La destrucción

Uno. Un barrio, El Cabanyal, amenazado por el derribo de muchas de sus edificaciones, un espacio de otro tiempo que puede desaparecer; una avenida que atravesará viviendas y casas deshabitadas, aceras, espacios comunes, lugares íntimos.

Como en el siglo XIX, con afán rectilíneo: a la manera del  barón Haussmann en París, aquel que levantó una capital bella, bellísima, atendiendo a los planes imperiales de Napoleón III. Aquí, a la izquierda, lo vemos en una imagen sedente: George-Eugène Haussmann, mostrando su rostro esquivo, suspicaz, institivamente a la defensiva…

¿Tuvo costes humanos? La ciudad medieval quedó arrasada y las cuentas de la operación fueron objeto de escándalo. Más de la mitad de París cambió: las edificaciones transformaron la urbe. Se abrieron grandes bulevares.

¿Quién es nuestro Hausmann y quién nuestro Napoleón III? ¿Para qué conservar lo pasado, el pasado material, si el instante es único, si el porvenir nos redimirá? No hay que rendirse ante lo pretérito: debemos construir sobre las ruinas aún humeantes de una ciudad arrasada. A qué tantos escrúpulos. Lo viejo es desecho y lo nuevo es promesa: promesa edificante. Edificante es lo cuidado, lo cultivado: hay que sacudirse lo sobrante.  Hay que evacuar, si es preciso. Qué importan los materiales o las personas cuando lo que se dirime es el trazado rectilíneo de una utopía gigantesca y menestral.

O como decía Usillos, aquel desastroso personaje de El milagro de P.Tinto:  si hay que sanear, se sanea. Se sanea aunque los martillos neumáticos, el ruido o la piqueta expulsen a la población o eliminen  la ganga: lo que juzgan excedente. Aquí, a la derecha, lo tenemos, con esa mirada penetrante y ciega, dispuesto a erradicar.

En clave paródica, Usillos me recuerda al tipo destructivo descrito por Walter Benjamin en uno de sus ensayos breves. Para el autor alemán, hay una ansia destructora que exalta. Puede tener incluso efectos euforizantes. Por eso hay gentes y directores, masas y líderes, que se aplican con entusiasmo a la destrucción de lo ajeno, dicen, por su propio bien. Aunque los efectos saludables no se vean inmediatamente.

La destrucción erradica y tonifica,  la destrucción simplifica el mundo mal hecho o torcido, la destrucción amputa lo cancerígeno.  Los destructores no se interrogan sobre el efecto personal, sobre el individuo, sobre su emplazamiento. Gozan con el abismo o con el vano, con el solar que provocan.

Hacen sitio, airean, y donde otros chocan con muretes  o con personas, ellos sólo ven lugares vacíos, una amputación propiamente quirúrgica. Hay que retirar los escombros; hay que abandonarse a la ensoñación de un camino expedito.

La creación es, en el fondo, una operación solitaria; la destrucción es un acto visible, hecho ante y para la gente, impotente ante la fuerza del martillo neumático y la taladradora. ¿Pero la destrucción no será también creación?  Hoy podríamos arrasar el París de Hausmann, intoxicados como él por una furia reparadora. Haussmann no se arrepintió de sus actos y hoy, cuando la visitamos, gozamos con una capital decimonónica. El barón no tuvo que explicarse. Tampoco los nuevos destructores.

Dos. Nuestras playas. La gente que ha quedado en Valencia distribuye su tiempo entre la diaria visita a los balnearios del Grao y del Cabañal y la Exposición. Nada más a propósito que dedicar algún espacio en estas columnas al sitio predilecto de los valencianos en estos días de bochornoso calor.

“Muy poco a poco se han ido transformando esos lugares que las brisas marinas atemperan. No se necesita contar muchos lustros para acordarse de cuando las incómodas tartanas, viejísimas en su mayor parte, estacionadas frente al palacio llamdo de la Aduana-Fábrica de tabacos, aguardaban completar el número de asientos para lanzarse, dando tumbos, por el pintoresco camino del Grao.

