Una útil grafía del yo
Acabo de terminar la lectura de El periódico de la democracia (2026), de Javier Cercas. El subtítulo —Una historia personal de El País— no engaña: no estamos ante una historia detallada del diario, sino ante la narración de un vínculo, ante una inspección personal, ante una útil grafía del yo, es decir, ante un autobiografía parcial.
Cercas escribe con esa habilidad suya tan característica que combina levedad y precisión, elegancia narrativa y cercanía retórica. Escribe así para contarnos cuál ha sido su trato con El País. Para Cercas, el diario fue desde fecha temprana una escuela de formación y, simultáneamente, un espacio intelectual.

Me reconozco en esa confesión. No porque mi trayectoria sea comparable a la suya, sino porque compartimos una experiencia generacional y muchos gustos comunes (aparte de mi aprecio por su literatura): la de haber leído El País no solo para informarme, sino al tiempo para formarme. Lo hemos leído también como un dispositivo de educación sentimental, en el sentido más amplio: moral, político, estético.
A un artefacto cultural que cuenta ya cincuenta años se le pueden hacer numerosas objeciones, y se le deben hacer. Pero, en mi caso, el balance es positivo, incluso muy positivo: sigo inclinándome hacia el agradecimiento. Y ese agradecimiento no es abstracto: está hecho de escenas personales, de hábitos cotidianos, de momentos precisos.
La pedagogía de las revistas
Mi aprendizaje lector no empezó con los periódicos, sino con los semanarios. A finales del franquismo, en casa circulaban —y nos intercambiábamos— publicaciones como Sábado gráfico, Triunfo u ¡Hola! Eran propiamente objetos familiares, leídos con atención y lentitud, en algunos casos comentados y, por ello, compartidos.
Una mañana de 1973, nada más entrar en el aula, un profesor abrió en silencio y lentamente la cremallera de su portafolio. De la cartera de mano extrajo lo que parecía un atadijo de papel impreso. En realidad era una revista grapada.
Sujetándola con los pulgares índices de sus dos extremos superiores nos mostró y desplegó una cubierta enlutada (completamente en negro, sí), salvo la mancheta de la publicación y un único titular en letras blancas y mayúsculas: CHILE.
Jamás olvidaré ese gesto y esa experiencia. Al las pocas semanas, yo ya era un cliente habitual que los viernes compraba Triunfo. Aún no contaba quince años, pero ya me había convertido en su fiel lector. El golpe de Augusto Pinochet en Chile, el 11 de septiembre de 1973, me había despertado a la política. Recuerdo los días posteriores: la confusión, la necesidad de entender, la lectura casi ansiosa de lo poco que podía alcanzar.
Desde niño me había gustado ir al kiosco para apostarme allí y así poder hacer de lector gorrón, en expresión de Groucho Marx. Abría bien los ojos para captar la parte visible de las cubiertas de la prensa.
Con eso me hacía un mapa de informaciones incompletas, insuficientes: no podía adquirir aquellas publicaciones y, por tanto, las noticias me llegaban entrecortadas. Pero yo abandonaba el kiosco creyendo haberme enterado del estado de cosas.
Por supuesto, la experiencia de aquel primer número de Triunfo, que sí compré, me llevó a descubrir un mundo que me sobrepasaba, pero por el que estaba cada vez más interesado.
Recuerdo que mi primer trabajo académico antes de ingresar en la Universidad tenía un extensión de diez o quince folios. Era un relato sobre el FRELIMO, el Frente de Liberación de Mozambique.
Aparte de los escasos datos que aportaba la televisión, aquella televisión, mis fuentes de informaciones se reducían a Triunfo: las noticias y artículos de opinión en Triunfo. Con su escasez y su sesgo. Estábamos en el final del proceso descolonizador.
