Yo, señor, no soy malo

“Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo. Los mismos cueros tenemos todos los mortales al nacer y sin embargo, cuando vamos creciendo, el destino se complace en variarnos como si fuésemos de cera y en destinarnos por sendas diferentes al mismo fin: la muerte.

“Hay hombres a quienes se les ordena marchar por el camino de las flores, y hombres a quienes se les manda tirar por el camino de los cardos y de las chumberas.

“Aquéllos gozan de un mirar sereno y al aroma de su felicidad sonríen con la cara del inocente; estos otros sufren del sol violento de la llanura y arrugan el ceño como las alimañas por defenderse. Hay mucha diferencia entre adornarse las carnes con arrebol y colonia, y hacerlo con tatuajes que después nadie ha de borrar ya”.

Camilo José Cela firmó una de las novelas más indiscutibles de la historia literaria española. El autor ha tenido después una trayectoria errática, con obras verdaderamente notables y con ficciones de encargo y venales. El escritor ha sido un buscador de galardones y un hombre hinchado y henchido. Pero uno de sus libros junto a La colmena o el Viaje a la Alcarria merecen todos los parabienes.

Me refiero, claro, a La familia de Pascual Duarte (1942). No suelo tardar mucho tiempo en releerla. Su protagonista es un personaje monstruoso, una criatura que desconoce su profunda perversidad.

Maltrata a los suyos y lo ignora. Es un ser primitivo aunque sabe de letras. Es un tipo salvaje aunque no le falte retórica expositiva. Es un individuo que nada sabe de su inquina, del rencor, de todo aquello que lo consume.

Pudo muy bien haber hecho fortuna, pudo muy bien haber alcanzado las más altas cotas de su pequeño mundo. Pero a él todo eso le parecía escaso para sus merecimientos.

Un ser engreído, locamente ufano. El personaje es despreciable y destacable: justamente porque lo repudiamos tiene cualidades negativas que lo hacen interesante.

No tuvo descendientes literarios. La truculencia de sus lances y de su expresión no puede parangonarse. Es una obra brutal, epítome del tremendismo, en medio de una España sanguinaria.

Es una ficción desatada en medio de un país carpetovetónico (adjetivo que se adjudicó Camilo José Cela, cuando en realidad pertenecía a don José Ortega y Gasset).

Duarte fue violento, agresivo con saña, matador. Fue una condensación de la España trastornada por la sangre y fue un personaje odioso. Su autor adoptó el expediente de la primera persona y quienes hemos leído varias veces la novela hemos de reconocer la mezcla de primitivismo y artificio que la obra contiene.

Parece más bien una historia del Ochocientos: con personajes sanguinarios, bestiales, duros de mollera y a la vez retóricos, expansivos y sin sentimiento del mal que ocasionan.

Si lo comparáramos con el monstruo de Frankenstein, el tipo de Mary W. Shelly, saldría mejor parado. Tenía valores morales que en Pascual Duarte han desaparecido. Su violencia es anómica, que diría Émile Durkheim: la pura frustración animal.

No queremos diagnosticarlo. No tenemos competencia médica para hacer tal cosa y no nos interesa su dolencia. En realidad, aquello que nos sorprende es su monstruosidad, ese rasgo moderno y a la vez primitivo de un ser que puede hacerse querer para después obrar como un energúmeno.

Es una bestia sin compasión. ¿Un psicópata? No nos atreveríamos a tipificarlo así. Tampoco a diagnosticar su mal. Queremor rendir homenaje a un personaje destacable del espanto español, una figura que su creador no logró mejorar y que forma parte de la galería de ‘freaks’ que aún nos acompañan.

Murió con el cuello quebrado, torcido por el garrote: la modernidad española, la contribución hispánica al horror.

En 1976, Ricardo Franco, de los Franco del Tío Jess, de Lolita, de los Marías en fin, realizó una adaptación notable, sobria y sombría que ponía los pelos de punta.

La interpretaba José Luis Gómez. Gracias a esa versión, que era el colofón de un franquismo bestial y terminal, pudimos releer la obra en repetidas ocasiones.

Las imágenes que Franco nos ofreció acabaron por trastornarnos. Simbólicamente, aquel garrote aplicado a Duarte era el final del franquismo. Una paradoja para una novela tan temprana (1942).

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