Y. Diario de un burgués. Salvador Forner

Reseña de Diario de un burgués.

Hispania. Revista Española de Historia, 2009, vol. LXIX,
núm. 231, enero-abril, págs. 237-288,

Salvador Forner, Universidad de Alicante

PONS, Anaclet y SERNA, Justo: Diario de un burgués. La Europa del siglo XIX vista por un valenciano distinguido. Valencia, Ed. Los libros de la memoria, 2006, 238 págs., ISBN: 84-611-3975-5.

Hace ya algunos años leí un pequeño ensayo de Daniel Pennac, un autor francés de origen marroquí (Como una novela, Barcelona, 1993), cuyas recomendaciones sobre la lectura he procurado seguir desde entonces al pie de la letra. Dice Pennac que si un libro no logra interesarnos desde sus primeras páginas lo mejor que podemos hacer es abandonarlo. También nos dice que no hay por qué obsesionarse con la lectura completa de una obra pues es frecuente que hasta en las mejores, y ponía nada menos que el ejemplo de Guerra y Paz de Tolstoi, encontremos páginas innecesarias y tediosas que nada aportan al disfrute que en su conjunto debe  proporcionarnos la lectura de un libro.

La reciente publicación de Anaclet Pons y Justo Serna, Diario de un burgués. La Europa del siglo XIX vista por un valenciano distinguido, resiste satisfactoriamente la prueba. En primer lugar porque se trata, como su propio título indica, de un trabajo acotado cronológicamente en el Ochocientos, lo que en sí mismo es ya un motivo de interés. Cada vez es mayor en la historiografía sobre la historia contemporánea de España la desproporción numérica entre las publicaciones sobre el siglo XIX y las de etapas posteriores. Sufrimos en los últimos tiempos, sin duda, una abultada producción bibliográfica sobre los períodos más recientes de nuestro pasado, fundamentalmente desde los años de la Segunda República hasta los momentos actuales. En ella proliferan variantes regionales y locales de idénticos procesos y acontecimientos históricos, de escasa originalidad salvo excepciones. Se agradece por ello la lectura de una obra que se sale al respecto de la corriente mayoritaria pero que, sobre todo, por su enfoque y por su método, aporta también un indudable aire fresco en nuestro paisaje historiográfico.

El libro de Anaclet Pons y Justo Serna permite una lectura amena y relajante. Su carácter narrativo y una prosa sencilla, aunque elegante y culta pero sin artificios conceptuales o bibliográficos, contribuyen a esa amenidad. Los propios autores se disculpan en el prólogo de su trabajo por haber dejado a un lado los academicismos y la jerga propia de la profesión. Esa es, sin embargo, a mi juicio, una de las mayores virtudes de la obra. El Diario de un burgués «engancha» al lector, a cualquier lector, desde el primer capítulo. Un joven José Inocencio de Llano, autor del manuscrito que sirve de eje al relato, asiste en Madrid en compañía de su familia a un insólito espectáculo de riña de fieras que enfrenta en el coso taurino de la capital al tigre Jaach y al toro Señorito, de la ganadería de Benjumea. Corre el año 1849, pleno apogeo del moderantismo, y la propia reina Isabel asiste al evento desde el palco real. Han pasado siete años desde que José Inocencio de Llano, todavía un adolescente de apenas catorce años, iniciara la redacción de un diario que concluiría en 1895, once años antes de su muerte en 1906. Desde aquí las páginas del libro nos van conduciendo a lo largo de varios capítulos, configurados de forma temática o cronológica, a los viajes al extranjero y a otras regiones españolas del personaje y a las vicisitudes familiares y económicas del mismo.