“Lo incómodo del viaje contribuía a que la gente guardase con especial rigor el novenario de Baños, y en cuanto asomaban las suaves brisas de Septiembre paralizábase el movimiento de bañistas, como también el trabajo de tartaneros, que hacían un verdadero Agosto durante la corta temporada.

“El aspecto de nuestra playa del Cañamelar era muy distinto al de hoy; no existían las Arenas; a las clásicas barraquetas les bastaban varios departamentos nada confortables, con un barreño para lavarse los pies y una soga encendida para prender fuego al cigarro, si eran barraquetas de hombres. Las de las mujeres quizá estaban más desaliñadas.

“Era incómodo, pesadísimo, atravesar aquellos inmensos depósitos de arena caldeada, extendidos desde las casas fronteras al mar a las mencionadas barraquetas. Sólo el ir y venir costaba raudales de sudor o una verdadera insolación; los efectos del baño eran, por consiguiente, nulos, porque al placer de refrescar el cuerpo, sucedía luego un achicharramiento peligroso.

“Las mujeres, principalmente las que vivían en el Cabañal o estaban allí de temporada, defendíanse de los efectos solares vistiendo largos peinadores blancos y llevando sueltos los cabellos después de habérselos remojado en el baño; al llegar a casa ya los tenían secos. Los hombres solían llevar amplios sombreros de jipi y aun de palma vulgar.

“Entre los veraneantes de las poblaciones marítimas, había una clase especial que daba buen contingente de bañistas: els madrileños. Familias modestas de Madrid que  venían a gastarse sus ahorrillos invernales viviendo en comunidad con algunas marineras de rompe y rasga, que siempre estaban en continuo litigio y zambra con sus huéspedes.

“No sabemos si por el creciente abuso que en perjuicio de sus intereses cometían con aquéllos algunas patronas del Cabañal y Cañamelar, o porque les resultarían más económicas las excursiones a otras playas, las alicantinas especialmente, es lo cierto que dejaron de venir los madrileños con harto pesadumbre de cuantas personas simpatizaban con ellos y conocían el beneficio económico que en lo porvenir podían proporcionar a los poblados marítimos. Como la aglomeración de tartanas era grande en la playa, se construyeron varios umbráculos antiestéticos –cuatro soportes de madera vieja, techumbre de paja– perteneciente cada uno a un dueño. Recordamos la inscripción de uno de ellos escrita con grandes caracteres de torpe letra hecha a mano sobre un tablón sin pulir siquiera: Sombrajedeta biuda de Jori.

“Junto a estos umbraculos y formando pendant con ellos estaban los merenderos, cuyo eterno menú era el plato de caracoles –muchos de ellos desalquilados– la tortilla y el pescado frito. Para los gastrónomos de menos posibles, allí tenían la vendedora de mojama, el cocotero, vinatero y la galetera sus puestos de venta.

“Los trajes de baño de las mujeres y el de los hombres también pedían un Worth que los reformase. Aquella holgada bata, de lana o de algodón con cola y todo, y el enorme sombrero de palma, daban a los bañistas frailuno aspecto. Creían sin duda que de esa manera podían castigar curiosidades poco castas, y tal vez equivocábanse, porque las olas bravías e inquietas y las impertinencias de la mojada camisola, frustraban las púdicas intenciones.

“Hoy a duras penas se ven esos arcaicos indumentos; el traje de baño con calzón ceñido al tobillo y la chaquetilla o falda marinera ponen a los bañistas a cubierto de cualquier desgraciado accidente, y permiten, sin menoscabo de la honestidad y el decoro, que cada cual luzca las maravillas de su escultura: la esbeltez por lo menos. Con ella ganan la estética y la moral.

