Ha muerto Natalie Zemon Davis. Contaba noventa y cuatro años.
Natalie ha sido una mujer reverenciada por sus conocimientos, por su inteligencia, por su elegante manera de estar en el mundo.
Precisamente, quienes la trataron subrayan esos dones, aparte de su agudeza, ingenio, perspicacia y una infatigable capacidad de trabajo.
Ha sido probablemente la historiadora más importante e influyente de nuestro tiempo. Y, en muchos sentidos, la más admirada.
Su fama no se debe a que se dedicara al mundo actual. Sus investigaciones, centradas en la época moderna, han servido para renovar los sujetos de la historia, las preguntas, los temas y el enfoque de las pesquisas sobre el pasado.

En sus páginas aparecen siempre individuos que están en la periferia del sistema, en los márgenes de distintas fronteras, seres de identidades dudosas o vulnerables.
Aparecen mujeres y esclavos, campesinos y eruditos. Aparecen personajes irrelevantes u olvidados que cobran un insólito protagonismo. Aparecen héroes involuntarios a los que situar en el tiempo y en el espacio, más acá o más allá de la leyenda o del pedestal.
Sus libros y sus lecciones han servido para cambiar o finalmente remover las rigideces del mundo académico.
Han servido también para cuestionarse la escritura misma de la historia, la prosa y el método, las conjeturas y las tesis.
Han servido para plantearse la relación de la verdad con las ficciones, con el cine y, en general, con la invención, con la fantasía y con el embuste.
Probablemente, una parte del público sepa quién fue Natalie Zemon Davis gracias a su éxito más renombrado. Me refiero a El regreso de Martin Guerre, cuya edición original apareció en 1982.
Ese libro de gran hondura, de gran sutileza, fue la investigación original de un caso muy conocido en la Francia moderna, convertido en novela por Janet Lewis (La mujer de Martin Guerre, 1941) y en película por Daniel Vigne (El regreso de Martin Guerre, 1982).
Es un caso sobre la identidad, la impostura, las relaciones entre hombres y mujeres, etcétera, en el siglo XVI.
Su escritura, sin invenciones ni suposiciones, demuestra la belleza de la historia documentada, la que se vale de la prueba y la que se vale de las posibilidades.
Anaclet Pons y yo tuvimos el honor de escribir una coda a dicho volumen para la reedición en español por Akal.

Como tuvimos la fortuna de traducir Pasión por la Historia para PUV, un enjundioso libro-entrevista de Denis Crouzet dedicado a Natalie Zemon Davis.
Sentimos mucha pena por esta fatalidad. Pero el cese inevitable de la vida no nos resta ni un ápice de admiración por ella.
Seguiremos sintiendo todo nuestro reconocimiento por esta historiadora judía, norteamericana, afrancesada, cosmopolita.
Será finalmente recordada por su bonhomía. El diccionario de la RAE define tal galicismo como “afabilidad, sencillez, bondad y honradez en el carácter y en el comportamiento”.
Eso, exactamente eso, era Natalie Zemon Davis.

Deja un comentario