¿Por qué la guerra?

Releo de cuando en cuando un texto breve que descubrí hace años.

En mis clases y en distintas ocasiones, lo he empleado como un documento a desentrañar. Y siempre con el placer y la reverencia que provocan las filigranas, las obras de arte. O los clásicos.

Me refiero a ¿Por qué la guerra?, de Albert Einstein y Sigmund Freud.

Es un librito que en España publicó la editorial Minúscula en 2001, con traducción de Valeria Bergalli, e introducción de Eligio Resta.

Es una de esas joyas a las que hay que volver de cuando en cuando (como otras piezas que difunde Minúscula).

Esta obra, que es fruto del intercambio de dos cartas entre Einstein y Freud en el verano de 1932 es pieza de reflexión.

Nos ayuda a entender al género humano, nos ayuda a entendernos aún hoy. Nos quita todo optimismo irresponsable.

Y, sobre todo, nos hace mantener cierta esperanza racional, por pequeña que sea.

Estamos en 1932. Einstein se dirige por carta a su interlocutor para preguntarle si es posible acabar con la fatalidad de la guerra.

Así la llama: fatalidad. ¿Por qué la evolución cultural, por qué el ascenso de la civilización no ha eliminado las guerras? Las preguntas las plantea Einstein, pero Freud las hace suyas.

Ambos son pacifistas. En el caso de Einstein, tenemos a un pacifista militante (valga la paradoja). En el caso de Freud, más escéptico, tenemos a un realista.

Este último sabe que ciertas guerras continuarán mientras exista el poder de Estados o Imperios dispuestos a agredir, invadir o anexionarse a rivales y vecinos.

A Freud sólo le quedan siete años de vida tras una penosa lucha contra el cáncer. Morirá en Londres, en el exilio. Einstein verá todo el horror de la II Guerra Mundial y sabrá del espanto del Holocausto.

La agresividad es un dato antropológico inextirpable, le recuerda Freud al físico. Sin capacidad para agredir, podríamos añadir, no seríamos nada, simples peleles, seres angelicales incapaces de vida propiamente humana.

La pulsión de muerte, de destrucción, va unida a la pulsión de vida, de amor. Y eso es lo que nos hace humanos.

Otra cosa es en qué se traduce la pulsión de muerte (como la llama Freud): en sus casos extremos conduce a la violencia y la guerra.

En los mejores casos, ese instinto se sublima para expresarse con la energía del amor propio, del arte, del juego, de la rivalidad sin víctimas, del coraje, del esfuerzo, incluso de la temeridad.

En fin, hacia 1932 el mundo ya va a la deriva. Para los observadores más perspicaces hay numerosas señales de alarma.

La República de Weimar atraviesa una crisis económica sin precedentes: la que viene del crack del 29 con el efecto local de la hiperinflación.

En enero de 1933, por la irresponsabilidad de las élites alemanas y por la geometría variable del parlamentarismo, Adolf Hitler asciende al poder.

El pesimismo de los más lúcidos es inevitable.

Todo tipo de violencias se extienden por el Continente europeo desde hace décadas. Y todo ello tras una guerra devastadora que dejó millones de muertos y unos veteranos psíquicamente destruidos.

Freud y Einstein coinciden en 1932 en que sólo una autoridad mundial con capacidad jurídica y ejecutiva real podría resolver los conflictos antes de que derivasen en guerra. La Sociedad de Naciones no la tiene.

Y sólo podría frenar una guerra el temor real a la destrucción total. En términos de Freud, “el fundado temor a las consecuencias de la guerra futura”.

O, más precisamente, “la eliminación de uno o quizá de ambos enemigos, debido al perfeccionamiento de los medios de destrucción”.

Pero Einstein y Freud saben que la primera meta, siendo deseable, resulta ciertamente utópica, entre cosas por implicar una renuncia de soberanía y poder efectivo por parte de los Estados.

¿Habrá alguna vez algo parecido a esto?

Sin duda, la Unión Europea, con todos los cargos que se le quieran imputar, es la institución que más puede parecerse a esa entidad supranacional a la que se ha cedido una parte de la soberanía.

Ni Freud ni Einstein pudieron ver el nacimiento o completo desarrollo de esta institución.

Y la Guerra Fría fue la confirmación parcial y paradójica de lo dicho por Freud: la Destrucción Mutua Asegurada impidió que la tierra saltara por los aires.

Es de locos. Y sí: en inglés MAD (Mutual Assured Destruction) significa loco.

Hoy, tras la aprobación del acuerdo para la salida de Reino Unido de la UE tengo una sensación ambivalente. Bien podríamos decir que el Brexit es cosa de locos, o no. Quizá, su contrario: una oportunidad…

Quién sabe. Imaginemos estar en 1932. Admitamos la dificultad que Einstein y Freud tienen para avizorar el futuro. Y la facilidad que demuestran para predecir guerras fatales y futuras.

Pues nosotros nosotros sólo somos enanos subidos a espaldas de esos gigantes.

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