Para qué leemos novelas

Para qué leemos novelas

¿Leo novelas de los siglos XVIII, XIX, XX y XXI y qué aprendo? Quienes en el Setecientos las disfrutaban abiertamente o a hurtadillas descubrían algo esencial. ¿Qué cosa?

Que todas las personas tenemos un parentesco real o ideal, que todos los individuos somos fundamentalmente parecidos. Que todos compartimos sentimientos comunes. No es magra lección.

Más aún, muchas novelas reflejaban entonces y ahora el deseo de autonomía personal. De ahí que la lectura de ficciones pudiera crear —aún hoy— en sus destinatarios un sentido de igualdad y empatía. ¿Cómo? Mediante la participación apasionada, incluso visceral y propia, en lo narrado.

No hará falta decir que la empatía, la simpatía, la compasión no se inventan en el Setecientos. Tampoco son cosa de ahora mismo. La capacidad de sentir empatía o cercanía es precedente y es universal.

¿En que se basa? Se basa en la comprensión subjetiva del otro. O en parecidos términos: se trata de captar la subjetividad de las personas, de imaginar esas experiencias internas como algo propio, algo que te concierne.

A pesar de las limitaciones alfabéticas del público lector, los héroes y las heroínas corrientes de la novela del siglo XVIII o del XIX, se convirtieron en nombres muy conocidos, en caracteres reconocibles, y ello incluso entre la gente que no sabía leer.

La notable extensión de la novela en ese periodo no ha pasado inadvertida: los estudiosos la han vinculado al desarrollo del capitalismo; al ensanchamiento de la clase media con aspiraciones y con ínfulas; al crecimiento de la esfera pública, la esfera de la deliberación y de las discusiones y debates; a la aparición y proliferación de la familia nuclear, de la unidad conyugal simple; al cambio en la relaciones de género; e incluso al nacionalismo.

La gente de la época, de los siglos XVIII y XIX, sabía por experiencia propia que la lectura de estas novelas tenía efectos sobre el cuerpo, sobre su cuerpo. Bien mirando, era algo casi milagroso.

Justamente por ello, numerosos clérigos católicos y protestantes denunciaban su potencial obsceno, seductor y degradado. La novela era género menor y sobre todo peligroso.

En 1755, por ejemplo, un clérigo católico escribe una obra de cuatrocientas páginas para demostrar que la lectura de novelas socava los cimientos de la moral, de la religión y de todos los principios del orden social. Podemos parafrasearlo.

Abrid esas obras —decía— y en casi todas ellas veréis violados los derechos de la justicia divina y humana. Veréis escarnecida la autoridad de los padres sobre sus hijos. Veréis rotos los lazos sagrados del matrimonio y la amistad.

El riesgo residía precisamente en su poder de atracción: las tentaciones del amor animaban a los lectores actuar siguiendo sus peores impulsos o ejemplos; animaban a rechazar el consejo de los padres y de su iglesia; animaban a hacer caso omiso de las censuras morales de la comunidad.

Cosas parecidas salen del ámbito protestante. En 1779, un reverendo inglés —que cita Lynn Hunt— resumía décadas de preocupaciones al proclamar que las novelas eran placeres degenerados y vergonzosos, algo propiamente diabólico. ¿Diabólico? Las novelas perturban las mentes jóvenes, apartándolas de lecturas más serias y edificantes.

El incremento de novelas británicas, la afición a este género, difundía los hábitos libertinos franceses y probaba por activa o por pasiva la corrupción de la época. Eso sucedía entre los siglos XVIII y XIX.

Los clérigos y los médicos coincidían, pues, en considerar la lectura de novelas como una disipación, como una perdida: de tiempo, de fundidos o fluidos vitales, de religión y de moralidad.

Según diversos dictámenes, las novelas fomentaban un ensimismamiento moralmente sospechoso (incluso un aislamiento dañino) provocando actos que destruían la autoridad familiar religiosa.

El peligro de las novelas no era tanto el de la moralización explícita, cuanto el ejemplo pernicioso: el proceso de implicación en lo narrado.

Los críticos eran conscientes de que los lectores tenían una presencia ideal dentro de las páginas de su ficción, cosa que provocaba que ese destinatario se abriera a sentimientos, a pasiones, a expectativas.

No eran pocos los que pensaban que la ficción produce un deseo de emulación. De emulación moral sobre todo. Así, la simpatía por la heroína de una novela fomentaría lo peor del individuo: deseos ilícitos y un excesivo amor propio.

Y las novelas, entonces y ahora, demostraban la degeneración irrevocable del mundo, un mundo a la deriva: la melancolía, la hipocondría o los vapores.

Es más: No pocos médicos pensaban que las señoras lectoras —acomodadas— eran especialmente propensas a padecer estas afecciones.

Ahora estamos todos afectados o infectados…, Dios. Así me lo recuerda la lectura de Lynn Hunt, que tiene sobre esto unas páginas bellas, unas páginas que me han sido especialmente inspiradoras.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s