José Inocencio de Llano es el vástago de una distinguida familia valenciana. Hijo de Francisco de Llano, hombre de negocios y alcalde de la ciudad de Valencia en distintas ocasiones, José Inocencio contrajo nupcias con Elena Trénor, emparentando así con otra importante dinastía mercantil de origen irlandés afincada en la ciudad. A instancias de su padre, inició la redacción del diario con motivo de su primer viaje al extranjero, a París, acompañado por un familiar de mayor edad y experiencia, el tío Juan, personaje entrañablemente descrito con pinceladas impresionistas, que se nos revela crucial en la educación de José Inocencio. El viaje tiene un carácter iniciático: de apertura a un mundo hasta entonces desconocido y que servirá para completar la formación del muchacho. Tras este primer viaje se suceden otros muchos por Europa y España, con los correspondientes regresos a su Valencia natal, que son reseñados, con mayor o menor minuciosidad, a lo largo de más de cincuenta años.

El azar ha hecho que el manuscrito de José Inocencio de Llano fuera a parar a manos de Pons y Serna. Afortunadamente, podemos añadir por nuestra parte. El documento estaba disponible, en el Archivo Municipal de Valencia, para cualquier otro estudioso o investigador que quisiera utilizarlo y, al parecer, no se le había prestado demasiada atención. Como el arpa olvidada de la famosa rima de Bécquer, que esperaba la mano que supiera arrancar las notas que en ella dormían, el manuscrito necesitaba del buen oficio de dos historiadores que supieran extraer del mismo sus potencialidades como fuente histórica. Basándose en la misma, los autores han articulado un relato que la transciende para configurarse, a partir de un análisis de caso, en un fresco histórico que permite al lector contemplar los más variados aspectos de la vida social, económica y cultural de la Europa y la España del siglo XIX. Estudiosos y conocedores de la sociedad valenciana a la que pertenece el diarista, objeto de una excelente monografía (La ciudad extensa. La burguesía comercial-financiera en la Valencia de mediados del XIX, Diputación de Valencia,1992), los autores del Diario de un burgués, disponían, junto a otras cualidades profesionales, de la especialización y el trabajo previo imprescindible para que el proyecto culminase fructíferamente.

Sin necesidad de conclusiones ni de formulaciones apodícticas, las páginas del Diario de un burgués nos ofrecen, en su frescura narrativa, una visión de la España y de la Europa de la época que desbarata sutilmente muchos tópicos y prejuicios sobre la supuesta diferenciación española y, de paso, valenciana, en el marco del desarrollo europeo del XIX. Pero también sobre la clase o el sector social al que pertenece el protagonista del relato, es decir, sobre los emprendedores del momento —personificados aquí en el autor del diario— y sobre el marco social y económico en el que realizaron sus actividades y sobre el que dejaron, asimismo, su impronta. No cabe duda de que las experiencias del pasado constituyen una base esencial para formar la opinión de los historiadores, del mismo modo que nuestras opiniones actuales influyen y colorean inevitablemente nuestra interpretación de tiempos pretéritos. Nuestras ideas sobre lo bueno y lo malo de las distintas instituciones y sistemas sociales tienen mucho que ver con los efectos positivos o negativos que atribuimos a los mismos en el pasado. Quizá hace algunos años, el relato de Pons y Serna sobre la vida de un burgués del XIX, y el contexto europeo y español en el que transcurre, hubiera chocado con algunas vulgatas al uso que, afortunadamente, parecen ya en decadencia. Ha sido habitual, hasta no hace mucho, al evocar el siglo XIX la contemplación de burgueses ociosos, egoístas y explotadores, causantes de las mayores desgracias y pobrezas de otros sectores sociales, como si antes del desarrollo del capitalismo la vida hubiera sido un puro derroche de equidad, amabilidad y opulencia. Como si no hubiera sido también, precisamente, el nuevo orden burgués y la extensión del capitalismo los que permitieron que el egoísmo individual, consustancial a la naturaleza humana, se tradujese económicamente en una mayor prosperidad colectiva. El prejuicio de que el nuevo orden liberal y capitalista que sustituye al Ancien Régime llevaba en sus entrañas los mayores horrores ha sido fuente de enormes confusiones y sesgos interpretativos. Tales confusiones, mantenidas en muchas ocasiones desde la buena fe, se reforzaban también con el prejuicio de que nada plausible cabía esperar de dicho nuevo orden en ningún terreno, ni económico ni moral.

