El jerarca inverosímil

El individuo y sus responsabilidades

#lahistoriaexplicadaalosjovenes

imageEn 1941, con la guerra en marcha, Jorge Luis Borges se pronunciaba sobre Hitler y el hitlerismo. “La noción de un atroz complot de Alemania para conquista y oprimir todos los países del atlas, es (me apresuro a confesarlo) de una irreparable banalidad. Parece una invención de Maurice Leblanc”, es decir, “adolece de penuria imaginativa, de gigantismo, de crasa inverosimilitud”.

Sin embargo, añadía Borges, “la realidad carece de escrúpulos literarios. Se permite todas las libertades, incluso la de coincidir con Maurice Leblanc”. “Destino paradójico el nuestro”, concluía Borges, “lo inverosímil, lo verdadero, lo indiscutible, es que los directores del Tercer Reich procuran el imperio universal, la conquista del orbe” haciéndose acompañar por ejércitos innumerables.

Uno de los soldados que acompañó precisamente a Hitler, uno de los oficiales que estuvo en el Frente Oriental y en el búnker durante los últimos días del dictador nos cuenta muchos años después las jornadas finales de aquella diabólica e inverosímil aventura. Se trata de Bernd Freytag von Loringhoven, fallecido en 2007, pero antes autor de unas memorias interesantes: ‘En el búnker con Hitler’.

A lo largo de sus páginas, este antiguo oficial de la Wehrmacht (y después alto funcionario de la OTAN) describe su vicisitud: la de un técnico que se ocupaba de recopilar información para después trasladarla a los mapas de guerra que Hitler. Insiste una y otra vez en este hecho. ¿Con qué fin? Con el propósito de diferenciarse de los jerarcas nazis con quienes allí compartía vecindad.

Él era un oficial, un soldado al que después de la guerra no se le podrá inculpar de crímenes: alguien ocupado de una tarea bélica pero ajeno a la demencia fanática del hitlerismo, alguien formado en la tradición liberal-conservadora del ejército alemán.

Según confiesa, tras el final de la contienda, “como militar, tenía la desagradable impresión de haber servido de combustible, de leña para alimentar la aventura de un charlatán. Era consciente de que había servido a un régimen criminal manteniéndome fiel a mis convicciones y a mis obligaciones de militar”.

En esa exculpación tardía del autor está la clave de este libro, de estas memorias, una radiografía de la obediencia debida a que se sometieron la tropa y los oficiales alemanes. Retrata un ejército que aceptó como dirigentes políticos a tipos primitivos, groseros, vulgares: individuos que quisieron conducir una guerra sin tener conocimientos castrenses.

Retrata el intervencionismo de Hitler en las filas de la Wehrmacht, de cuyos jefes desconfiaba. Por eso, nos dice el autor, el Führer “había creado el caos en el alto mando”: para reducir el poder del ejército. Pero estos generales (que sólo reaccionaron en julio de 1944) no se levantaron contra ese dictador que les llevaba al desastre, plegándose “a las órdenes de Hitler”, dejándose abrumar, en fin, con sus argumentaciones, añade.

Si el ejército fue engañado y sólo se mantuvo a las órdenes por la obediencia incondicional a que estaba obligado, entonces habremos de convenir en que los jerarcas nazis fueron muy persuasivos en su terminante dominación.

A esos jerarcas los describe Bernd Freytag von Loringhoven con especial detalle mostrándonos su fanatismo y sus constantes errores de percepción bélica. Si todo esto fue así, entonces llama la atención la aquiescencia de los generales, al igual que sorprende el silencio de oficiales como Von Loringhoven ante el desarrollo de la Solución Final.

Él se exculpa diciendo que hasta después de la guerra no conocería “la naturaleza y la magnitud del sistema de exterminio nazi”.

Resulta dudosa una afirmación de esta índole, no ya en un militar de la Wehrmacht que había combatido en el Este, sino sobre todo en un oficial de la Cancillería. Por lo que él mismo cuenta, en las conversaciones del búnker, Hitler y sus secuaces no ocultaban la naturaleza y la magnitud de lo que estaban haciendo.

Por eso, este libro deja una sensación ambivalente. Por un lado, incomodan la frialdad y la escasez con que trata el crimen a que él mismo sirvió con su patriotismo castrense. Por otro, atraen e interesan los retratos personales de aquellos nazis que se agolpaban en el búnker. Aunque para esto quizá lo mejor sea dejar este libro y leer al historiador de Oxford Hugh Trevor-Roper, quien en su clásico de 1947, ‘Los últimos días de Hitler’, perfila con mayor crudeza la diabólica y demente conducta de aquellos criminales.

Lo curioso, lo anecdótico, es que Trevor-Roper escribiría su volumen basándose en parte en las declaraciones de Von Loringhoven. Pero cuando le arrancó esas informaciones Trevor-Roper no era aún profesor de Oxford: era el mayor Oughton, miembro de los servicios secretos británicos.

En fin, leamos a Von Loringhoven, pero sobre todo leamos a Trevor-Roper. Con esas páginas podremos hacernos una idea del espanto de aquellos malhechores: de la crasa inverosimilitud de Hitler, la real, la espantosa trama que un dictador urde y que sería intolerable en una ficción seria.

En una ficción, el complot de Hitler para adueñarse del mundo y para eliminar pueblos enteros no sería tolerable por su escasa probabilidad, había dicho Borges. Desconfiaríamos de aquel literato que concibiera una narración con esos ingredientes, que se atreviera a elevar al poder a una casta vesánica dispuesta a hundirse en una orgía de catástrofe, deseosa de acabar sus días entre las piras humeantes de un búnker.

Rechazaríamos un relato con personajes de arrogante poder, de arrebato criminal, de abrasada imaginación, de tal engreimiento. No aceptaríamos a esos payasos atroces, intoxicados por una degeneración tan espiritual. La realidad, sin embargo, parece consentirse estas desdichadas inverosimilitudes.

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