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vampiros10. Vampiros. ¿Otra película de vampiros? ¿Hay algo nuevo que decir? Miren, yo no me sacio. Es tal la fascinación que me despierta la figura doliente del vampiro que procuro estar al tanto de su suerte. O mala suerte. Una y otra vez se le da nueva vida con películas, con novelas, con ensayos, con poemas. No todo es igualmente válido, claro. Pero cuando una obra da en el clavo (y nunca peor dicho), entonces procuro no perdérmela.

Ese aspecto sombrío, triste, apesadumbrado; esa piel cenicienta o cerúlea, según; esos ojos exaltados y dementes, depende; esa voracidad insaciable y penitente. Esto es lo que más me gusta de las últimas generaciones de muertos vivos. Los vampiros siempre han lamentado su suerte: ese vivir que es un sin vivir, esa longevidad fúnebre y trasnochada. No hay manera de morir en paz. Ahí los tienes, arrastrando su cuerpo frío, blancuzco, añoso o incluso milenario. Pero, además, ahora te hincan los dientes con mala conciencia, como deplorando su mala acción: inevitable, fatal.

No forcemos los simbolismos… El vampiro sólo es un calco del humano que fue y, por tanto, no carece de escrúpulos, de conciencia. No tiene más remedio que sorber tu sangre: comete una grave falta, sin duda, pero no lo hace por nada personal. No tiene nada contra ti: sólo es la voracidad todavía humana que ha de satisfacer. O, si se quiere, sólo es ese ser aún vivo que, como todos los congéneres, persevera en su propio ser. Como diría Baruch Spinoza.

Le he dedicado un capítulo a los vampiros en Héroes alfabéticos. Allí rindo un pequeño homenaje a Bram Stoker y a Bela Lugosi. Digo pequeño porque mis capacidades vampíricas son magras, pero me he atrevido: era el tributo que yo pagaba por la felicidad que me han procurado. Pensaba, entre otros, en Max Schreck, en Christopher Lee y en Klaus Kinski.

Todavía recuerdo el día en que acudí al estreno del Nosferatu (1979) dirigido por Werner Herzog. En aquella película se rehabilitaba a Kinski, un actor entonces muy desaprovechado. De paso, el director alemán celebraba el homónimo film (1922), de F. W. Murnau. Recuerdo, ya digo, cuando la vi. Un lastimero Nosferatu-Kinski gemía y sollozaba poco antes de hincar sus dientes mientras el irrespetuoso público se burlaba de él. Con veinte años, abandonando la adolescencia, yo deploraba aquella grosería de los espectadores. Me quería sentir solidario. Tontamente solidario, me dije tiempo después, al madurar: al vampiro, ni agua. Había que abandonar esas caridades. Hoy no pienso igual. Vuelvo a experimentar una incómoda ternura con los muertos vivientes.

dejameentrar11. La niña. Acabo de ver Déjame entrar (2009), de Tomas Alfredson, y siento una dicha triste por esa niña que chupa sangre. Observen su mirada. ¿Qué revelan sus ojos? No es exactamente miedo. Tampoco la suya es la actitud característica del vampiro arrogante, satisfecho. Esa imagen muestra timidez, soledad. Tiene unas ojeras marcadas que le dan un aspecto enfermizo. No está bronceada. Su pelo, rotundamente negro, anda algo revuelto. En conjunto, tiene  un aire vagamente cíngaro.

dejameentrar0Ahora observen a este otro muchacho. Tiene un aspecto evidentemente septentrional. Rubio como la cerveza. Incluso más claro: su largo cabello aún es más claro. Tiene una tirita en su rostro sonrosado. Es la cara de un jovencito bien nutrido. Mira con desconfianza: no sabemos si esos ojos revelan miedo o desamparo o dolor.

El muchacho y la muchacha tienen doce años. Como tantos adolescentes a esa edad, ambos se sienten solos, muy solos: incomprendidos, hostigados, ajenos al mundo que les rodea, prácticamente huérfanos. Cuando escribo prácticamente huérfanos empleo esta expresión de manera equívoca: aunque hay figuras tutelares que velan por su nutrición, en realidad el chico y la chica sobreviven o malviven –ya digo–  en un retiro que es espiritual y es físico. La acción se desarrolla –calculo– en la Suecia de finales de los setenta o principios de los ochenta. Todo el mobiliario lo pregona; también los Volvos, el aparato de televisión, la indumentaria. Es un país septentrional sumido en una nieve perpetua, con calles enterradas en un blanco asfixiante, con adultos que se reúnen para beber y beber: precisa o paradójicamente desnortados.

Antes, las películas de vampiros nos atemorizaban. Ahora, estos films nos dejan tristes. Ya no estamos en Transilvania, en efecto. Tampoco en la Inglaterra victoriana. No nos las vemos con un Drácula feroz e inmisericorde, ese noble voraz y milenario. Nos las vemos con gente sencilla, de condición modesta… Nos hallamos en una Suecia acomodada, asistencial, con jóvenes que asisten a colegios bien dotados, con familias que no parecen pasar graves apuros económicos. La vida transcurre sin mayor sobresalto: poco a poco iremos descubriendo violencias implícitas o insinuadas; o violencias de pura, de estricta supervivencia. Alguien debe desollar y desangrar para nutrir a quien tutela. Qué fatalidad.  

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Ilustración: Víctor Serna.

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