“Desaparece asimismo el celebérrimo taparrabos salvaje que vestían los hombres, sustituyéndose por los trajes de lana completos y decentes. ¡Que continúe la mencionada evolución en la ropa de baño femenina y masculina!

“El adecentamiento de las playas data de la llegada del tranvía de sangre frente a las barraquetas y de la competencia que a estas les hizo el balneario Las Arenas. Puliéronse las fachadas de aquéllas; sus títulos fueron menos grotescos, pusieron puertas a los cuartos, enrejados de madera para no ensuciarse los pies, duchas de aguadulce, etc., etc.

“Los merenderos se instalaron ya con honores de restaurants, y hasta se levantó alguno que otro bar junto al apeadero del tranvía. El abaratamiento y comodidad del viaje –sobre todo cuando llegó el ferrocarril a la propia playa– hizo que la gente de la ciudad, no sólo prolongase su temporada de baños, sino que, aun sin tomarlos, acudiese allí en busca de grato solaz.

“Convertidos el Grao, Cañamelar y Cabañal en barrios ciudadanos, creció el número de veraneantes; fueron desapareciendo poco a poco las típicas barracas y construyéndose en cambio hermosos edificios con honores de palacete. Debido a ese afán constructor por una parte, y por otra no quedando terreno hábil para edificar, hubieron de ocuparse –valiéndose para ello de argucias curialescas– ciertos terrenos concedidos exclusivamente para que industriales humildísimos construyesen merenderos y horchaterías.

“Hoy, cubiertos con ese pabellón, o porque realmente puedan ostentarlo, se ha construido frente a las casetas de baño una hermosura de chalets, con sus correspondientes verjas y terrazas, que prestan animación a la playa pero que han quitado vista y despejo a las alquerías que dan frente al mar.

“Los tranvías electricos acaban de conquistar definitivamente la playa. Atenta la compañía a su negocio, facilita el acceso a dichos lugares, que ha procurado hermosear, construyendo cómodos umbráculos y apeaderos. También organiza alguna que otra vez conciertos musicales. Para formarse idea de lo que es en la actualidad semejante lugar de esparcimiento, hay que visitarle un día festivo, si es por la tarde mejor. Desde las cuatro de la misma, los eléctricos de la Glorieta se toman por asalto; un gentío inmenso, en el que se confunden gentes de todas las categorías sociales, aguarda con impaciencia la llegada de los carruajes; miles de pasajeros los ocupan en un momento, y no cesa el rápido acarreo hasta bien entrada la tarde.

“Por el ferrocarril, en los riperts y en carruajes particulares marchan, tanto a la playa de Caro como a la del Cabañal, la mayor parte de los valencianos, muchos de ellos con sus respectivas meriendas-cenas, otros con el apetito dispuesto para procurárselas en bodegones, merenderos y restaurants.

“La hora del baño es pintoresca, de mucho colorido. Sorolla lo sabe y ha ocupado varias veces sus pinceles en sorprender contrastes de luz, reflejos de sol y diafanidad de ambientes.

“Centenares de bañistas se zambullen en el manso mar, cada cual de la manera propia de su temperamento, unos con calmosa prosopeya, regateándoles a las aguas la gracia de su cuerpo; otros entregándose todos de una vez con evidente nerviosismo; juguetones y despreocupados aquéllos, recelosos y serios éstos. Las mujeres en grupos o cogidas de la mano y persignándose devotas; sueltos y dando brincos los hombres. Percíbense lloros de niños, gritos de mujeres, voces masculinas, confundido todo ello con el lejano silbido de la locomotora, el pregón de los vendedores. el ulular de las sirenas, las campanadas secas del tranvía y los apagados acordes de una banda de música.