Pero, más allá de esta anécdota, hay un tránsito importante, aún más importante en mi vida de lector. Me refiero al paso de la revista semanal —reflexiva, analítica, subjetiva e interpretativa— al diario, con su ritmo más urgente, noticiero. Eso sí: también con ambición intelectual. Este es el caso de El País, un periódico que no renunciaba a la profundidad.
Durante un tiempo, y siempre que la paga semanal me lo permitió, coexistieron ambos hábitos (la lectura del semanario y, algunos días, del periódico). Poco a poco fui dejando de ser seguidor de Triunfo para convertirme en lector —cada vez más cotidiano— de El País. No fue una sustitución brusca, sino una mutación.
El País, densidad y prestigio
Hacia 1976, ya estudiante de Historia, empecé a leer El País con regularidad, según antes decía. No todos los días —entre otras cosas porque en provincias llegaba con retraso—, pero sí con una frecuencia que iba en aumento. Yo siempre he sido un socialdemócrata (y, claro, lo sigo siendo) y aquellas páginas y sus equilibrios casaban bien con mis inclinaciones moderadas.
Lo que me atraía no era solo la información, sino la enérgica pedagogía democrática de sus editoriales y el tono que sus redactores empleaban. Había en sus páginas —en internacional, en opinión, en cultura— una densidad que no encontraba en otros diarios.
El suplemento de los sábados, que creo recordar como Arte y letras, fue decisivo: allí se plasmaba una idea de la cultura como conversación pública exigente. Sin ir más lejos, aún recuerdo con gravedad y asombro la lectura de una reseña dedicada a un volumen titulado Introducción a la lógica formal, de Alfredo Deaño, publicado en 1974.
Yo acababa de aficionarme a Lewis Carroll, a su Alicia y a El juego de la lógica, que un profesor de letras me había recomendado vivamente. En las páginas de El País podías encontrarte cosas así.
En paralelo, sin embargo, seguía leyendo nuevas revistas como El Viejo Topo u Ozono. Acudía a mis clases luciendo con orgullo esas cabeceras, que no eran exactamente socialdemócratas, sino densas, izquierdistas y saludablemente gamberras.
Pero algo estaba cambiando en mi vida y en la de tantos otros: el periódico empezaba a ocupar el centro de gravedad. Y con él, una nueva forma de leer: más fragmentaria, más cotidiana, aunque también más abierta al mundo.
Aprender a escribir
En ese cruce entre revistas y periódicos aprendí a escribir. No en el sentido académico —que vendría por otros cauces—, sino en el periodístico: la reseña, la tribuna, la columna.
Mis maestros estaban en esas páginas: en Triunfo, El País, Ozono, El Viejo Topo, etcétera. Aprendí leyendo, imitando, corrigiendo. Aprendí que escribir para un periódico es pensar con claridad y límites: de caracteres, de espacios, de tiempo. Javier Cercas subraya en su Historia personal de El País algo semejante.
Más tarde, yo aprendería también a leer periódicos de signos políticos diversos, principalmente conservadores. En papel.
Hubo alguna época, ya de adulto, en que hasta tres o cuatro diarios entraban en casa con el consiguiente desembolso. Fue una educación en el contraste, en la sospecha de la complejidad. Esto es algo que hoy, en la era de las burbujas informativas, puede resultar raro y poco operativo.
El 23-F, la lectura como necesidad
Hay momentos en que la relación con la prensa se intensifica, se vuelve propiamente emocional. Uno de ellos fue en la época del intento de golpe de Estado del 23-F.
Recuerdo la radio, la emisión televisiva y recuerdo los días siguientes: la necesidad de leer para disipar la confusión. Para entonces, con veintiún años, yo me estaba quitando de Triunfo —que agonizaba—, mientras consolidaba mi fidelidad a El País. Leía con avidez, buscando no solo datos, sino interpretación, jerarquía, sentido.
Esa experiencia —leer en medio de la incertidumbre— define mejor que ninguna otra la función de un periódico: no solo informar, sino ordenar el caos. Y proporcionar criterios para analizar la fuente, el sesgo de los datos, la composición de la página, la vecindad de los sucesos, la fotonoticia.
