Historia y mantequilla

Sentados al pupitre, los investigadores esperan los legajos prometedores. Traerán datos.

El legajo prometedor.

El sintagma tiene una fea sonoridad, una resonancia de escupitajo: legajo, algo arrojado. Todos lo admiten, pero no los viejos historiadores, que aún confían.

Éstos, los viejos historiadores, cuando acudieron a un archivo por primera vez, aquello que manejaron fue eso: un legajo viejo de papeles cuarteados, con un tapiz polvoriento. Recubierto por una pátina de décadas, de siglos…

Desanudan cuidadosamente las cintas rojas que luego la mayoría serán incapaces de atar igual. Abren las tapas de cartón. De la operación se desprenden ácaros. ¿Y qué encuentran? Expedientes, carpetillas, hojas, folios.

Cada uno de esos expedientes es información, datos brutos con su sesgo particular. Y cada uno es enigma: mensaje cifrado. O, si se prefiere, es documento inerte que puede ser desvelado.

¿Por qué esos folios están en ese legajo y no en otro? Más aún: ¿qué relación tienen entre ellos? Un legajo siempre es una suma de posibilidades.

Un hallazgo imprevisto proporciona nuevas pistas y, a la vez, agranda el desconocimiento. Los historiadores averiguan cosas, pero ignoran más.

Cada legajo es una suma de datos inconexos, de informaciones cuyo significado los investigadores no saben. Hay que avanzar, cubrir lagunas.

Podrían inventar, pero no, no deben hacerlo: esa libertad está reservada a los novelistas o a los noveleros. ¿Qué hacen, pues, los historiadores?

Inician un tanteo. Por ejemplo, un nombre propio les puede servir de punto de partida. ¿Quién es ese individuo que ahí firma, quién ese que suscribe…?

Pueden tomarlo anónimamente, como un número más de una totalidad más vasta, como dato positivo; o pueden tomarlo como jeroglífico a descifrar.

Los historiadores emprenden una pesquisa a partir del nombre que rotula una identidad, una identidad que deben averiguar. Ese dato menor es un indicio cuyo sentido han de revelar, un cabo suelto que les lleva a otros datos.

Con ellos, con esa información, los investigadores postulan una totalidad a reconstruir, algo a constituir con los propios documentos del archivo.

Pero también con los conocimientos históricos previos, esos que les han proporcionado sus colegas, sus predecesores.

¿Se trata de hacer una biografía? No exactamente o no necesariamente. Se trata de documentar acciones humanas que han dejado huella y que tienen un determinado sentido para el actor y para los espectadores.

Comienzan a rastrear las huellas de un individuo en su contexto, con motivaciones que no son las suyas, las de los historiadores. Y con una identidad que sólo en parte conocerán: comienzan a analizar esas acciones.

¿Cuál es el error que pueden cometer? La presunta o excesiva familiaridad de los investigadores con lo investigado y con el investigado, la supuesta transparencia del individuo pretérito o del documento extinto.

Carlo Ginzburg siempre nos ha advertido contra ese riesgo, contra esa fatalidad. Luminosas palabras las del historiador, que ahora me atrevo a parafrasear y del que en meses Anaclet Pons y yo daremos una sorpresa. En Comares.

Hay que desprenderse de una idea ilusoria, dice Ginzburg. ¿Cuál? La de la accesibilidad de los textos, la de la facilidad de las interpretaciones, la de la transparencia.

Quizá la primera ayuda, añade Ginzburg, podamos hallarla en el concepto de alienación: es decir, lo otro, lo que resulta extraño. Es una actitud que nos hace ver un texto como algo opaco, cerrado, que se nos opone.

Normalmente es resultado de una técnica: se trata de no leer un texto como obvio. ¿Con qué fin? Con el propósito de entenderlo mejor.

Apostilla Ginzburg: desconfío de quienes usan las metodologías que sajan los textos a la manera de quienes emplean el cuchillo para rebanar el taco de la mantequilla.

Su aparente poder es ilusorio.

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