“Es eminentemente popular el carácter de nuestras playas, sobre todo desde que por las exigencias de la vida moderna emigran las clases aristocráticas a las costas francesas o del norte de España. Cierto es que los balnearios montados con cierto lujo como Las Arenas, La Perla, La Florida y otros de reciente creación, reúnen a muchas familias distinguidas, pero no es lo general; la clase media y la artesana son las únicas que prestan animación y vida a nuestras playas.

“Ése es un problema que los valencianos han de resolver lo más pronto posible. Valencia debe ser una estación veraniega de primer orden, como por su templada temperatura en los meses de frío merecer ser también refugio de gente adinerada. Tomemos ejemplo de nuestra hermana Alicante; no es cuestión de dinero tan sólo, sino de higiene y de raciocinio.

“Los valencianos nos hemos preocupado más de lo debido en asuntos de orden ínfimo, de trascendencia escasa; desde hace algunos años padecemos la tontería doctrinaria; creemos que todo es cuestión de principios y de discusiones, en las que la pasión y el afecto personal intervienen; los provechos materiales para la ciudad se relegaron a segundo término (…). Imitemos a dos poblaciones celosas de su prosperidad, Barcelona y Aalicante, y no olvidemos que las ciudades que quieren realizar algo en su favor, pueden siempre, porque los gobiernos abandonan a los indolentes y protegen a los laboriosos”.

Valencia. Literatura. Arte. Actualidades, 22 de agosto de 1909.

39 comments

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  1. Chesana

    El otro día en el canal autonómico Canal 9 y con relación a este tema del Cabañal, salió una señora que posiblemente estuviera más cerca de los 80 que otra cosa diciendo que le querían tirar su casa, donde había vivido toda la vida, donde había criado a sus hijos y muerto su marido. Con esa tristeza que no hace aspavientos, preguntaba que dónde iba a ir con la edad que tenía. El periodista le contestó: con sus hijos. La mirada que le dedicó la mujer era un todo envuelto en el silencio.

  2. jserna

    Chesana, muchas gracias por esta información. Esto que nos cuenta es doloroso. Y es triste, como dice.

    Estoy reproduciendo un texto antiguo, de hace muchos años que describe la vida de las playas en Valencia. No digo todavía de cuándo es (aunque se puede adivinar) ni tampoco digo de dónde procede ni a lo que va a llegar. Ya verá.

  3. David P.Montesinos

    Josefov es el jewish quarter de Praga. Debe su nombre al Rey José, que dignificó las condiciones de vida de la comunidad judía, asentada en la ciudad desde el siglo X, con la promulgación del Edicto de Tolerancia, que reconocía las aportaciones de la comunidad a la prosperidad de la capital. Cuando se permitió a los judíos instalarse fuera del ghetto, fueron los mercaderes más ricos los que fueron abandonando Josefov, y eso terminó siendo fatal para el barrio. Fue degradándose, y se convirtió a los ojos de los praguenses en un lugar pestilente, un entramado viscoso de callejuelas sucias y propensas a todo tipo de negocios turbios. Era preciso dejar que el barrio se deteriorase para legitimar la empresa de “higienización urbana” que supuso su demolición definitiva antes de la Gran Guerra. De aquel lugar aparentemente maldito quedaron el Golem o los recuerdos del joven Franz Kafka, cuya obra ya nunca dejó de tramarse bajo la memoria del barrio donde transcurrió su niñez. Solo dejaron las sinagogas y ese cementerio judío que deslumbra a quienes visitan la ciudad. A su llegada, los nazis comprobaron que aún quedaban judíos en las nuevas calles de trazado al estilo moderno napoleónico, de manera que, tras enviarlos a los correspondientes campos de exterminio, se plantearon derribar los últimos restos de Josefov, las tres -bellísimas- sinagogas, el viejo ayuntamiento judío, el antiguo cementerio… “Son muy bellas”, les dijeron, y entonces a un jerifalte invasor se le ocurrió la luminosa idea de conservar la sinagoga mayor y convertirla -atención- en el ¡Museo de la Raza Extinguida!