Servir al Rey
Otra escena decisiva para mi historia personal de El País fue la del servicio militar, cumplido en 1982. Había sido destinado a la llamada IV Sección de la Capitanía General de la II Región Militar, la de Andalucía. En aquellas dependencias nos ocupábamos de la información exterior.
De entrada impresiona, pero no tanto: formábamos parte de un obsoleto y rudimentario aparato de espionaje militar. Allí, al cabo de los meses, el capitán Alcantarilla me regaló dos volúmenes en inglés de Ian Fleming. Imagino que yo le había confesado mi predilección por las historias de espías, aunque no exactamente las de James Bond.
Nuestra labor en aquella sección era variada. Por ejemplo y en primer lugar, los mecanógrafos: a mecanografiar con velocidades vertiginosas. Quienes carecíamos de dicha habilidades, aparte de nuestros estudios superiores, nos destinaron a tareas no menos mecánicas.
Por ejemplo, a archivar legajos que habíamos hecho con carpetillas y cintas para conservar la documentación administrativa; a buscar expedientes, antecedentes; a redactar notas de prensa sobre actos militares (a los que no habíamos asistido) y que luego enviábamos a los periódicos andaluces.
De cuando en cuando ejercíamos de improvisados y apócrifos reporteros que no habían salido de aquellas dependencias cuyas ventanas daban a la Plaza de España de Sevilla. Ay, los periódicos…
Lo más importante, para mí, ocurría precisamente en los periódicos, pero en sus márgenes. Teníamos acceso diario a la prensa: El País, Diario 16, ABC (edición de Sevilla), El Correo de Andalucía… Durante esos meses dejé de comprar El País: no me hacía falta. Lo tenía allí, gratis, cada mañana.
Recuerdo la ilusión de esa primera hojeada matutina, ese pasar rápidamente sus páginas: una lectura vertiginosa para localizar las noticias del día. Pero también recuerdo la insuficiencia de esa lectura.
Creía estar informado y, sin embargo, estaba bien lejos estarlo. Solo horas más tarde, al volver con calma sobre esas páginas ya manoseadas por jefes y oficiales, podía leer con calma los periódicos, intentando hacerme con una idea cabal del mundo, una comprensión menos superficial.
Aquellos meses estuvieron atravesados por acontecimientos mayores: el juicio de Campamento a los golpistas del 23-F, la Guerra de las Malvinas. Recuerdo haber fotocopiado artículos, no recortarlos, sino reproducirlos mecánicamente: crónicas rápidas, nerviosas y bien informadas de José Luis Martín Prieto sobre el juicio o los magnos textos de Gabriel García Márquez.
La fotocopia sustituía al recorte: era otra forma de apropiación, más técnica, menos doméstica, pero igualmente significativa. Guardaba esos textos como quien guarda herramientas para pensar.
Escribir en El País
Con el tiempo, pasé de lector a colaborador. En la edición valenciana de El País y gracias a quien entonces era su delegado, Josep Torrent, publiqué, desde 2001, tribunas, columnas e incluso un blog: Presente continuo en su edición digital. Fue una forma de entrar, de implicarse en la conversación pública.
Estuve unos años, después en Levante-EMV, y luego, nuevamente, en El País Comunidad Valenciana. Mi salida se produjo ente 2014, durante la dirección de Antonio Caño. La línea que este tosco director había impuesto al periódico (que yo percibí como una errática deriva) me llevó a dejar de colaborar.
Conviene insistir: no me echaron; me fui. Ese matiz importa. Porque habla de una relación que no es de dependencia, sino de afinidad exigente. Mi caso es humildisísimo, pero sirve para hacerse una idea de lo que es fidelidad crítica.
