El relato del padre

Pío Caro-Baroja ha escrito una obra de mucho y justificado lirismo. Se titula El cuaderno de la ausencia (2020).

El libro está dedicado al padre: a la educación emocional y racional recibida por el padre y recibida del padre, ese Pío Caro Baroja que fue un hombre de mundo, un aventurero con sentido y sensibilidad, un observador que veía lo real con su cámara.

El autor de este volumen establece un diálogo con la figura del progenitor, ya fallecido, para así rememorar, exhumar, rastrear y descubrir sus huellas, sus restos, dejados aquí y allá, en Vera de Bidasoa o en Málaga, en Buenos Aires o en Madrid.

Y el volumen es también una suerte de diario ‘post mortem’ en el que Pío Caro-Baroja recupera la tradición familiar, la casa (Itzea) y las voces de sus antepasados. Lo hace sin estridencias y sin pesadas erudiciones.

El libro es aparentemente triste. No. Es emocionante y humilde, escrito sin aspavientos. Y es emocionalmente sobresaliente. Hay ternura, amor y jovialidad. No crean que esto es poca cosa.

Entre los varones de mundo, entre los varones vascos, entre los varones de ascendencia vascongada, esto tiene mucho mérito, pues por principio son gentes morigeradas y contenidas. O pudorosas en extremo.

Me ha conmovido.

Pío me ha conmovido.

Aunque no somos exactamente de la misma generación [nos separa una franja de diez años] ni tampoco compartimos experiencias comunes, lo que Pío Caro-Baroja cuenta en su libro me ha resultado muy cercano, sentimentalmente próximo.

Eso, la cercanía —esto es, compartir experiencias comunes—, no es necesariamente algo valioso. De entrada, la proximidad — esa simpatía que sentimos por un autor— no hace bueno un escrito.

Démosle la vuelta al asunto. La cercanía, precisamente la cercanía, puede ser arte mayor, un efecto que se logra a fuerza de mayores requerimientos, de mayores exigencias.

No acostumbro a derramar calificativos extremados, pero este libro, El cuaderno de la ausencia, modesto de confección y de hechura, es una delicia. Es un placer para el lector. Y es un goce verbal.

He tardado meses, muchos meses, hasta empezar el libro. Una vez iniciado, avanzaba sin grandes interrupciones. El volumen me sacude, me ha sacudido, me ha sacado del ensimismamiento en el que vivo.

Lo he leído sin interrupción —ya digo—, pero lo he hecho con morosidad. Esto es, lo he disfrutado lentamente. Con ello he evitado todo empacho, que es lo que a veces me ocurre por culpa de mi afección y afición lectoras.

Ha sido una experiencia. He releído ciertos pasajes con detenimiento, algunos en voz alta. Me gusta escuchar la prosa. Y creo que el autor ha encontrado una voz narrativa exacta.

Ese diálogo con el padre fallecido, que es monólogo, es forma clásica y al tiempo bien atrevida. El diario, como género, se presta al desnudo o, en ocasiones, al encubrimiento.

No es su caso. Hay pudor, pero no mentira. Cumple con honestidad el pacto autobiográfico. O es el efecto de la prosa bien traída.

Leo su cuaderno, su diario, y aprecio autenticidad sin sensiblería, unos afectos bien abiertos.

Tiene elegancia para tratar el dolor o, propiamente, la ausencia, que no es sólo la del padre, sino también la de un mundo que está, que estamos, perdiendo.

Me refiero al de unas dinastías, la de los Baroja y Caro, que alcanzaron la fama por su creatividad e ingenio; y por su real o afectada misantropía.

Pero este libro no es mera nostalgia. Hay páginas en las que el autor devuelve al presente lo que estaba inerte.

¿Esto qué significa? Pues que reconstruye minuciosamente, y con mucho arte, objetos y vivencias, paisajes y cosas materiales que enumera y que, al nombrarlas, les da vida. O las devuelve a la vida.

Y por toda la obra hay un tono irónico, un esbozo de autoparodia incluso: un tono de liviandad que se agradece y que, en determinados momentos, expresa una sutil y saludable socarronería.

Un disfrute.

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