Las violencias masculinas. Varón, guerra y literatura

Hace diez años, justamente diez años, acabé lo que ya era el esbozo, el embrión mismo, de La imaginación histórica (2012). Es un Ensayo sobre novelistas españoles contemporáneos.

El original fue, primero, la memoria de Cátedra y luego, debidamente retocada, un libro, un libro que felizmente obtuvo un galardón prestigioso.

Me refiero al Premio Manuel Alvar de la Fundación Lara, en su Convocatoria correspondiente a 2012.

Por esa razón y por otras, ese libro me dio numerosas satisfacciones.

Seguramente es una de las obras en que analizo de manera más explícita la relación entre historia y literatura. O, si se prefiere, la relación entre historia y novela.

Ése es el tema académico que más me importaba entonces y sigue siendo, también ahora, una preocupación principal.

Lo concebí como un estudio teórico acerca de la ficción, acerca de cómo funciona el género novelesco. Dicho así suena tremendo y hasta disuasorio.

Creo que no lo era. Procuré escribirlo con lenguaje persuasivo y accesible, sin la pesadez de los academicismos a que los profesores estamos acostumbrados.

Para pensarlo y redactarlo partí de preguntas obvias, mil veces enunciadas, pero que convenía volver a formular.

¿Por qué necesitamos historias inventadas para entretenernos, para aprender, para aterrarnos, para ensanchar nuestra imaginación?

En ese libro, además, me planteé y aún me planteo algunas cuestiones a retener.

¿Qué fue la Guerra Civil para algunos de los novelistas que alcanzan la madurez y la celebridad literaria tras la muerte del General Franco?

Por cercanía generacional, mi yo lector estaba próximo a estos literatos.

Me centré en los varones, en ciertos varones. Me preocupaba y aún me preocupa el tipo de masculinidad con que habíamos sido formados y deformados los muchachos nacidos bajo el franquismo.

Los novelistas que entonces estudié eran, en efecto, varones. Eran, siguen siendo, varones que no fueron al frente, que ni siquiera habían nacido cuando acabó la contienda.

Sus preguntas eran las mías.

Insisto: por proximidad generacional o intergeneracional. Eran hombres que irrumpían en la esfera de la literatura a mediados de los años setenta y a comienzos de los ochenta, precisamente cuando yo cursaba historia para finalmente licenciarme en 1981.

Sus obras de entonces recreaban y aún recrean directa o indirectamente la Guerra Civil. Y en ello hay una particularidad.

Aquéllas fueron violencias masculinas, principalmente masculinas.

¿Cómo asumir ese hecho aparentemente obvio o banal para autores que quieren superar la represión sufrida o el cainismo?

¿De qué manera se les había contado la contienda del 36 y de qué modo la representaban o aún la representan o la evocan a partir de la memoria prestada, de los testimonios de sus mayores?

¿Cómo asumen estos varones de nueva generación, ese lastre, las muertes y las represiones padecidas o cometidas por sus antepasados? ¿A través de que vía conectan con la tradición republicana? ¿Cómo reinventan una tradición cultural nueva?

Esas preguntas, que son muchas y encadenadas, eran y siguen siendo también las mías.

Eran las cuestiones que yo me planteaba desde la adolescencia a partir de los relatos familiares, principalmente masculinos, de la contienda.

Más concretamente, yo llego a la Guerra Civil a través de los episodios que mi padre o mi abuelo me transmiten.

En mi caso serán los varones quienes me detallen aspectos del conflicto, cosa que las mujeres de mi familia evitarán o me evitarán.

Hacia 1975 o 1980, pongamos por caso, de mi madre sólo había recibido impresiones más que informaciones.

El horror de las bombas y las penalidades del conflicto y de la inmediata posguerra, tal como podía sentir una niña y luego una jovencita.

Ignoro la razón de ese sesgo o ese silencio.

Ni por un lado o por el otro, mi familia tenía víctimas de las que dolerse. Pertenecíamos a lo que se llamó el franquismo sociológico, gentes adaptadas por miedo, por resignación o por consenso activo o pasivo.

¿Cómo llego a interesarme por la Guerra Civil, más allá de estas evocaciones detalladas o aproximadas?

La primera vía de acceso a la contienda a través del papel impreso será a través de las novelas. Hablo de principios de los años 70.

Antes de leer a Hugh Thomas o a Gabriel Jackson, que por entonces estaban prohibidísimos en España, será la ficción la que me descubra qué cosa había sido el conflicto del 36.

