La realidad y su ensayo

Justo Serna, Cartelera Turia, Extra 54 Fira del Llibreria de València 2019

Permítanme una confesión. No quiero convertir este artículo sobre el ensayo en una lista de novedades.

Quiero, sin más, advertirles sobre un género plenamente actual para así destacar algunas de las cosas principales que tratan quienes ahora lo cultivan. Los títulos los ponen ustedes. Es un juego o un acertijo.

Adivinen qué libros responden al esquema que aquí les trazaré o a los pocos nombres que ya les apunto: Mary Beard, Steven Pinker, Eloy Fernández Porta, Marta Sanz, Pablo Simón, Marina Garcés, Richard Sennett, Mathew d’Ancona, Lee McIntyre, Michiko Kakutani, Rob Riemen, Michael Ignatieff, Chantal Mayllard, Steven Levitsky, George Lakoff, Enzo Traverso, Timothy Snyder, Mark Lilla, Yuval Noah Harari, etcétera.

Para un lector que se deleita con la filosofía, nueve más lo hacen con el relato, con el cuento, con la pura fabulación: de eso se lamentaba incongruentemente Voltaire en el Setecientos.

Deploraba las ficciones, las fantasías que él mismo cultivó. De manera incoherente, ya digo, pedía un esfuerzo más a los alfabetizados: les reclamaba la lectura de ensayos, género que también Voltaire frecuentará bajo la forma del tratado, del opúsculo.

El philosophe se preguntaba por la incertidumbre de los tiempos, por los cambios que se avecinaban, por las crisis que ya anticipaba, por la revolución que no vio, pero avizoró. Y para eso nada mejor que el ensayo.

Este género discursivo, razonador, ha servido en los últimos siglos para todo tipo de menesteres, pero éste, el de la reflexión sobre lo que nos pasa, ha sido objeto habitual.

El ensayo es género en prosa, es género de ideas. Es pensamiento tentativo, no sistemático. No es ciencia ni examen definitivo o terminal. Es meditación y es creación, las cavilaciones escritas que examinan lo que nos pasa.

Hace un siglo, en Esquema de las crisis (1919), otro filósofo se pronunciaba sobre eso, sobre el entorno y sus convulsiones, sobre un malestar de difícil diagnóstico.

Me refiero a José Ortega y Gasset, que mostraba estupor ante lo que sucedía, el trastorno de lo que no sabía precisar. Se ha repetido muchas veces, pero es un diagnóstico exacto: “No sabemos lo que nos pasa, y eso es precisamente lo que nos pasa”.

Un siglo después aún estamos preguntándonos. Los ensayistas más finos (algunos cuyos nombres arriba he enumerado) tratan de una crisis reciente que trastorna todo, una crisis cuyo examen no es o no puede ser completo ni pericial.

Tenemos datos y algo sabemos. Sólo algo. ¿Por qué? Porque nos faltan informaciones, perspectiva y un saber entero.

Las mujeres han dicho basta, Internet ha trastocado nuestro mundo, las redes sociales han multiplicado y fragmentado nuestras interacciones, los algoritmos nos anticipan o adivinan: nuestros comportamientos son, por un lado, atávicos, predecibles y, por otro, imprevisibles.

La realidad, algo sólido, se tambalea por las sacudidas de los mentirosos, de los impostores. Y por su vaciamiento, el de la realidad, o por su multiplicación virtual.

El poder no es monopolio de las instituciones o de los varones y la fragmentación del saber, del conocimiento y de la información hace en parte inaprensible esa misma realidad.

Y con el debilitamiento de la realidad se agrietan otras entidades firmes: la academia, la autoridad, la moral. El Hombre mismo… Quizá estemos asistiendo al cumplimento del pronóstico nihilista de Friedrich Nietzsche.

En efecto, todo parece desvanecerse. Eso no es necesariamente doloroso o lamentable. Viejas certidumbres de dudosa objetividad caen.

Por fin, nos desprendemos de lastres insoportables, como, por ejemplo, la moral del sacrificio colectivo, el dolor o la entrega forzosa que las religiones y los Estados nos han exigido…, a las mujeres y a los hombres. A estas alturas de milenio no va mal algo de hedonismo.

Pero con esta crisis material y perceptiva caen también valores que han sido y deberían seguir siendo lo mejor de la Humanidad impenitente.

Todo pasa rápido y esa velocidad parece requerir poco esfuerzo.

En ese sentido, dos instituciones peligran: la verdad y la democracia. Siempre ha habido falsedad, mentira, mala información; siempre ha habido tiranías, regímenes despóticos, abusos, violaciones.

Pero el Humanismo y la Ilustración nos habían habituado a pensar que vale la pena batirse por los derechos, por la persona, por el progreso. Si se arruinan—por debilitamiento u olvido— la verdad y la democracia, entonces no hay metas dignas o mejoras por las que luchar.

Con abandonarnos será suficiente. Será suficiente dejarnos arrastrar por la masa, por la cultura poco o nada exigente. Sobreviviremos o malviviremos desmoralizados.

Los ensayos más sobresalientes, los análisis más perspicaces, los estudios más agudos que ahora mismo se están publicando tratan de esto.

Del lastre que felizmente soltamos para nuestro alivio, solaz, hedonismo y liberación; y de las virtudes que tristemente perdemos o podemos perder.

Algunos nombres ya los tienen ustedes. Ahora sólo falta que añadan los títulos. Vamos sabiendo lo que nos pasa, y eso es precisamente lo que nos pasa.

——

Justo Serna, Cartelera Turia, Extra 54 Fira del Llibreria de València 2019, 25 de abril de 2019

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