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Primero. Lunes 21 de mayo en La Casa del Libro de Valencia, a las 20 horas, presentamos El Árbol de Teneré (2012). Lo publica la editorial Calima.

En la presentación estaremos Juan Planas (su autor), Javier Jover (su editor) y yo mismo. Ya es una tradición reunirnos en Valencia para celebrar su poesía: en primavera o en otoño.

Reunirnos, sí, en la Casa del Libro para exaltar y constatar el sentido, lo palpable, lo externo. O para corroborar su pérdida.

La realidad no puede ser un mal principio, dije, pero no sé a qué realidad, a cuál, pertenecemos. / He de recuperar el hilo o dejarlo escapar por completo. / Huyo con él y huimos. Huyo contigo y de mí. Huyo”

Segundo. El volumen está bellamente editado y la composición material de Javier Jover es realmente acertada. Todo son contrastes: lo caligráfico y las transparencias, los colores de sus rótulos. El libro nos atrae: sin grafismos especiales, sin efectos especiales

Es una obra desasosegante, el volumen de un solitario. ¿Acaso el mensaje de un náufrago en una botella? De naufragios y astrolabios habla el poeta. Pero si digo eso, si insisto en mensajes y mares, entonces incurro en una incongruencia. ¿Por qué razón? El autor nos lo advierte a su manera en unas notas enciclopédicas que añade al final:

“…el árbol de Teneré era una solitaria acacia que fue considerada, en su momento, como el árbol más solitario y aislado de la Tierra, el único dentro de un área de 400 km a la redonda. Fue punto de referencia para las caravanas a través de la región de Teneré, en el Sáhara, al noreste de Níger (…). El árbol fue golpeado por un camión conducido por chófer libro, supuestamente ebrio, en 1973. El 8 de noviembre de 1973 el árbol muerto fue trasladado al Museo Nacional de Níger en su capital, Niamey. Ha sido reemplazado en su sitio original por una simple estructura metálica representando a un árbol”.

El libro de Planas es una exposición de lo desértico: de cómo sobrevivir a pesar de la ruina. Rezuma dolor y violencia, pero también algo carnal y bíblico. ¿Acaso por esa referencia implícita a los árboles del Paraíso?

Tercero. Interludio… A las presentaciones de libros hay que ir. Si la literatura no reúne a los adeptos, si no hace sus propios espectáculos, entonces los únicos eventos serán los catódicos o los católicos; y las únicas audiencias finalmente relevantes serán las televisivas o las masivas. El acto físico de acudir es una molestia, sin duda: hay que desplazarse; hay que salir fuera de casa. Pero los lectores ganan si van: participan de la cofradía, de la fraternidad de los happy few.

Además se convierten en espectadores de una performance. El presentador interpela, glosa, da instrucciones de lectura y representa un saber. Por ello, los públicos presentes descubren lo que no leerán. O lo que no sabían que leerán. Eso sí, en todo hay que poner entusiasmo y una chis pa de erudición. Si somos capaces de transmitirlo con energía e ironía, sin cursilerías, el espectáculo rebosará buen humor. Para avinagrarnos la tarde ya tenemos la tele y los comunicados ministeriales: prosa administrativa sin una pizca de lirismo.

¿Lirismo? ¿He dicho lirismo? Algunos mandatarios nuestros se valen de la poesía para no llegar a nada. ¿Un ejemplo? ¿Quieren un ejemplo? Esteban González Pons saluda a Alberto Fabra, nuevo líder del PP valenciano, citando un verso muy socorrido de Walt Whitman:  ¡Oh Capitán! ¡Mi Capitán! En su caso, la poesía no es un arma cargada de futuro: es la forma cursi, relamida y tópica de emplear metáforas navieras o de anunciar al comandante muerto. ¿Mala uva? ¿Acaso un verso suelto?

Dejemos a González, que parece ir a la deriva. Dejemos para mejor ocasión a Whitman.

Volvamos a Planas. En su poesía sí que hay travesía.

Cuarto. Hay travesía en estas páginas: en el desierto o en la ciudad, con amigos o con ex amigos, con amores ya extinguidos o con cariños que son firmes como rocas, como piedras. Hay resonancias veterotestamentarias.

Planas no abusa de las metáforas. Es más, la imagen primordial, aquella que le sirve para dar título al volumen, aparece vaga, intermitentemente: como una referencia a las raíces, como un árbol aislado, solitario, al que abandonan sus viejos conocidos. Maestros que se desvanecen, amantes que se olvidan, camaradas que se pierden.

Pero el poeta emerge, irrumpe, se aúpa. Se yergue. No se deja llevar por la corriente y padece el mundo conforme lo siente. Como la flora milenaria. Ahí está o estaba: echando raíces, con pocas humedades.

 

Fotografías del acto (cortesía de Isabel Zarzuela):

 

http://justoserna.com/2008/07/30/juan-planas/

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