Por supuesto tanto los testimonios familiares como lo leído en la literatura no son necesariamente fiables. Entonces y ahora.

Pero, en cualquier caso, entonces me servirán para hacerme una idea aproximada del horror, de la atrocidad, de la guerra y la posguerra.

Y la ficción y los relatos orales, inevitablemente sesgados, me servirán también para preguntarme por la responsabilidades, por las culpabilidades.

El primer autor que asocio a la Guerra Civil será José María Gironella. Fue cosa de mi padre. Es la persona que primero me habló de él, de sus novelas sobre el conflicto.

Cierto: me hablaba de manera insistente de un libro, del que a su juicio era el mejor volumen de una trilogía: Los cipreses creen en Dios (1953).

Allí estaba, en casa. Y allí estaban también las dos secuelas que más tarde publicará Gironella.

Mi padre me hablaba de esas páginas una y otra vez con admiración devota. Y me sugería machaconamente su lectura, cosa que evité mientras pude. Mi padre era muy persistente y a veces convincente.

Leí a Gironella, no completo, como habría sido su deseo. ¿Por rebeldía frente al padre? No exactamente.

Había algo en sus páginas que no me satisfacía: algo que nos ataba a un pasado aún reciente que pesaba y del que yo, como joven, quería desprenderme.

En plena adolescencia, la anomalía española —o lo que yo creía que era la anomalía— de la patria, lo castizo, lo carpetovetónico… me asfixiaban.

En todo caso, la gran literatura, especialmente la literatura foránea, me ayudaba a imaginar otros mundos, quizá más civilizados.

O no, pues de Gironella pasé a Ernest Hemingway.

No sé si pasé o regresé a Ernest Hemingway, a su obra más conocida sobre este asunto: Por quién doblan las campanas (1940), que leí en un agosto, el de 1974, justamente cuando el Caudillo ya daba muestras de decrepitud definitiva.

Tras fallecer el dictador evité, durante años, la literatura española o extranjera que me acercara de nuevo a la Guerra Civil.

Tendrá que pasar tiempo y tendrán que venir esas nuevas generaciones de novelistas para que la contienda vuelva a interesarme, a inquietarme.

En la década del 2000, la cuestión de la memoria histórica estaba en la discusión pública.

Cuando pensé mi libro, La imaginación histórica, y finalmente lo escribí entre 2010 y 2011, estaba influido por ese fenómeno.

Por supuesto, yo no quería mezclar o confundir memoria e historia, pero la recuperación de los relatos bélicos y la recreación de nuevas historias ambientadas en aquel periodo, o simplemente recordadas, me motivaban.

Los autores que al final traté y analicé en La imaginación histórica no examinan necesariamente la Guerra Civil. Al menos no es este conflicto la materia central de sus novelas.

Lo que en sus obras hay es la evocación, la información vicaria, la transmisión generacional.

Es una contienda contada por los mayores y que estos prosistas recrean con esos relatos y con las experiencias de otros, con lecturas, con películas, con informaciones que han recogido después. Se documentan.

Recrean el 36, por ejemplo, y recrean las violencias españolas contemporáneas, violencias, insisto, preferentemente masculinas.

Pero si hacen tal cosa no es, por fuerza, para escribir novela histórica, sino para pensar el presente.

Para pensar el presente y para representarlo hallando en la actualidad el peso del cainismo y de la estulticia, del heroísmo y de la cobardía.

Estos autores imaginan momentos bélicos en que ellos podrían haber estado y se preguntan qué habrían hecho. Se responden fabulando, novelando, conjeturando sobre esa posibilidad.

Por supuesto, el elenco al que me ceñí es limitado. Pero era una operación inevitable.

Por ejemplo, entonces entre los novelistas varones que podía haber analizado destacan los nombres de Javier Marías o Ignacio Martínez de Pisón.

Se me reprochará que entonces no incluyera mujeres relevantes de la literatura española.

Desde Carmen Laforet hasta Almudena Grandes, pasando por Carmen Martín Gaite. ¿Acaso no las leo? No , no es eso. Claro que las leo…

Mi elección estaba justificada.

Repito, insisto. ¿Qué dicen y cómo representan o evocan los varones que no vivieron la guerra de sus mayores, de esos hombres que combatieron entre sí, que se infligieron toda clase de crueldades?

—-
Ilustración de cubierta: Santos Yubero.

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