Mario Vargas Llosa. ¿El novelista mentiroso?

Es bien sabido, pero conviene reiterarlo. Durante siglos, la novela fue considerada un género inferior y peligroso.

¿Por qué razón?

Por llenar tantas almas inocentes de jóvenes y adultos con malos ejemplos y con experiencias extrañas y, sobre todo, plebeyas.

El género fue también desdeñado su confusión: por instruir ficticia, torcida o erróneamente, por enseñar una realidad inexistente en todo o en parte.

Así, de creer a sus detractores, deberíamos admitir que quien lee novelas perdería el contacto con el mundo para abandonarse a algo que le es externo, inmaterial o distante.

Quien frecuenta el género, en fin, acabaría sustituyendo los sentimientos propios por espejismos emocionales, impropios e ilusorios.

Etcétera, etcétera. ¿Es así? ¿De verdad hay tanto que reprochar a este género literario?

Por supuesto, si le quitamos los reparos y la pátina moralista, mucho de lo dicho es verificable; muchos de esos efectos y defectos son literales y ciertos.

Es más: están constatados y recreados dentro de las novelas, dentro de las propias novelas.

Como es bien sabido, podríamos rastrearlos en la historia misma de la literatura.

Así, desde Don Quijote de la Mancha hasta Madame Bovary, la propia novela ha mostrado los males que se le atribuyen, lo cual tiene su guasa: es ironía suprema. Decir que, dentro de una novela, la lectura de las novelas hace daño tiene bemoles.

En los casos literarios en que esto ocurre, a veces se relativiza. Entonces se pretexta que el daño lo padecerían los usuarios del género que abusan de las ficciones.

O lo padecerían también quienes se fijan en los personajes poco o nada edificantes.

Esos serían los casos de plebeyos de escasa o nula moral y los tipos extraviados, de que los que tanto hay en sus páginas.

Punto y aparte.

Sobre este asunto, Mario Vargas Llosa tiene páginas muy iluminadoras. Citemos algunas.

La orgía perpetua. Flaubert y ‘Madame Bovary’ (1975) hasta La verdad de las mentiras (1990), pasando por García Márquez. Historia de un deicidio (1971). Etcétera, etcétera.

En sus ensayos y sus propias novelas, el literato ha insistido en todo lo que arriba enumero.

Como lector de novelas ha incurrido en esos males paradójicos de las novelas. ¿Por qué?

Por escribir sobre las bondades paradójicas del género, por redifundirlas.

Como autor, Mario Vargas Llosa ha multiplicado el efecto de las ficciones. ¿Por qué?

Por cultivarlas, por escribirlas él mismo. Algunas de las suyas son novelas de una potencia tal que compiten con la verdad de lo ocurrido en la historia real.

Como lector (ensayista literario) dotado de excepcional clarividencia, su calidad es indiscutible. Es probablemente uno de los mejores lectores que aún existen.

Y como novelista le debemos historias menores y mayores, de máxima gravedad o de puro sarcasmo, que disfrutamos y a las que regresamos.

Es decir, Mario Vargas Llosa pertenece a la tradición que tantos condenaron por su plebeyismo, vulgaridad y enajenación. A mucha honra, podría decir él y nosotros con él.

En su quehacer literario, sólo pongo una pega. Eso sí, una gran pega. Aunque al final es más la obstinación de Vargas Llosa en utilizar un término que otra cosa. Me refiero a la mentira, a las mentiras.

Vargas Llosa insiste en identificar la ficción con las mentiras, asunto que forma parte de sus aseveraciones más repetidas.

Y lo hace por entender que la novela implica ciertas operaciones de invención, de fabulación. Esto último es irrebatible.

Pero lo primero —llamar a eso, a esas operaciones, mentira— es erróneo o, mejor, tiende a la confusión. Afirmar que escribir y publicar una novela es mentir enreda más que aclara.

¿Qué significa mentir? Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, mentir es:

  1. intr. Decir o manifestar lo contrario de lo que se sabe, cree o piensa.
  2. intr. Inducir a error. Mentir a alguien los indicios, las esperanzas.
  3. tr. Fingir, aparentar. El vendaval mentía el graznido del cuervo. U. t. c. prnl. Los que se mienten vengadores de los lugares sagrados.
  4. tr. desus. Falsificar algo.
  5. tr. desus. Faltar a lo prometido, quebrantar un pacto.

Al autor hispano-peruano no se le escapará la diferencia insalvable que hay entre ambas.

La diferencia que hay entre la mentira y la novela… Desde luego pertenecen al ámbito de Seudología, que entre nosotros admirablemente investigó Miguel Catalán.

Con la mentira al interlocutor se le engaña o al menos se aspira a hacerlo, a pasarle por cierto lo que no es.

En cambio, con la novela, supremo arte de la ficción, el autor no engaña a nadie, a nadie avisado, a nadie que conozca el marco, el género y el pacto que se establece entre emisor y destinatario.

Parafraseemos ahora a un inventado (que no mentiroso) novelista. Hagámosle decir lo que abajo transcribo.

Querido lector, esto que te dispones a leer es algo que puede o no haber existido.

Es en mayor o menor medida una invención o en un cierto sentido una recreación de algo que tal vez ha ocurrido.Ahora bien, de haber ocurrido no necesariamente o exactamente habría ocurrido así.

Te pido lector, apreciado cofrade, que me aceptes esta invención, este embeleco que no es tal, pues no aspiro a engañarte o confundirte. ¿Por qué no aspiro a engañarte o a confundirte?

Tú sabes y yo sé que invento para tu deleite e ilustración, para tu entretenimiento y discernimiento. En fin, tú sabes y yo sé que no te miento. Creo y recreo para ti, para tu solaz y conocimiento.

Punto y aparte.

Mentir en términos novelescos sería decir que Alonso Quijano no enloqueció o que Emma Bovary no se confundió con el amor romántico aprendido de novelas baratas leídas en su juventud.

En la mentira hay voluntad expresa de pasar por cierto lo que no es sabiendo, además, que el destinatario no advertirá el embeleco.

Por principio no es el caso de la ficción, a la que reconoce,os como tal.

Desde que somos infantes, nos mienten y mentimos. Pero también desde la infancia aprendemos pronto otra cosa.

Aprendemos a discernir o distinguir entre quién nos miente y quien nos cuenta o imagina una ficción (un cuento).

Sabemos desde chicos que las ficciones son arte, artificios humanos con los aceptamos ser engañados.

¿Engañados?

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