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Uno. Días atrás leí un artículo de Arturo Pérez-Reverte. Llevaba por título Copartícipes secretos. Como el relato de Joseph Conrad (El copartícipe secreto, 1910), pero en plural.  Se refería Pérez-Reverte a su amistad con Javier Marías. Me pareció una pieza delicada, generosa. La dedicaba a Marías, a la amistad que ambos tienen a pesar de las diferencias. Pérez-Reverte revelaba algo íntimo, privado, estrictamente personal: algunas de aquellas cosas que  comparten. Por ejemplo, su amor por Joseph Conrad:

“…el siempre enorme y más grande a cada relectura Joseph Conrad: la obra extraordinaria donde también convergen, desde lugares casi opuestos, la admiración de Javier y la mía. Las formas tan diferentes de contar, y contarnos. Con movimientos de las manos, intentando mostrar la posición del barco, recurro a lo que sé de maniobras a vela y viradas por avante para comentar la importancia del sombrero blanco flotando en el agua de El copartícipe secreto. Luego hablamos de que Nostromo ya no parece tan ágil leída por tercera o cuarta vez; y de Victoria, a la que Javier no ha vuelto desde hace mucho y que yo sigo considerando, en lo formal -en el contenido es superior Lord Jim, creo-, la más perfecta y conradiana de las novelas de Conrad…”

Dos. Qué quieren: al leer ese párrafo me sentí bien, reconfortado. Yo no paro de admirar a Conrad. Me conmueve lo que dijo sobre la juventud, la audacia, el dolor, la culpa, la penitencia. Siempre que puedo lo parafraseo. Aquí, en este blog, no dejo pasar mucho tiempo sin mencionarlo. A la menor ocasión que se me presenta vuelvo a él. Hace unos años, con motivo de la edición española de El copartícipe secreto escribí una reseña  para Ojos de Papel. Meses atrás, debiendo entregar un artículo sobre la juventud y la educación para Mercurio me inspiré nuevamente en  El espejo del mar.

La amistad y la generosidad no están reñidas con la ambición. Hay que ser jóvenes o hay que recordar la juventud para aceptar las metas y las pérdidas. La literatura de Conrad nos enseña mucho. Precisamente por ello regreso a sus páginas: para aprender o desaprender. He releído Juventud (1902), una de sus obritas más sencillas. Está protagonizada por Marlow, ese personaje que aparece y reaparece como narrador de sus historias.

Tres. En Juventud, Marlow refiere a un narrador –cuyo nombre desconocemos– esta historia que ahora leemos, una travesía accidentada que tuvo como destino Bangkok. La  relata ante un auditorio,  cuatro personas que beben, que se pasan la botella de clarete: es exactamente la vicisitud que Conrad escribe para nosotros. El Marlow narrador sobrepasa los cuarenta y lo que detalla es un episodio juvenil, justamente cuando ejerce por primera vez de segundo oficial de navío mercante. Marcha a bordo del Judea,  un viejo bergantín comandado por el capitán Beard, oficial de sesenta y tantos. “Era mi primer viaje a Oriente”, recuerda el Marlow cuarentón. Aunque “también era la primera vez que mi patrón tomaba el mando. Admitiréis que ya era hora”. 

La historia no relata el descubrimiento de la madurez, sino la epifanía primeriza, la revelación de la juventud y de la inexperiencia: la ambición, el empeño, la paciencia, el genio y los pensamientos de un muchacho ante la fuerza desatada de la naturaleza; los corajes de un anciano ante un suceso que no conoce, tan inexperto como el joven. ¿Naturaleza? “El mundo no era sino una inmensidad de enormes olas espumeantes, que nos embestían bajo un cielo tan próximo que podía tocarse con la mano y tan sucio como un techo ahumado”.

Es, sí, un episodio angustioso y liberador, una experiencia, “una  aventura del demonio, algo que uno suele leer en los libros”. Es en los libros en donde uno aprende, aunque lo detallado sea pura invención. Pero estos hechos son reales…, no porque los refiera Marlow, sino porque Conrad los escribe para nosotros. Hace cierto lo que es imaginado y hace verdadero lo que es fabulado: una ficción novelesca que convierte una travesía o un naufragio en metáfora de la vida. Un barco “condenado a no llegar a parte alguna”.

Cuatro. En 2012 se cumplen cien años del hundimiento del Titanic. Con motivo de ese hecho, la editorial Gadir, de Madrid, publica un librito que reúne las dos piezas que Joseph Conrad escribiera sobre dicho acontecimiento. Aparecieron originariamente en 1912 en las páginas de la English Review. El volumen se titula El Titanic.

Como siempre, leer a Conrad es una experiencia inquietante y aleccionadora. Toma el mar como metáfora. O, mejor dicho, toma el barco como símbolo moral, esa travesía humana que siempre se ve amenazada por el acoso de la naturaleza, pero también por la propia estupidez de nuestra especie. Somos soberbios y nos sentimos pagados de los logros. La técnica es la palanca de nuestros errores y el palenque de nuestras cobardías.