    Bien, cuento todo esto porque creo que toda esta serie de “higiénicas” barbaridades a las que llamamos urbanísticas, pero que en realidad lanzan las excavadoras contra materia tan humana como los recuerdos, las costumbres, los entramados familiares… se planean con frecuencia desde un trasfondo moral siniestro. Siempre es el mismo cuento, y por cierto, ojo con Ruzafa, el barrio se deteriora porque hay maneras de dejar que se deteriore, el interés de la ciudad… ¿No les llama la atención que ahora consell y aytmto anuncien grandes inversiones sobre el barrio que han estado dejando que se pudra desde hace tanto tiempo?

    No sé si es o no conveniente la Prolongación para Valencia. Sí, la salida al mar, vieja cuenta pendiente y todas esas cosas. Yo me pregunto si hay más interés que el de construir fincas nuevas y enriquecer a unos cuantos,pero yo es que soy muy malo y tengo una imagen enfermizamente negativa de los planes urbanísticos de los ayuntamientos españoles, qué le vamos a hacer. Y sobre todo, me pregunto si a los habitantes del Cabanyal a los que no les van a derribar sus casas se les ha ocurrido ponerse en la piel de esos a los que sí les toca el Plan y que van a cobrar un dinero como compensación que les da para un cuchitril y con el que posiblemente no podrán seguir viviendo en el barrio, no desde luego en las nuevas casas que se hagan. “Váyanse, ustedes nos molestan”, es esto lo que viene a decírseles a los damnificados y por lo que lucha Salvem, la pura dignidad. “Que venga gente nueva”, dicen algunos,”reactivarán y modernizarán la vida del barrio”. No sé -lo digo en serio- si hay que hacer la prolongación, a veces hay que transformar el mapa de una ciudad, pero me cuesta imaginar un proyecto de la señora Barberá que beneficie de verdad a la ciudadanía y no a los especuladores, o que piense en los peatones y no en los coches, o que piense en el bienestar y no en el dinero. No sé si se debe hacer, pero sé que no se debe hacer como lo están haciendo -ahora por Decreto Ley, es decir, por cojones, lo que faltaba-. Conmigo no cuente, yo votaré a quien le sitúe a usted más cerca de la derrota. Quiero un futuro sin Rita Barberá, y les animo a ustedes a hacer lo mismo.

  4. aleskander62

    Si se hiciera una prolongación sensata, con edificios bajos y el máximo respeto, quizá no sería tan negativo. Lo malo es, efectivamente, abrir una vía demasiado ancha y perder el sabor de las calles de Valencia y El Cabañal, en este caso.

  5. Alfredo

    Lo que me pregunto es si después del daño que han hecho al barrio, su abandono, los derribos ¿puede volverse hacia atrás la maquinaria destructora?

    ¿Qué hemos hecho para merecernos un Partido Popular tan ignorante que por un lado se dicen amantes de las tradiciones y por el otro de la piqueta especuladora?

  6. David P.Montesinos

    Sospecho, Aleksander -y conste que la opción a la que se refiere me parece plausible- que si lo hicieran de esa manera resultaría menos rentable porque con casas bajas habría menos viviendas, y resultaría menos favorable para el tráfico porque cabrían menos automóviles… ¿se da cuenta? Esa es la mentalidad que tienen. Y por cierto, sospecho que están para pocas bromas en cuestiones de rentabilidad, el ayuntamiento de Valencia está endeudado hasta niveles aterradores, Bancaja se ha cansado de darles pasta… pero, tranquila, alcaldesa, la culpa no la tiene usted, sino la crisis y ZP.

    Otra cosa. He visto “La cita blanca”, de Michael Haneke, impresionante, no tengo palabras, obra maestra al nivel de clásicos como “Rocco y sus hermanos”, con la que comparte la vocación de revelar las claves secretas de la constitución de la identidad del ciudadano europeo en los años decisivos previos a la Gran Guerra. Imprescindible para todos, pero especialmente para especialistas en historia moderna, lo siento, Serna and company, pero les toca ir al cine hoy.

