He leído los Diarios completos de Rafael Chirbes (Anagrama, 2021 y 2022). A ratos perdidos. Son cuatro entregas en dos volúmenes. No me mueve el chisme, me mueven el género, la lucidez y la amargura que expresan, el dolor o el daño que él mismo se inflige.
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El dietario íntimo, el diario personal, es un género que puede expresar lo más recóndito y a la vez ser impostura o impostación.

El documento que uno escribe para sí se abre a la sinceridad más descarnada, pero cuando lo sabemos destinado a la publicación, entonces el texto se corrige, se enmienda, se pule. De hecho, hay páginas en que Chirbes sólo confía en estos cuadernos de segunda, en esta literatura opaca.
Tantas dudas acerca de sí mismo. Tantas heridas antiguas y aún abiertas, mal suturadas. Tanto temblor, tantos miedos.
Escribe Chirbes con nervio, con urgencias, sabiendo que estos cuadernos lo salvan o lo eximen de la novela pendiente, del artículo por remitir, de la gran obra que todos esperan y de la que él mismo descree.

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