Vidas extraordinarias. Los géneros del yo

[Curso del Aula de Historia Cultural. Llibreria Ramon Llull]

[Impartido por Justo Serna. Fecha: finales de 2022]

‘La vida no vale nada’, ese dicho tan repetido, es una fórmula que se emplea con acepciones diversas. Es ya un tópico expresivo que sirve para manifestar varias cosas.

Ha servido y aún sirve para rotular obras distintas, desde filmes hasta canciones, desde melodramas hasta himnos revolucionarios.

Por ejemplo: La vida no vale nada (1955), una película mexicana dirigida por Rogelio A. González con Pedro Infante y Rosario Granados, entre otros.

O, por ejemplo, La vida no vale nada, una canción compuesta por Pablo Milanés y aparecida en el álbum homónimo de 1976.

La vida no vale nada, se insiste una y otra vez.

Generalmente, cuando esto se dice, se alude al escaso fuste de la existencia humana (así, en general). Esto es, no nos hagamos ilusiones.

¿Ilusiones?

Vamos, que no somos nadie, que pronto se doblegan nuestras intenciones y nuestra voluntad, que más pronto que tarde abandonamos nuestras metas.

Con dicha fórmula (‘La vida no vale nada’) se alude también a las pocas satisfacciones que el discurrir cotidiano nos procura: esto es, al breve o insignificante rendimiento que la existencia proporciona.

Al insistir en que la vida no vale nada se alude, en fin, al nulo valor que bajo determinadas circunstancias (precarias, tiránicas, etcétera) tienen las vidas ajenas. Miembros del género convertidos en subhumanos…

Me refiero, claro, a las vidas de quienes fueron y son manipulados o vejados, a las personas que fueron y aún son tomadas como meros instrumentos y no como fines.

La vida no vale nada, se insiste una y otra vez.

Empleamos también este sintagma para subrayar, a la postre, lo insignificante de nuestras propias vidas (y no sólo las de los otros). La existencia de cada uno es tan común, tan ordinaria, que apenas dejemos huella o relevancia.

Mirémonos en el espejo. Seguro que unas grietas y unas arrugas bien o mal labradas y unas canas abundantes y una alopecia fatal arruinan la imagen aceptable que nos habíamos forjado siendo jóvenes.

Rememoremos. Seguro que nuestros actos pasados (esa vida y esas expectativas que marchaban por delante) nos devuelven una imagen poco egregia.

Lo logrado es inferior a lo anhelado. Es probable que lo conseguido sea muy decepcionante (salvo que empezáramos la adolescencia con un pésimo concepto del yo y de sus habilidades o virtudes).

No somos nada, constatamos punitivamente. Para torturarnos.

Podemos cambiar el discurso, pero la filosofía que lo inspira es la misma. Esto es, podemos admitir que si no nada, al menos no somos gran cosa.

Sin duda, mucho de lo que nos sucede (más o menos tremendo para el devenir personal) no tiene mayor trascendencia en la vida colectiva o en el orden común. Por tanto, debemos resignarnos.

¿A qué?

A que la existencia de cada uno sea sólo eso: una vida ordinaria, tan previsible como otras, tan escasamente interesante como otras tantas.

Ahora bien, inmediatamente debemos corregirnos.

No hay vidas aburridas u ordinarias. En realidad, toda existencia es extraordinaria si quien la detalla (el yo o el otro) sabe presentarla bien, si se sabe contarla con intriga.

Hay que despertar sentimientos y percepciones; hay que administrar los hechos, las circunstancias y, sobre todo, el sentido de todo ello.

Si se sabe escribir la existencia, toda vida, la propia o la ajena, el acto de narrar puede proporcionarnos conocimiento y divertimento.

¿Por que razón?

Pues porque todo curso humano, bien detallado, bien relatado, supone un acto de creación y recreación. Y con ello atrapamos a un público que no tenía interés o que apenas sabía quién es la persona cuya vida se narra.

Pero, pero… nunca lo escrito es lo que pasó. Nunca lo autobiográfico, en su sentido más amplio, implica recordar todo en contexto y con significado general y definitivo.

Lo mismo podríamos decir de lo biográfico: la investigación del historiador supone relatar en contexto, atribuyendo sentido a los actos, a las intenciones, de que le resulta ajeno y hasta antipático.

De cualquiera de nosotros, de esos personajes cuyas vidas creemos que no valen nada o cuyas existencias no valen gran cosa, tenemos mucho que aprender.

Las autobiografías, las memorias, los diarios, las correspondencias o las propias biografías son fuentes para el conocimiento y el esparcimiento. Para mejorar la percepción del mundo y para aquilatar más finamente la autopercepción.