El Titanic fue un buque de 45 mil toneladas que se hundió al chocar con un témpano de hielo, al tropezar con un iceberg. La historia es muy conocida y ya lo era cuando Conrad escribe esas páginas. El mundo estaba suficientemente informado o mal informado. Porque el suceso multiplica el tratamiento sensacionalista de los hechos. Ese tratamiento en parte lo provocaron los armadores y responsables del navío: que si era un barco que no podía hundirse; que si era una nave habilitada para miles de pasajeros; que si era un hotel flotante, un lujazo de la industria y del progreso; que si era un poderío de la técnica y del esplendor burgués, tras un siglo de adelantos materiales. Pero el Titanic se hundió. Lo que Conrad critica, lamenta, deplora es la arrogancia humana. Él ha sido un marino, un hombre que ha desarrollado su juventud en el mar a bordo de veleros.

Por esas fechas, los vapores han apartado, han arrinconado, las viejas embarcaciones, aquellas en las que Joseph Conrad había aprendido a navegar, primero como simple marino y luego como oficial. En esos frágiles barcos –como el bergantín de Juventud–, los hombres se han adiestrado. Y se han aleccionado: qué es la furia de los océanos, qué son las acometidas del oleaje y los vientos.

Conrad ha sido un hombre corajudo y temeroso a la vez, y sabe lo que es gobernar una embarcación: la prudencia, el cálculo, la audacia que hacen falta para surcar el mar entre tempestad y calma chicha. Los botes salvavidas son elemento esencial, no un engorro. Son pequeños, necesariamente pequeños, y son instrumento humano, demasiado humano, para protegerse, para defenderse de los azotes marinos. Flotar, gobernar el barquito, arrimarse a la costa, ser divisado por un buque que finalmente te lleve a puerto. Como sucede en Juventud.

Joseph Conrad no fue tripulante de embarcaciones de guerra, sino de la marina mercante. Allí aprendió a ser disciplinado, respetuoso y sobre todo aprendió a desarrollar “una indulgencia natural para con la fragilidad de las instituciones humanas”. No hay soberbia ni cicatería que nos salven. Justamente eso es lo que hundió al Titanic. ¿Era necesario construir un “hotel de 45.000 toneladas de magníficas láminas de acero para asegurar una clientela de, pongamos, un par de miles de ricos”?, se pregunta Conrad. ¿Era preciso satisfacer la soberbia de armadores y de viajeros, un “puñado de fatuos individuos, con tanto dinero que ya no saben qué hacer con él”? Acero: se tenía mucha, excesiva confianza en los materiales y se pensó poco, muy poco, en los contratiempos. 

“Pero todo esto tiene una moraleja”, admite Conrad al final de su primer texto. Es una enseñanza aparentemente simple: “el material puede quebrar, y los hombres también pueden quebrar a veces; pero con frecuencia, cuando se les da la oportunidad, estos se demuestran a sí mismos que tienen más temple que el acero”. Es una lección sencilla, propia de quien aprendió todo lo que sabe sobreviviendo humilde y bravamente. 

En Los triunfos del burgués (2011), Anaclet Pons y yo hablamos de otro naufragio, en este caso metafórico: hacia 1909, la Valencia esplendorosa del largo Ochocientos acaba. Acaba con una magna Exposición Regional que se piensa como un escaparate del progreso, una gesta del lujo y de la técnica. Cuando se cierre el recinto, cuando se desmonten pabellones y concluyan los actos, la sociedad padecerá una crisis profunda, unos trastornos graves. Concluye un espectáculo soberbio y termina el mundo de ayer. Estamos en otro siglo, pero las limitaciones humanas duran. ¿Cómo remontarlas?

Colofón. La lectura de Conrad me reanima. Si te ves decaído o simplemente dudoso, una página de Juventud o de El espejo del mar te rehacen y te hacen preguntarte de qué te quejas. Yo no espero nada del nuevo año, ni tengo grandes expectativas. ¿Por qué? ¿Acaso porque lo tengo todo? No, no. En realidad,  me apiado de la especie humana y me compadezco de mí mismo. Me conformo con seguir o completar esta travesía y que ustedes lo vean: ustedes, quienes me acompañan y quienes en silencio se asoman de cuando en cuando. Hago lo que puedo. Como Conrad, yo no viajo con vapores a todo tren. Prefiero una velocidad de crucero para llegar a un destino modesto y satisfactorio. Total, si vamos a morirnos, no hace falta llegar corriendo. Yo, mientras tanto, leo a quien fue su esposa, a Jessie Conrad. Leo Joseph Conrad y su mundo (ahora editada por Sexto Piso). Qué mujer tan perspicaz, tan indulgente: te hace confiar nuevamente en la especie humana, en su inteligencia. Me esperan unos días de felicidad.

Menuda entrada de año.

Hemeroteca

Justo Serna, “El traje nuevo”, El País, 28 de diciembre de 2011

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