arroja luz sobre aspectos conocidos o desconocidos de la vida política de este país.

Me precio de haber leído no pocas obras de este gran hispanista y al llegar a este último volumen, lejos de aburrirme, el autor ha conseguido captar mi atención.

Ha conseguido obligarme a hacerme preguntas sobre la vigencia de los viejos problemas o sobre cuestiones de la actualidad española.

Acabé el libro cuando faltaban pocos días para que se hiciera pública la sentencia de los ERE de Andalucía. Y plaf…

Aunque dicho fallo no es definitivo y va a ser recurrido, lo cierto es que el panorama que dibuja el tribunal es desolador.

Sin duda, los distintos gobiernos andaluces, que han contribuido a mejorar la circunstancia de aquella región, también han permitido, favorecido o desarrollado la constitución de redes clientelares para beneficio propio, para provecho material y para cooptación de afines.

El resultado es millonario (en gasto y despilfarro) y desastroso para la moral pública, y eso al margen de que las máximas autoridades socialistas de Andalucía no se lo hayan llevado crudo.

Resulta extravagante que el Partido Popular pida responsabilidades a Pedro Sánchez cuando éste y su gobierno en funciones no tienen implicación en tales fraudes.

Es chistoso que esas exigencias procedan de un partido en curso o sentenciado y condenado por distintos casos de corrupción. Me refiero al PP.

Ahora bien, como nos recuerda muy atinadamente Joan Alcàzar resulta cobardona la respuesta del gobierno en funciones, particularmente la del ministro Ábalos. ¿Por qué este gabinete socialista no pide unas disculpas que nos son debidas?

Que Pedro Sánchez no sea responsable del clientelismo delictivo que los jueces han detectado en Andalucía no le exime de algún pronunciamiento. Basta ya con el patriotismo de partido (en expresión que tomo de Fran Sanz). Punto y seguido.

Paul Preston detalla los males de un país que, por lo visto y por lo dicho, ha prosperado casi milagrosamente.

Detalla con mucho pormenor los tejemanejes de que se valieron tantos políticos inescrupulosos que gobernaron la España del Novecientos:

-las aventuras coloniales en África y los dispendios y extravíos que ocasionaron;

-los latrocinios absolutamente corruptos de líderes demagógicos;

-las empresas dudosas o simplemente delictuosas de aquel rey, Alfonso XIII, mal llamado Fernando Siete y Medio;

-las dictaduras que fueron reacción, represión y negocio en distinto y escandaloso grado;

-la clase empresarial tan dada al proteccionismo, al pistolerismo o al matonismo y a los monopolios bien engrasados;

-las clases trabajadoras, de escasísima formación política, de vocación levantisca, revolucionaria y de hambres seculares.

Resulta prodigioso que hoy tengamos una democracia parlamentaria, que seamos un país perfectamente equiparable a los restantes de la Unión Europea. O quizá no resulte tan milagroso.

Preston ha escrito este libro con un ánimo sombrío, aquejado por un malestar bien justificado.

Las élites políticas y económicas nos han dado graves disgustos. En ellas, en esas clases finas y principales, vemos frecuentemente confundidos magnates y mangantes.

Pero es el Brexit aquello que sume a Preston en una tristeza inconsolable que muchos lectores compartimos.

Quiero ser optimista. Disponemos de democracia, disponemos de unas instituciones europeas y eso, ese avance contemporáneo, no podemos desecharlo o arruinarlo.

No sé si somos Un pueblo traicionado, como reza el título de este libro, que —insisto— parece inspirarse en la moraleja de El Cid.

Sin embargo, somos aún un pueblo esperanzado. Nunca hubo unos viejos buenos tiempos. Pero tampoco estamos condenados al fatalismo.

La responsabilidad es individual. Cada uno de nosotros y de nuestros representantes políticos debe afrontar las consecuencias de sus actos.

Sin duda, la avaricia y la codicia son detestables. Más aún, nadie puede infligir daño gratuitamente. O gastar como un bandarra o despilfarrar lo público a manos llenas: por el amor de Dios, por probidad o por estética.

Cada acto define el país y la humanidad en que queremos vivir. No necesitamos héroes ni utopías.

Necesitamos honestidad, sensatez y una concepción austera de la vida. Ni esto es un Valle de Lágrimas ni un desenfreno sin tasa.

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