A leer se aprende. Ya sabemos las cuatro letras y poco a poco, con paciencia, seremos capaces de descifrar carteles callejeros, rótulos publicitarios, prospectos farmacéuticos, tratados científicos y finalmente novelas. Harold Bloom escribió una obra práctica: Cómo leer y por qué. No se refería, claro, a esas primeras letras, sino a las grandes obras, a ese canon inevitable. Explicaba qué hacer con ellas.

Pero no es de la lectura de lo que quería hablarles. Quiero tratar de otra actividad parasitaria: la de escribir reseñas de lo leído. ¿A hacer reseñas se aprende? Por supuesto. Quiero proporcionarles un repertorio de reglas, las reglas que yo sigo, cuando me siento a la mesa dispuesto a escribir reseñas. Meses atrás ya di unas instrucciones para escribir: aquel post, levemente irónico, es complementario de este que ahora empieza. En esta ocasión me centro en las reseñas. No esperen orden ni concierto. Sólo las intuiciones de que me sirvo.

1. El libro es único. “El secreto de un narrador está en la voz que se oye en sus libros”, dice un periodista pafraseando a Paul Auster. “Uno cuenta una historia”, añade ahora el propio escritor, “y su función consiste en hacer que la gente continúe escuchándola”. Que la gente  continúe leyendo página tras página, con interés, con urgencia o con demora: satisfaciendo un placer, el de aprender, el de conocer, de experimentar lo inalcanzable, el de aventurarse en parajes o en psicologías en que por prevención o por miedo no nos adentramos.

Tengo que escribir una reseña de Invisible, la última novela de Auster, y debo entregarla a finales de enero de 2010. De enero, digo bien. He escrito varias reseñas de novelas de Auster para Ojos de Papel. Rogelio López Blanco, el director de la publicación, me pregunta si no estoy algo cansado de este autor estadounidense. Pues no, la verdad. Creo que los narradores de sus respectivas novelas tienen voces reconocibles –que no reiterativas– que merecen ser escuchadas, leídas. Ah, la voz del narrador. Por lo general, la voz narradora que Auster concibe para cada unas de sus obras cumple perfectamente su función: cuenta una historia de tal manera que la gente continúa escuchándola.

No he leído aún esa novela de la que debo ocuparme: Invisible. No importa. Cuando lo haga, me entregaré enteramente o casi enteramente, atendiendo a las informaciones que me proporcione, a los datos que el narrador me suministre, a la atmósfera en que todo transcurra. Tengo experiencia previa con Auster, claro. Pero nunca releo las reseñas de un autor sobre el que yo haya escrito previamente y al que ahora deba regresar. No quiero repetirme conscientemente con la nueva obra: deseo que la novela me sorprenda y sobre todo deseo aprender. Por eso he de ceñirme a lo que me da o a lo que no me da, a lo literal y a lo que está fuera de campo, el espacio vacío, pues lo no dicho tiene tanta importancia como lo dicho. Si retorno a lo escrito por mí, me limitaría. Por ello, prefiero llegar virginalmente al libro. Cada vez resulta más difícil, ya lo sé, por la información excesiva, mercantil y redundante que acompaña la promoción de ciertos libros. Son los paratextos. De entrada, yo procuro no dejarme influir por lo que nos adelantan o por lo que uno mismo adelantó.

Cada libro es distinto. Quizá descubramos ecos de otras obras previas, pero tal vez hallemos en las faldas de una página una idea nueva, una escena imprevista, un hecho inaudito. Por eso, le guardo todo el respeto a dicho libro: no quiero convertirlo en pleonasmo, en confirmación de lo que yo ya sabía de antemano.Tampoco quiero convertir ese texto en pretexto para hablar de lo que está fuera. Lo que se nos cuenta es lo decisivo. Las conexiones externas (intertextuales o intratextuales) que puedan establecerse vendrán después.

2. Un libro merece un argumento. La reseña ha de provocar entusiasmo. Digo la escritura de la reseña, no el libro necesariamente. Cuando uno lee aprende, generalmente aprende: lo que no sabía o lo que no sabía que sabía. Puede que estas o aquellas páginas te despierten conocimientos antiguos que tenías olvidados.

O como decía Achille-Cléophas Flaubert a su hijo, el novelista: “Aprovecha el viaje y acuérdate de tu amigo Montaigne, que quiere que se viaje para dar cuenta principalmente de los humores de las naciones y de sus costumbres, y para frotar y limar nuestro cerebro contra el de otro. Mira, observa y toma apuntes”. Los libros son como viajes: quien lee y reseña debe dar cuenta principalmente de los humores de quien escribe, los humores que se expresan en unas páginas con determinados artificios.

Pero quien escribe sobre un libro debe frotar y limar su cerebro con el del autor, con el del novelista, con el del ensayista. De ese roce salen chispas o serrín y virutas, que son las huellas que la lectura deja. Cuando estás en medio de dicho proceso, has de sentir el esfuerzo, el trabajo, el empeño de seguir. Has de amistarte con el autor, has de enemistarte, has de exaltarte, has de experimentar el vértigo del descubrimiento.

