Uno. El número del mes de marzo de 2011 de  Mercurio viene con una llamativa ilustración de cubierta y anuncia placeres lectores. No se pierdan la revista: sólo tienen que acercarse a su librería y hacerse con un ejemplar.

Aparte de algún ingenio mecánico, en la portada vemos a la criatura de Frankenstein, al capitán Ahab, a Sherlock Holmes, a Lolita, a Tom Sawyer. Son Héroes literarios, camaradas de una misma aventura, ideaciones de escritores geniales. Son caracteres, tipos de rasgos bien definidos, generalmente empecinados, destilación o deformación de alguna cualidad o virtud humanas. A ellos está dedicado el dossier de la revista.

Son una selecta, una distinguida representación: no forman la nómina completa de nuestros queridos personajes, pero en este retrato que los amalgama hallamos a algunos de los que más nos han  impresionado.

No es posible olvidarlos: los frecuentamos desde niños. Una parte esencial de nuestras figuraciones, de lo que soñamos o tememos, es fruto suyo. Fernando Savater les dedicó un volumen que aún leemos con arrobo: La infancia recuperada (1976). También yo, modestamente, les rendí homenaje muchos años después en Héroes alfabéticos (2008).

Perdonen la cansina adjetivación, pero no sé decirlo de otro modo: esos personajes son el monstruo repudiado, el arponero obsesivo, el mozalbete corajudo, el sabueso infalible, la ninfa tentadora.

La ilustración es atractiva, pero no se despisten. Su responsable, Fernando Vicente, los ha imaginado con el rostro, con la encarnación de sus equivalentes fílmicos. Sí, leemos, pero a esos cofrades más o menos desdichados los vemos como los vieron los grandes cineastas del siglo pasado: con sus rostros fotogénicos o con la indumentaria de época que vistieron.

Dos. Entrevista con Luis Mateo Díez, Mercurio, núm. 129 (marzo de 2011).

Fotografía de Ricardo Martín.

(…)

Héroes y antihéroes. ¿Qué diferencias podríamos establecer?
El héroe arquetípico es alguien que tiene una identidad mítica, una aureola legendaria y una tarea. Es héroe porque hace heroicidades, porque sus actos se compaginan con esa aureola que siempre es épica, un componente de trabajo dificultoso que supera. Y el patrimonio del héroe acarrea cierto sentido de ejemplaridad: es un espejo de la grandeza humana, de las cosas que se pueden hacer a pesar de las dificultades.

Esas características encajan bien en El Quijote y, sin embargo, es el gran ejemplo del antihéroe.
Sí. En El Quijote se suscita, no por primera vez pero sí de manera radical, la posibilidad o el intento desde el fracaso. Ahí está el germen del héroe del fracaso, una denominación que he acuñado para mi uso y para mis personajes. En él está la ejemplaridad de la ambición y del visionarismo y también la realidad que te pone en tu sitio, que te derriba y te vence continuamente. Eso está en El Quijote, el sueño clásico y la realidad –la vida– que impide ese sueño.

Hablamos del fracaso y quizás tengamos que remontarnos hasta las tragedias griegas. Una de sus características es que el protagonista siempre sucumbe ante el destino. ¿Qué eran aquellos personajes, héroes o antihéroes?
Esos personajes están bajo la sombra y el capricho de los dioses. En ellos, el destino tiene un componente metafísico y poderoso. son héroes lacerados por el destino, pero sí, son héroes, aunque avasallados por la desgracia y el destino los coloca ante la contradicción extrema. Las figuras trágicas tienen componentes heroicos porque son arquetipos de comportamiento que contienen ejemplaridad. Miremos a Antígona… En la gran tragedia griega, y después en Shakespeare, ya está la precariedad del ser humano, todo lo que nos habita, nuestros grandes contrastes.

El héroe clásico, el de caballería, se mantiene inalterable a lo largo de la narración. El que se va transformando es el que conoce el fracaso. ¿Modifica el fracaso más el alma humana que el triunfo?
Sin duda. No podemos olvidar que la novela, la grande, la decimonónica, es la historia civil del ser humano. No hay una cercanía de aureolas épicas, la de los grandes héroes puros. La novela está más habitada por antihéroes; por figuras que están más en la vida que en la imaginación o en los sueños; por seres humanos con precariedades y pasiones de la condición humana. La subsistencia es contingente y precaria. La picaresca es básica para la figura del antihéroe. ¿Qué es Lázaro? Un superviviente, alguien que lucha por la subsistencia. Donde por primera vez se establece la lucha por la vida, desde la parte más material de la misma. Luego, en Galdós, en Dikens, en la gran literatura del XIX y del XX, ya está la figura del ser humano. Entra hasta Freud, hasta las consideraciones psicológicas, de las que el héroe estaba mucho más incontaminado.

