Antonio Muñoz Molina. Valencia en un instante

Éstos son momentos propicios para viajar, momentos gustosos: incluso para viajar con libros, que es una forma de hacer los deberes otoñales.

Repaso, por ejemplo, Escrito en un instante, de Antonio Muñoz Molina, un primor que editó Javier Jover hace muchos años.

En fecha reciente glosé esa obra en Antonio Muñoz Molina. La letra pequeña (Ediciones Sílex), libro que me aceptó generosamente Ramiro Domínguez.

Escrito en un instante es un volumen en el que el autor evoca diferentes destinos en variados momentos, todos ellos anticipados por la literatura. Enumerémoslos:

-la Roma que sólo puede transitarse a ciertas horas del día, como lo hicieron paseantes innumerables y distinguidos;

-el Cabo de Creus, sombrío, al que inevitablemente se identifica con el fin del mundo, un paraje abrupto y novelesco;

-el Cádiz portuario, al que se llega, como dicen los naturales, con el Vapor;

-la Úbeda amurallada, como una pequeña corte medieval italiana –anota Muñoz Molina–, en medio de un mar de olivos y junto a una Sierra que es límite del horizonte y del mundo;

-el Rastro de Madrid, el almacén desvencijado de lo insólito y perdido, el museo desastroso –dice el observador–, el vertedero o río en el que fluye una corriente imparable;

-el paraje secreto del Albaicín, el pasadizo sobre el que fantasear con el concurso de la leyenda y de la historia;

-la Córdoba matutina, temprana, a la que aún no han llegado los turistas más madrugadores y que contiene lo árabe y lo romano, la inteligencia y los sentidos;

-la Lisboa de las jornadas y los paseos interminables, gracias los cuales el viandante descubre librerías, pastelerías y ultramarinos, negocios a los que llega con ese elevador insólito que parece propio de una ficción de Verne;

-la Mallorca del interior, la que se distancia del bullicio turístico y que permite el reposo, el retiro, la convalecencia al modo de aquellos enfermos imaginarios que se hospedaban día tras día en el sanatorio de ‘La Montaña Mágica’.

No es posible recorrer esas ciudades o parajes sin libros, pero, en este caso, la cultura literaria e histórica de la que se vale el observador no es simple aderezo que adorna la nostalgia, ni un atavío con el que hacer bonito o con el que lograr una bella prosa.

La historia y la novela son el modo de mirar, aquello que al transeúnte le permite identificar o confirmar, pero también aquello que la vida o el paseo concreto niegan o desmienten.

¿Se puede visitar Roma sin la literatura o la arqueología que nos preceden?

Sin embargo, el viajero no sólo observa: también se observa.

Mirar la ciudad es, por supuesto, descubrir lo que ignorábamos o confirmar lo que ya sabíamos para bien o para mal.

Fotografía de la cubierta: Elvira Lindo

Pero mirar este o aquel lugar es también escrutar nuestro interior, descubrir la sugestión que nos provoca, la reminiscencia literaria o histórica a que ese paraje nos induce.

Quien viaja se forma y aprende con las enseñanzas del lugar, pero sobre todo se revela a sí mismo. En fin, el observador no rechaza su condición de visitante, porque el viaje del turista es históricamente un logro civilizado, el logro de quien se aventura abandonando la aldea.

Ahora bien, con los libros de historia y con las novelas podemos buscar una singularidad que no tiene por qué estar muy distante, y que, de hecho, suele hallarse en cualquier ciudad excepcional o pasajeramente peatonal.

Valencia, por ejemplo. ¿Aparece mi ciudad en su libro o en el volumen de mis glosas?

Muñoz Molina no la detalla en su obra. Hace unos años, a petición mía, Antonio reparaba en ese olvido, reparaba ese olvido y lo hacía evocando y fantaseando sobre sí mismo.

Privadamente me escribió lo que abajo puede leerse. Creo que ahora puedo reproducirlo:

«Valencia era la ciudad fantástica de la que volvieron de viaje de novios mis tíos Luis y Paquita cuando yo era niño, en una época en la que cualquier ciudad era remota y fabulosa porque no viajábamos nunca y no sabíamos nada del mundo exterior”, decía.

«Trajeron postales con cielos azules y palmeras, con monigotes gigantes de ojos saltones y bocas pavorosas, y una parte del misterio y de la maravilla de aquel lugar se les transmitía a ellos, que lo habían visitado en su viaje», proseguía con ternura.

«Valencia ha sido luego la ciudad de muchos viajes veloces y borrosos, la primera, aparte de Madrid, a la que viajé para recibir la extraña buena nueva de que había gente desconocida que me consideraba escritor», decía.

«Todos estos viajes se resumen en caminatas nocturnas y conversaciones sobre literatura, en mañanas de claridad cegadora en las que de pronto reconozco los cielos azules y las palmeras de las postales que trajeron a casa mis tíos Luis y Paquita al regreso de su viaje de novios», concluía.

En esa ciudad de claridad cegadora habito, una luz que sirve de reclamo.

No sé si el turismo que la visita, tan creciente, se vale de la historia y de las novelas que la rememoran, un chorro de luz.

Todavía nos falta promocionar la literatura que recrea su pasado y su fantasía.

No bastan el ladrillo, la cubierta y el clima del Edén: también son precisos proyectos de cultura modestos, civilizadores.

¿Los tenemos?

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