Tomarás notas, subrayarás el libro, pondrás exclamaciones y reproches, admiraciones y críticas: auténticas incisiones que laceran y hacen tuyo el ejemplar. O como decía expresamente el padre de Gustave Flaubert y ahora repito: “mira, observa y toma apuntes”. Ese registro de lectura es la expresión del trabajo, del entusiasmo lector. Estás aprendiendo. ¿Y si el libro está mal concebido? ¿Y si sus páginas son planas y adocenadas? También te entusiasmarás, pues en negativo estás aprendiendo lo que hay que hacer o lo que no hay que hacer. Eso debe notarlo tu lector, ese destinatario que con tus palabras sopesará el libro.

Pero entusiasmo no significa lanzar ditirambos a la obra; tampoco el mero rechazo. Quien reseña no puede decir: “es un libro maravilloso” o “esta obra no me gustó nada”. Lo que debe decir es cómo funciona ese artefacto. La reseña no es una cuestión de gustos y nuestra relación con el volumen ha de superar el mero  juicio personal. No sé si siempre lo consigo. De hecho, bien mirado, a nuestro lector no le importa o no debería importarle nuestra opinión personal. Lo que de verdad debería interesarle es la concepción del libro, su estructura, sus recursos, cómo se resuelve la cuestión planteada. De un mal libro que personalmente nos irrita puede salir una reseña ajustada, exacta, precisa: una reseña de la que el lector aprende para ese libro y para otras lecturas. De un buen libro, imagínense qué puede escribirse.

Estoy acabando la reseña de Retrato de un hombre inmaduro, de Luis Landero. No es la primera vez que he escrito sobre sus obras: sobre El guitarrista y sobre Hoy, Júpiter. Al lector poco o nada le interesa si yo remato mi lectura diciendo que Retrato de un hombre inmaduro es un libro maravilloso o que no me gustó nada. Hacer eso es arrojar poca luz. O arrojar vino, el vino que alguien lanzó  a Thomas de Quincey tras dictar una conferencia. “Eso, señor, es una digresión. Ahora espero su argumento”, contestó Thomas de Quincey a dicha agresión. En una reseña, no hay que lanzar nada, hay que razonar. Nuestro lector debería decirnos lo que espetó De Quincey: ahora, señor, espero su argumento, que no es lo mismo que la mera impresión subjetiva. Razona las cualidades de la obra, si es que las tiene. Que sea o no de tu agrado es algo muy secundario.

3. Las reseñas se cobran… dos veces. Por supuesto, cuando empezamos a publicar reseñas no siempre nos las abonan. Estamos comenzando y debemos hacernos un hueco, un pequeño nombre en dicho mercado. Nos publican y eso es un acto de confianza por parte del editor, del director de la revista. Pero si la colaboración sigue, y sigue con el aprecio de los lectores, entonces hemos de empezar a cobrar por nuestro trabajo, del que damos pruebas.

Todo responsable de cualquier publicación entenderá nuestra justificada exigencia: cobrar. Por supuesto, los directores de las revistas o de los diarios siempre opondrán la escasez de ingresos, la poca publicidad, las dificultades financieras. No es un mero pretexto. Es cierto: la industria cultural atraviesa momentos muy delicados. Gracias a Internet, muchos han llegado a la conclusión de que todo es o debe ser gratuito. Tengo amigos que lo creen. Yo, sin embargo, pienso que es un absoluto disparate. El trabajo se paga, el esfuerzo se abona, la obra se recompensa. Como decía Émile de Girardin, alguien debe costear la publicación de un periódico: desde las colaboraciones hasta la impresión o difusión.

Por eso digo que las reseñas hay que cobrarlas. Pero cobrarlas  dos veces, vaya. Eso es lo que recomendaba Josep Pla. ¿Era un consejo cínico?  No exactamente: ya que las colaboraciones periodísticas siempre se pagan mal, saquemos provecho publicando lo mismo en dos sitios distintos. Eso es lo que decía Pla. ¿Propongo lo mismo? No lo descarto, pero no es eso lo que ahora defiendo. Lo que sugiero es releer para reescribir: para, finalmente, volver a publicar de otro modo aquella reseña inicial. Desde luego, no es materialmente rentable, pero con ese segundo plan de trabajo aprendemos más, mucho más de lo que es una primera y exclusiva lectura. Es algo así como una segunda versión ampliada o corregida o matizada. O extendida, según dicen ahora. Señalaba Emil Cioran que no deberíamos escribir sobre lo que no hubiéramos releído. Quizá exageraba, pero de la relectura para una nueva escritura obtenemos muchos rendimientos inmateriales.