En las páginas del Diario de un burgués se vislumbra un panorama de la época muy distinto. Un siglo XIX en el que el comercio y los mercados se amplían y en el que con la mejora de las técnicas productivas y del transporte  no sólo aumenta la prosperidad sino que la misma se extiende también por primera vez a amplias masas de la población. Es la ocasión para los emprendedores, para los burgueses que, como José Inocencio y otros de los hombres de negocios valencianos que aparecen en el libro, son capaces de arriesgar su patrimonio en búsqueda de un beneficio individual que, al producir riqueza y empleo, genera también un beneficio colectivo. Esforzados y austeros,  aunque sin renunciar por ello al disfrute de los adelantos de la época; honrados y rectos en el mantenimiento de compromisos establecidos; hasta ejemplares por la estricta moralidad de su vida íntima, si bien, como señalan los autores, el documento analizado no es el más idóneo para extraer conclusiones al respecto. Los burgueses que nos describen Pons y Serna poco o nada tienen que ver, en  definitiva, con un estereotipo interpretativo muy esquemático, y por lo general no muy favorable hacia el papel desempeñado por dichos sectores sociales en el desarrollo y modernización de España. Algo parecido, en lo negativo, a la interpretación habitualmente mantenida por una parte de nuestra historiografía en el análisis de las prácticas políticas de la época del liberalismo constitucional, en las que dichos burgueses tuvieron un destacado protagonismo.

De forma similar a como hizo Carlo Ginzburg con el molinero Menocchio (El queso y los gusanos. El cosmos, según un molinero del siglo XVI, Barcelona, 1981), la reconstrucción de un caso, el de un burgués valenciano del siglo XIX, ha permitido a los autores describir un universo de valores y de códigos de comportamiento comunes a un determinado sector social. Es cierto que José Inocencio no es comparable económica y socialmente con el personaje anónimo en el que se centra el relato del historiador italiano, exponente de unas clases subalternas que han dejado escasos rastros documentales. Aun así, y a pesar de su pertenencia a un sector social relevante, nuestro valenciano distinguido no deja de ser también un personaje anónimo para la «gran historia» como revela, sintomáticamente, la escasa resonancia de su fallecimiento en la propia ciudad en la que transcurrió la mayor parte de su existencia. Al aplicar la lupa a ese microcosmos que gira en torno a la existencia del protagonista del relato, Pons y Serna hacen emerger una historia de momentos, situaciones, personas y pequeños  acontecimientos que permite abrir nuevos y fecundos espacios interpretativos.

Pero, evidentemente, como apuntábamos al principio, la fuente utilizada como base del trabajo no proporciona toda la explicación de los resultados del mismo. Más allá del manuscrito, que básicamente constituye un dietario de los viajes emprendidos por José Inocencio de Llano, los autores reconstruyen por medio de otras fuentes el contexto vital del personaje y los vacíos de unos apuntes demasiado escuetos en la mayoría de ocasiones. Eso es precisamente lo que otorga al Diario una dimensión historiográfica relevante, basada en un acendrado rigor documental pero que no rehúye, me atrevo a decir, un cierto enfoque de periodismo retrospectivo que se apoya en el vasto y sedimentado bagaje cultural de los autores. Otro libro, aunque con alcance y enfoque muy distintos, la espléndida obra del periodista Geert Mak sobre el siglo XX europeo (En Europa. Un viaje a través del siglo XX, Barcelona, 2006), me ha venido a la mente con  ocasión de la lectura del trabajo de Pons y Serna. Nuevas miradas del pasado y nuevas formas de aproximarnos al mismo que dan a la escritura de la historia la viveza y el frescor necesarios para interesar a un número de lectores que vaya más allá del de los exclusivos y especializados colegas.


Salvador Forner Muñoz

Universidad de Alicante

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