Composición y descomposición

Libros. “¿Los tiene ya todos leídos? ¿Los ha comprado o se los han regalado?”

Ésas son preguntas habituales que me hacen algunos de los estudiantes más inquisitivos cuando llegan por primera vez a mi despacho de la Facultad.

Ya lo dije alguna vez.

Mi covacha, como la de mis compañeros de sección, es un habitáculo pequeño con mueblería de Formica (salvo tres estanterías de madera color pino y otra lacada en blanco).

Trabajar allí me resulta disuasorio. Las paredes grises de Formica son un espanto. Prefiero un muro con desconchados.

Pero yo mismo he contribuido al desorden.

Voy formando pilas inestables de libros que me regalan, que compro, que recibo. Montañas de volúmenes de materias dispares, hermanados por el azar. El desarreglo hace que luego no siempre encuentre lo que busco.

Algunos de esos libros me los llevo a casa con el firme propósito de leerlos, cosa que suele suceder.

Por eso, fuera de las clases, tutorías y exámenes, trabajo mucho más en casa que en el despacho.

Evito permanecer demasiado tiempo dentro de ese receptáculo asfixiante.

En la fotografía sólo muestro los volúmenes que hay en tres de las cuatro estanterías con que está forrada mi covachuela.

Tienen apariencia de orden. ¿Es así?

A pesar de mi desidia o desaliño, no sé, hay todavía un orden remoto, el puramente alfabético, que permite encontrar una obra de Foucault o de Ortega, de Freud o de Sartre.

La fotografía tiene truco: recorto la realidad para evitar cuidadosamente que se vea el estado general de la mesa y de los suelos.

Resulta difícil abrirse paso allí. De hecho, lo normal es que tropiece y que me golpee mis doloridas rodillas.

¿Por qué algunas personas somos así, tan desastradas? ¿Por qué no dedicamos tiempo a tener nuestros libros bien ordenaditos?

No me jacto de ello, pero prefiero gastar las horas con el volumen que ahora leo a dedicarme al aseo bibliográfico, a la colección bien arreglada.

Cuando escribo, siempre deseo que mis frases no sean puro desaliño sintáctico: si falleciera de manera imprevista en ese instante, dicha oración sería lo último que quedaría de mí.

¿Y los libros? El día en que me muera, habrá que armarse de paciencia para arreglar o donar o tirar lo que por prisas yo no compuse o descompuse.


Publicado por primera vez el 23 de junio de 2014.

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