  7. jserna

    David, le agradezco la sugerencia. Teníamos previsto ir hoy mismo a ver dicha película. Los elogios que usted le dedica confirman nuestra decisión.

    En cuanto al texto que estoy reproduciendo, de verdad: es un texto de hace años y años y ya verán con qué avanza y finalmente con qué acaba. El pasado como ilustración…

  8. Pumby de Villa Rabitos

    Me deja usted patidifuso con la lectura que ha seleccionado de la revista “Valencia” de hace un siglo y un año, señor Serna. Decir que “seguimos igual” sería aminorar el impacto de la evidencia: vaya ciudad de memos que tenemos. Claro que, por otra parte, es un buen explicativo del porqué mientras Zaragoza o Barcelona siguieron ejerciendo una capitalidad de facto sobre Aragón y Cataluña desde que se nos redujo al fuero castellano, en el XVIII, hasta hoy, la ciudad de Valencia a duras penas se puede considerar “la capital del Túria”, o sea, del trozo de río – con sus comarcas ribereñas – que, al pasar por el País Valenciano, toma tal nombre. Es que hasta el Xúquer parece distante y ajeno a los quehaceres liliputienses y destructivos de los capitalinos, gente honorable y fallera, sí, pero sólo eso, con su honor (que ellos sabrán cual es) y su falla (que esa la padecemos todos anualmente). Creo que también me explica la actitud de Vicente Ferrer cuando se exilió del antiguo Reino, pero, bueno, esto es otra historia,,,

    Fuera de tema. Rigurosa queja al sr. Montesinos:

    A ver, don Alejandro, de verdad, por amor de dos, ¿realmente era necesario escribir “jewish quarter” para indicar el “barrio judío” de Praga? Probablemente, si usted y yo nos encontráramos en la calle – los Dioses Inmortales no lo quieran – hablaríamos en nuestra lengua catalana; escribimos en castellano en este “blog” como lengua vehicular y no creo que los checos de raza hebrea usaran la bárbara lengua del divo Shakespeare para entenderse entre ellos. Entonces, ¿por qué? ¿por qué? ¿por qué?…

  9. Inés Climent

    Es un verdadero placer que este post sea de tan rabiosa actualidad y al mismo tiempo una reflexión sobre la destrucción, si me permite, de la memoria historia o de la historia vivida en este escenario urbano todavía lleno de vidas que defienden algo tan propio i tan intimo a la vez como su barrio, sus casas.

    Es increíble que todavía en el siglo XXI, con leyes de protección del patrimonio, con “mayor” conciencia ciudadana de la necesidad de conservar el patrimonio los políticos se empecinen en destruir, sin más pretensión que la de especular, un barrio tan singular, tan nuestro como El Cabanyal.

    Cada vez que voy a comer a la playa de la Malvarrosa me acuerdo de las pequeñas casitas modernistas que recorrían el paseo delante del mar. Cada una con su encanto especial con los ladrillos de colores formando dibujos geométricos, con los balcones de forja, imitando flores. Tan pequeñas, tan humildes, tan coquetas, tan dignas, tan dulces. Eran un espectáculo en sí mismo, como si el pueblo llano hubiera encontrado la traducción perfecta del modernismo de las grandes casas de la calle La Paz y disfrutara tanto de este estilo como los burgueses.
    Espero y deseo que el barrio permanezca vivo, que no sucumba a la especulación y que podamos pasear por sus calles, a pesar de la degradación que ahora padece. Espero que no llegue nunca el día en el que sólo tengamos que recurrir a los cuadros de Sorolla o a la narración que cita para recordarlo.

