El plagio. Qué cruz

Me resulta triste, inconcebible. No doy crédito. No doy crédito a lo que ha pasado, a lo que se ha descubierto y que afecta a Manuel Cruz, presidente del Senado.

He leído un artículo de Ignacio Sánchez-Cuenca en CTXT sobre el plagio. Y pone los puntos sobre las íes.

Es un artículo honesto, escrito sin furia partidista o sectaria. Sine ira et studio. En dicha pieza con meridiana claridad, Sánchez-Cuenca muestra qué es y qué no es plagio.

Lo escribe con referencia al caso de Manuel Cruz, filósofo y —ya digo— presidente del Senado, a quien se acusa de plagiario.

Se le acusa con pruebas bien contundentes, cosa que me entristece, insisto. No las pruebas, sino la rapiña.

A Cruz se le ha documentado dicho plagio en un manual o ensayo de divulgación publicado años atrás.

Y luego en alguna otra obra incluso de mayor calado. Lo destapó ABC e Ignacio Sánchez-Cuenca lo examina con prudencia y sensatez.

En el medio académico y en el mundo editorial, reproducir un texto o un pasaje ajeno sin citar, sin entrecomillar, sin aludir al autor a quien se reproduce o se parafrasea, es deshonesto.

Sencillamente intolerable.

Debemos citar siempre la fuente, las ideas y los informaciones, así como su procedencia (entrecomilladas o parafraseadas).

Eso siempre, ya digo, salvo que hayamos olvidado a ese autor o esa lección aprendida o esa referencia interiorizada.

Los habríamos hecho tan nuestros que formarían parte inconsciente de nuestra identidad, de nuestro pensamiento o de nuestro razonamiento.

En fin, esto puede ocurrir, sólo muy excepcionalmente: que una idea ajena la creamos propia cuando resulta que, en efecto, es de otro.

Si ese ‘olvido’ implica una reproducción literal de palabras sin citar la autoría, entonces la cosa no tiene disculpa.

Salvo que en nuestras notas de lectura copiemos párrafos interesantes para ulterior uso sin tener la precaución de indicar su procedencia. Si fuera así, estaría mal hecho.

Por eso si somos honestos, nuestros autores y sus obras deben figurar mencionados en la propia redacción del texto, en las notas (si las hay) y en la bibliografía final (si la hay).

Podemos hallar, sin embargo, otras formas de deshonestidad académica. Por ejemplo, que te roben una idea y que a cambio te citen por un dato menor.

Con ello tu nombre o tu obra aparecerá por o para una minucia (y ese artículo o libro figurará en la bibliografía). Sientes estupor. Pero será posible, te dices. El plagiario siempre podrá decir que te citó pero, claro, lo hizo para una cosa menor.

En fin, mal. Muy mal.

Una tristeza. Y algo más.

—-

Fotografía: Aula Castelao Filosofía.

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