He vuelto después, en alguna ocasión, en la edición nacional. Y ello gracias Jordi Amat. Las últimas colaboraciones: una reseña extensa y crítica sobre un volumen de Arturo Pérez-Reverte y un texto a doble página sobre la cultura de las inundaciones con motivo de la DANA de Valencia.
Estos regresos no implican colaboración regular o periódica: simplemente confirman que la relación que mantuve y se cortó no me me provocó resentimiento alguno.
Escenas familiares
En paralelo a todo esto, están las escenas domésticas.
Según descubrí después, tras su muerte, mi padre había ido guardando en una carpeta de cartón azul, con goma elástica, los recortes de mis artículos. Era un gesto discreto de mucha ternura. Frente a la fugacidad del periódico, él mantenía y agrandaba un modesto archivo con piezas de afecto.
Mi madre, en cambio, evitaba El País. No por ideología —o no solo—, sino por razones físicas y estéticas: los textos extensos le provocaban jaquecas —decía ella—, la tinta le ensuciaba los dedos y la tipografía le parecía densa: efectivamente, germánica.
Esa resistencia es reveladora. Nos recuerda algo tan obvio como que la relación con la prensa no es solo intelectual: es también material, corporal.
Una constelación de firmas
A lo largo de los años he admirado a muchos de sus colaboradores: Fernando Savater, Rosa Montero, Juan Cueto, Enric González, Antonio Muñoz Molina, Elvira Lindo, Javier Cercas, Sergio del Molino, Paco Cerdà…
No eran ni son solo firmas: son voces. Y esas voces han compuesto una conversación en la que uno puede entrar como lector, y a veces como interlocutor.
En efecto, me he sentido como tal: aparte de conocer y tratar personalmente a Antonio, a Elvira, a Javier, a Sergio o a Paco, mis columnistas son, antes que nada, interlocutores impresos.
Leer hoy
Hoy leo El País en digital: en PDF, y también la edición que continuamente se actualiza en su aplicación. El entorno ha cambiado radicalmente.
Permítaseme decir cosas archisabidas.
La abundancia informativa es abrumadora. Las redes han fragmentado la atención. La desinformación circula con mayor velocidad que la noticia real, contrastada. Son abundantísimos, casi inaprensibles, los datos que irrumpen y los bulos que se filtran.
Frente a ese aluvión, sin embargo, persiste en mí una fidelidad. No es una fidelidad ingenua. He discrepado —y sigo discrepando— de decisiones editoriales de El País, de ciertos enfoques, de ciertos énfasis. Pero, incluso en el desacuerdo, El País sigue siendo para mí un nutriente intelectual.
Un periódico nunca es es solo un proveedor de noticias. Es un marco de interpretación que ofrece códigos y recursos de descodificación. Es una forma de ordenar el mundo, de darle significado y nombre a las cosas que ocurren.
Un diario es una disciplina de lectura. De hecho, la página de un diario es materia inerte hasta que alguien la lee. Entonces, se produce un acto intelectivo hasta cierto punto imprevisible.
Esa página impone una lectura que sus destinatarios siguen, no siguen, interpretan bien, malinterpretan o la usan a su antojo, contraviniendo en ese caso lo dicho e impreso por el diario. En papel y en edición digital.
Como dije al principio fui un lector precoz; me convertí en lector diario al acercarme a la veintena. Todo indica que moriré siendo lector de El País. No por inercia, sino por elección.
En un tiempo de ruido, adentrarse en una plaza de interlocutores varios generalmente bien informados que hablan sin levantar la voz, sin demasiadas estridencias, sigue siendo una escuela de formación y de debate.
Uno puede discutir o no con este o aquel columnista, puede convenir o no con este o aquel periodista, pero sabe que el espacio es riguroso: fomenta la deliberación sin unanimidades.
Yo no cuento la trayectoria de El País. Sus éxitos y fracasos empresariales, sus pugnas con adversarios correosos. Cuento por encima, quizá atropelladamente y a matacaballo, mi relación con su historia. Aún queda mucha vida por delante. O eso creo.

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