(…). Leer más aquí.

Tres. Índice de Mercurio, “Héroes literarios” (marzo de 2011):

Héroes eternos, Alejandro Lillo

Los cuernos de la abundancia, Justo Serna

Entrevista con Luis Mateo Díez, Tomás Val

Del héroe épico al héroe trágico, Jordi Balló

(Anti) Heroínas: algo más que adulterio y arsénico, Laura Freixas

La indomable estirpe de Tom Sawyer, Susana Fortes

(…)

Cuatro. Historia y literatura. Actualidades de Pío Baroja (A propósito del centenerario de El árbol de la ciencia, 1911). Curso de la UIMP. Organizado por Francisco Fuster y Justo Serna.

¿Qué relación hay entre Historia y Literatura, entre la disciplina de la realidad y la disciplina de la imaginación? No nos andemos por las ramas. Hay que bajarse del árbol para darse unos paseos por los bosques narrativos: es lo que nos proponía Umberto Eco años atrás. Pues eso hacemos: nos bajamos del árbol de la ciencia para curiosear, para preguntarnos qué significa narrar; para ver qué mezclas se dan entre realidad y ficción. Es algo que importa a los académicos y a los lectores en general. 

Pongamos un ejemplo: Pío Baroja, escritor prolífico y autor de El árbol de la ciencia, novela de la que en 2011 conmemoramos su primer centenario. Las obras de don Pío son creaciones deliciosas y tentadoras, como el fruto bíblico: se les puede extraer mucho jugo. El objetivo de este seminario es analizar el conjunto de su obra desde la doble perspectiva de la historia y la literatura. ¿Con qué fin? Con el de establecer el lugar que ocupa el novelista vasco dentro de la historia cultural española. Por otra parte, el seminario también tiene como objetivo discutir la vigencia de la obra barojiana dentro del actual panorama editorial hispano. Aún podemos leerla con interés, con provecho y con entretenimiento. También es propósito de los organizadores exponer algunos de los enfoques a partir de los cuales ha sido analizado este novelista, abriendo posibles vías de investigación todavía no contempladas por la crítica.

En función de estos dos objetivos hemos reunido a un importante y selecto conjunto de prestigiosos especialistas en la obra de Pío Baroja, desde historiadores e historiadores de la literatura, hasta teóricos de la literatura o escritores. Todos ellos ofrecerán su visión personal de la obra del autor de El árbol de la ciencia (1911). No nos andaremos por las ramas: bajemos a la historia, a las historias.

Leer más aquí: http://justoserna.wordpress.com/historia-y-literatura-actualidades-de-pio-baroja

Cinco. Fíjense bien. Observen la fotografía que Ricardo Martín ha hecho a Luis Mateo Díez. Hay pose y hay serenidad. El retratado mira directamente al objetivo, retando incluso: se presenta con un punto de insolencia. ¿O es  timidez? ¿Quizá gravedad? Con aplomo, Luis Mateo Díez sujeta su cabeza mientras apoya el codo derecho. La estantería es su fondo.  

En las baldas descansan numerosos libros, con un orden casi perfecto. Gracias a la fotografía de Ricardo Martín, que publica Mercurio, podríamos examinar los lomos de algunos de esos volúmenes: Doktor Faustus, por ejemplo. Pero no lo haré. ¿Por qué razón? Porque me produce muy mala impresión: es como si estuviéramos invadiendo su intimidad.

El escritor es sobre todo lector y justamente por eso se retrata con sus más preciados bienes. Se retrata, sí, con elegancia indumentaria. Luis Mateo Díez  tiene un envidiable porte,  de caballero antiguo, con su pelo cano y su barba cuidadísima.

Aparece vestido con una camisa impoluta a la que aún se le notan los pliegues. En el bolsillo del pantalón, de buen paño, introduce la mano.  En esa muñeca vemos un reloj escueto que marca, si no me equivoco, las 12:30 horas.

Con ese estilo y con esa tranquilidad, nadie diría que el escritor imagina a tantos personajes zarrapastrosos, a tantos héroes fracasados. Bien pensado, no es raro: también los concibe con gran elegancia, arrojando luz sobre sus vidas, una luz parcial y precisa. Como la que él recibe: de una ventana que adivinamos con visillos.

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