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Covers (1951-1964). Cultura, juventud y rebeldía es una Exposición para todos los públicos, con iconos bien reconocibles. Hacia 1953, en la fotografía de Alfred Eisenstaedt para Life, Marilyn Monroe es joven, se sabe deseable, posa y tiene un glamour que todos advierten.

Alejandro Lillo y yo hemos concebido la Muestra para el experto y para el visitante casual. No exige tener conocimientos previos, no hay sobreentendidos; pero tampoco ofendemos el saber erudito de los conocedores con didactismos excesivos.

Está pensada para quienes vivieron realmente esos años y está pensada para quienes regresan idealmente a un tiempo ya remoto y concluido. Está concebida para satisfacer la fiebre vintage y está concebida para analizar, para destapar la obvio, lo visible, lo deslumbrante. Hay esplendor en las cubiertas satinadas de las revistas, en las carátulas de los discos, en los electrodomésticos. Todo tiene superficies bruñidas. Los metales de las Harleys y de la Triumph brillan. Los audiovisuales que se proyectan nos muestran a tipos de indumentarias como las nuestras.

Yo mismo tengo unos lentes idénticos a algunas de las gafas de pasta que se muestran a principios de los sesenta; los jeans que llevan los muchachos volcados sobre el Ford Mercury de la primera fotografía de la Expo son Lee: su porte y su indumentaria es semejante a la de los jóvenes actuales. En The Freewheelin’ Bob Dylan lleva unos Levi’s envidiables. En el mundo de hoy, nuestra estética debe mucho a aquellos años de prosperidades americanas.

Pero no hay que dejarse deslumbrar por los satinados que brillan en la sala Acadèmia (La Nau, Valencia): una cubierta es una tapadera. Y una fotografía de portada es una pose. Cuando nos retratan afectamos dicha, bonhomía, bienestar, incluso campechanía. Ofrecemos nuestra mejor visión. Somos covers en ambos sentidos: la superficie que se ve y la versión que damos de nosotros mismos. Pero en toda composición hay siempre una mancha, algo incongruente, algo que desentona. Hasta en una canción académicamente interpretada puede haber algo que nos sorprende, un gallo o una disonancia.

Los jóvenes de los cincuenta y sesenta se descaraban, mostraban su impudor. Se hacían retratar sacando la lengua o abriendo las bocas para chillar con desgarro, como Elvis Presley. O cantaban con voz nasal, ronca, reprochando o adoptando actitudes desganadas, insolentes, como Bob Dylan.

Cuando acudan a la Exposición, Alejandro Lillo y yo les recomendamos que distingan las tres partes de la muestra, que lean los textos de pared en los que glosamos el fenómeno, que observen la sala desde distintos ángulos. Les recomendamos también que echen un vistazo al catálogo. Que incluso lo lean con detenimiento. Allí encontrarán contribuciones perspicaces de Áurea Ortiz, de Juan Calabuig, de David P. Montesinos, de Francisco Fuster. Nosotros mismos, los comisarios, también glosamos. 

En la cueva del gigante, el blog de Montesinos, David P. tiene la cortesía de dedicar un post y unas palabras muy generosas a esta exposición y dice:

“La exposición es magnífica, desde luego, aunque no quiero dejar pasar que, si no leemos con atención lo que los objetos expuestos nos invitan a pensar, hay algo que se nos puede escapar…”

Pues eso: hay algo que no se nos puede escapar.

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