Pero sobre todo estos géneros, estos escritos, son espejos a los que asomarnos para describir las diferencias, para confirmar las similitudes, para corroborar lo que nos aúna o nos distancia, para multiplicar nuestras experiencias.

En épocas de incertidumbre, lo que otros hacen nos sirve de ilustración y ejemplo. Las confesiones a la manera de San Agustín o de Jean-Jacques Rousseau, o los diarios al modo de Samuel Pepys, nos muestran los actos y el relato de esos actos que algunos individuos realizaron, sus bondades y sus iniquidades.

Quienes anotan su existencia son sujetos carnales ahora convertidos en palabras, como expresara Jean-Paul Sartre. O son héroes que emprendieron gestas y que luego justifican, como hiciera Julio César.

Los géneros autobiográficos y biográficos tienen un sentido moral para el lector, una enseñanza que éste podría aplicarse. Nuestro tiempo es corto, siempre carente: un repertorio limitado de experiencias y de vivencias.

La lectura de memorias o de dietarios nos da información de otro tiempo, conocimientos quizá aplicables en nuestra época. Pero sobre todo las autobiografías o las biografías nos proporcionan hechos irrepetibles, datos personales: los cálculos que aquella persona hizo, los valores con los que éste se guió.

El registro escrito y cronológico de una vida nos sirve de contraste y de lección: leemos esas páginas y directa o indirectamente nos examinamos. Alguien escribe ‘yo’ y quien lee se compara.

Las memorias, las autobiografía, etcétera, son sobre todo eso: grafía, registro, escritura, narración. En cambio, la vida, no. Las cosas nos pasan simultáneamente y sólo al contarlas les damos un orden y una sucesión que no tenían, dice Jorge Luis Borges.

Leo, leo sin parar autobiografías, memorias, diarios, biografías. Y leo a quienes mejor se han expresado sobre estos géneros: de manera sobresaliente, Anna Caballé. Su libro El saber biográfico. Reflexiones de taller fue galardonado, justamente galardonado, con el Premio Jovellanos de Ensayo.

Es una delicia, como suelen ser todas las obras que de esta autora he leído. Puede convenir o no con sus interpretaciones de los actos humanos.

Pero lo que no puedes negar es su sutileza y finura, el modo en que disecciona a personajes atractivos o menos.

Y todo ello, por mi parte, para un fin determinado…

Se está forjando, se está armando (en términos argentinos), un curso para el Aula de Historia Cultural de la Llibreria Ramon Llull.

Yo soy el responsable de la idea y de las sesiones que se están concibiendo. Y Almudena y Francisco son sus anfitriones, sus mejores anfitriones.

Tras el verano, ya bien entrado el otoño o incluso el invierno de 2022, asistiremos a esas sesiones de literatura, historia, psicología. Habrá nombres señeros en las jornadas.

Y habrá individuos reprensibles y antipáticos. Es decir, gentes dignas de biografía y autobiografía; y gentes reprobables de cuyas vidas calamitosas mucho podemos aprender.

Habrá, pues, sesiones dedicadas a: Biografía, autobiografía, diarios y otros géneros personales.

De lo que se trata es de que a través de las memorias o las historias de personajes destacados (para bien o para mal) podamos hacernos una idea.

¿Una idea de qué?

De lo que es o lo que son los géneros literarios personales y de lo que esos personajes han significado y como han sido narrados o representados.

Para que nos hagamos una idea, doy ejemplos. Los eximios. Me permitirán que los espantosos o menos egregios de momento me los calle.

Si hablamos de Diarios, pues trataría desde Samuel Pepys hasta Rafael Chirbes.

Si hablamos de Memorias, pues desde Rousseau hasta Carlos Barral.

Si hablamos de Biografías, pues de Samuel Johnson, de James Boswell, hasta Borges, de Edwin Williamson.

Pero no sería sólo literaria la incursión. También me metería en otras artes. O malas artes

Si les parece bien e interesante, les pido que me ayuden: que me den nombres que les interesen y que hayan sido objetos de biografías o autobiografías, diarios, etcétera.

Todas esas vidas son extraordinarias y de sus cursos de acción algo puede aprenderse.

Algunos de esos individuos cultivaron los géneros del yo o alguien escribió biografías ya clásicas sobre su devenir. Me refiero a gentes dedicadas a la literatura, pero no me ciño a ello. Habrá celebridades del arte y, ya digo, de las malas artes.

Les pido ayuda y les convoco para final de 2022. Por esas fechas, previa matrícula, comenzaremos.

Imaginen…

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