Los libros y yo

[Fragmento de Pasados ejemplares. Conversaciones con Justo Serna, por Miguel Ángel Taroncher (2019)]

…Mi formación intelectual y académica es en parte guiada, previsible; y en parte autodidacta.

En el peor de los casos, llega a ser caótica, algo nada recomendable desde el punto de vista académico.

Eso hace que yo atesore conocimientos algo insólitos que no comparto con mis colegas y eso hace también que demuestre unos desconocimientos sorprendentes e incluso culpables que mis compañeros y pares no padecen.

Desde que sobrepasé los cuarenta años soy de dieta variada, con digestiones rápidas, con digresiones y desvíos, una dieta muy caprichosa e inducida por la apetencia menos justificable. Eso me ha llevado y aún me lleva a leer por preferencias y lateralmente.

Permítaseme una digresión con Elias Canetti, un sefardí cuyos ancestros proceden de la comarca de la que era mi padre: la de Cañete, en la Serranía de Cuenca, España.

Aunque esta digresión no parezca venir a cuento, creo que la declaración me retrata con sinceridad y creo que quizá ayude a entender mejor mi línea de investigación, mi escritura quizá errática o alocada, pero también mi manera de leer: no académicamente, no secamente, sino con placer impenitente.

“Tengo en mi mano el curso de la vida”, dijo en cierta ocasión Elias Canetti. Siendo joven, yo jamás pude gozar de ese alborozo y miedo, de esa libertad y autogobierno, precisamente por el conservadurismo ambiental que me rodeaba y por las férreas guías docentes que nos forzaban a seguir en los estudios primarios y secundarios.

Hablo de los años sesenta y setenta del siglo XX en una España aún franquista, aún sometida a una dictadura.

Por supuesto, yo no gobernaba el curso de mi vida, pero bien pronto sí que sentí la necesidad de tener en mi mano, quizá a partir de los once o doce años, el curso de mi vida.

Leer al margen de los dictados escolares fue mi primera y modesta rebelión, leer de manera salvaje (eso sí, siempre que antes hubiera cumplido con las exigencias académicas).

Dice Elias Canetti en uno de sus Apuntes, 1973-1984: “nunca he aprendido nada sistemáticamente, como otra gente, sino por excitaciones súbitas. Siempre empezaban con que mi mirada caía sobre algo que tenía que poseer fuera como fuera”, añade.

Se refiere a este o aquel ejemplar, que físicamente tocaba y poseía. A mí, desde bien jovencito, me sucede algo parecido.

Yo no heredo patrimonio material significativo. E ignoro cuál es la tradición cultural española a la que debo acogerme.

Mi formación será sobre todo la reconstrucción de una herencia inmaterial jamás recibida: una cultura y una tradición española, europea, americana de las que me habían expropiado a mí y a tantas otras personas de mi generación.

Y leer y poseer libros serán mi vía de escape y mi patrimonio personal, mi vicio confesable. Ya es un vicio adquirido.

“En mi caso nada sucede de otro modo”, dice Canetti, “y por lo tanto tendré que comprar libros hasta el último instante de mi vida, sobre todo cuando sé con seguridad que nunca los leeré”.

En mi caso es vicio, pero es también una fantasía, según indicara Canetti. Comprar libros “creo que es también parte de la rebeldía contra la muerte. Nunca quiero saber qué libros entre éstos se quedarán sin leer. Hasta el final no está determinado cuáles van a ser. Tengo libertad de elección, puedo elegir en cualquier momento entre todos los libros a mi alrededor, y por ello tengo en mi mano el curso de la vida”, concluye Canetti y yo humildemente comparto.

La muerte, sí. “Con la mayor desenvoltura me digo en voz alta que estos libros aún sin tocar no dejarán que me vaya, y quizá es ésta su función y ya ni siquiera espero que llegue a leerlos. Una especie de penoso autoengaño se esconde en este asunto, por primera vez en mi vida tengo la sensación de utilizar los libros para un fin impreciso, y que se trate de un fin comprensible y, a la postre, nada mezquino, no arregla las cosas”, se lamenta Canetti.

Otra fantasía, aún leeré la mayoría de ellos. “Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos”, concluye.

También yo comparto esa fantasía o, si se prefiere, ese autoengaño. En fin, abandono de momento este tono lastimero, exactamente elegíaco, para volver a la Academia, que también me ha dado algunas alegrías, aparte de no pocas alergias…

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‘Pasado abierto’. Revista del CEHis. Número 9. Mar del Plata. Enero-Junio 2019.

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http://fh.mdp.edu.ar/revistas/index.php/pasadoabierto/article/download/3551/3517

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Fotografía: Celia Corrons, febrero 2019.

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