Escribí una reseña de La noche de los tiempos, de Antonio Muñoz Molina. Ahora llevo unos días releyendo dicha novela. Ha sido poco el tiempo transcurrido pero eso no me frena: quiero retocar, ampliar, corregir, añadir lo que originariamente publiqué en Ojos de Papel. ¿Es que, acaso, esa primera reseña no es válida? Desde mi punto de vista, lo sigue siendo. Aunque ahora afronto el reto de repensar mi texto con otra lectura posterior. ¿Será mejor? No necesariamente pero, oigan, no me privo del disfrute.

4. ¿Reseñar o leer? “Leer un libro por el placer de leerlo y leerlo para hacer una reseña son dos operaciones radicalmente opuestas. En el primer caso, nos enriquecemos, hacemos pasar dentro de nosotros la sustancia de lo que leemos; es un trabajo de asimilación; en el segundo, permanecemos exteriores, por no decir hostiles (¡aun cuando lo admiremos!) al libro, pues no debemos perderlo de vista un solo momento, sino que, al contrario, debemos pensar en ello sin cesar y transponer todo lo que decimos en un lenguaje que nada tiene que ver con el del autor. El crítico no puede permitirse el lujo de olvidarse, debe ser consciente en todo momento; ahora bien, ese grado de conciencia exacerbada resulta al final empobrecedor. Mata lo que analiza. Seguramente el crítico se alimenta, pero con cadáveres. No puede comprender una obra, ni aprovecharla, hasta después de haberle extirpado el principio vital. Considero una maldición tener que contemplar alguna cosa, sea lo que fuere, para hablar de ella. Mirar sin saber que miramos, leer sin sopesar lo que leemos: ése es el secreto. Todo lo que es demasiado consciente es funesto para el acto, para cualquier acto. No se puede hacer el amor con un tratado de erotismo al lado. Sin embargo, eso es lo que ocurre prácticamente por doquier hoy. La enorme importancia que ha adquirido la crítica corresponde al mismo fenómeno”.

Eso decía Emil Cioran en sus Cuadernos, 1957-1972. Fue uno de los primeros libros que glosé para Ojos de Papel. Qué paradoja. A Cioran le debemos algunos de los artículos o reseñas más sobresalientes de las últimas décadas. Por ejemplo, su Ensayo sobre el pensamiento reaccionario, que dedicara a Joseph de Maistre. ¿Hemos de pensar que leyó inocentemente al escritor saboyano? ¿Hemos de creer que lo leyó sin placer?

5. Déjate de reseñas. Escribí una reseña para Ojos de Papel sobre Anatomía de un instante, de Javier Cercas. Luego, debidamente ampliada y retocada y con anotaciones bibliográficas, apareció en Claves de razón práctica. Como se sabe, la figura del héroe es la obsesión de este escritor: la figura del héroe en una situación bélica o en una circunstancia violenta. Cuando digo héroe, no me refiero al patán armado que cree pertecer al último pelotón que ha de salvar a la humanidad. Cuando Cercas retrata estas figuras, busca tipos humanos equívocos, individuos que hacen un gesto inesperado, humano o humanitario, un acto que salva corajuda y generosamente a sus iguales o a sus adversarios.

La identidad del héroe es, precisamente, una de las pesquisas presentes, habituales, en sus últimas novelas. No es reiteración: es el afinamiento de un motivo. Cuando escribo la reseña de Anatomía de un instante distingo esa misma obsesión, pero yo estoy obligado a subrayar qué tiene de distinta expresión, de diferente materialización. Suele decirse que un autor en el fondo siempre está escribiendo el mismo libro. Un autor chiquitito, sí. Un autor grande, dotado, reflexivo,  como son los que es motivan este  post, reescribe alterando datos básicos, cambiando contextos, mudando el aspecto, la conducta y la circunstancia del personaje, dando a las respectivas historias un significado nuevo. En Anatomía de un instante, los héroes se presentan bajo el expediente de la literatura: ciertos tipos ficticios de la novela o del cine son los modelos narrativos de que el autor se sirve para entender conductas reales. Hay que analizar este aspecto polémico –y así lo intenté en mi primera reseña  y en la que después apareció en Claves– pues  el escritor catalán hace constante metanarración.

Javier Cercas y yo hemos recuperado estos días nuestra relación y nuestra correspondencia. Hemos vuelto a remitirnos correos a propósito de Enric Marco, el impostor que se hizo pasar por antiguo prisionero de Mauthausen. Juan Antonio Millón me había advertido del artículo de Javier Cercas dedicado a Ich bin Enric Marco. En realidad, el texto del escritor era algo así como una reseña o crítica del documental que trata la figura de Marco. Leí dicho artículo: Yo soy Enric Marco. Inmediatamente recordé un viejo post mío de 2005 sobre el mismo caso, una suerte de reseña de una historia que aún estaba por escribir: El impostor inverosímil Enric Marco. Finalmente, Javier Cercas y yo nos hemos invitado mutuamente a dejarnos de reseñas y a regresar a Marco desde la literatura y la historia: justamente lo que él hace en Anatomía de un instante. El problema es que Marco no es exactamente un héroe. Pero quién sabe: tal vez sí que podría ser un personaje de Cercas.

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