  10. R.S.R.

    Unos días despistada por los tiempos de la Segunda República e inmersa en unas cartas de amor, de un amor desesperado y apasionado como fue el de Pedro Salinas por Katherine Withmore, y me encuentro con un nuevo post.
    Se acabó la identidad fotográfica y “cinematográfica”.
    Hablamos de una nueva identidad: la geográfica, la ligada al lugar, de los vínculos que los seres humanos establecemos con nuestro espacio vital y de la destrucción, de los efectos que ese desarraigo del lugar produce en las vidas particulares.

    Sr.Montesinos, yo tampoco sé que hay que hacer con el Cabañal, pero llevo ya los suficientes años en esta ciudad como para haber visto algunas cosas.Por ejemplo, toda la expropiación de la huerta en la zona de la Carrera en Corts donde muchos abuelos se han quedado sin su casa, sin su huerta que era su medio de vida por una cantidad de dinero que no le permitía adquirir una vivienda digna.

    Como exhabitante de Ruzafa, he comprobado que la zona más próxima al “parque central” se ha consentido , permitido y fomentado el deterioro más absoluto , se ha trasladado hasta una conflictiva inexistente entre los vecinos de Ruzafa contra la población inmigrante, para luego justificar la demolición o rehabilitación de finca antigua a unos precios prohibitivos. Despropósitos urbanísticos ha habido muchos, claro que no tan emblemáticos como el cabañal, ni con un tejido social o movimiento vecinal tan organizado. Y ahora con el decretazo, qué quieren que les diga, yo pienso que lo van a llevar adelante, porque en este tipo de cosas hay una política de hechos consumados, una vez derriben a ver qué pasa.

    PD: Sr.Pumby no he olvidado que en el post anterior no contesté a una pregunta suya ¿Me gusta Marco Didio Falco? Cómo no iba a gustarme un personaje tan divertido e inteligente y, ciertamente ahora que me hizo buscar el libro,( sí, sí lo busqué y lo repasé) tiene cierto parecido en su verbo e inteligencia con un felino cuyo nombre no voy a decir. Establecí relación con él, con Marco Didio Falco, en 1995,(lo sé ,no por mi memoria sino por mi buena costumbre de poner la fecha en los libros ) aunque después dejé de seguirle y realmente no encuentro una explicación a ese hecho.
    ¿Soy como Helena Justina? no sé como ha evolucionado ese personaje, así que no sabría decirle.

  11. David P.Montesinos

    Conozco, R, el tema de Russafa y es tal y como usted lo relata, aunque no soy tan pesimista con el Cabanyal, esa guerra no está perdida con el decretazo, es preciso que no cunda el desánimo.

    Pumby, ya sabe cómo me gusta irritarle. Es cierto no obstante, en este caso no había razón para el barbarismo, simplemente quería impresionar al auditorio. Yo también le quiero.

  12. jserna

    “¿Qué estás pensando?”, me dice el recuadro de la plantilla de mi página en facebook. No pienso exactamente. Estoy asimilando la película La cinta blanca, de Michael Haneke, que me parece sutil y excesiva, penetrante aunque demasiado discursiva: podría ser igualmente desasosegante sin tanto refuerzo verbal. Contrariamente a lo que algunos dicen, no lamento su larga duración. Las cosas suceden lentamente en el medio rural y en la vida corriente.

    Estamos a principios del siglo XX en un pueblo del norte de Alemania y la electricidad no ha llegado a aquel paraje en el que transcurre la acción. El mundo está cambiando pero allí las cosas continúan igual. O eso parece.

    La fotografía es exactísima, así como la dirección artística: un blanco y negro de cine mudo, de vieja foto de tarjeta postal o de tarjeta de visita. El vestuario –la indumentaria en fin–, la ambientación y el aspecto de los personajes son absolutamente verosímiles, atinados. Se les ve con trajes arrugados con alguna levita mugrienta, con pelos grasientos. Hay poco aseo en ese pueblo blanco y presuntamente inmaculado. Quizá los personajes son algo arquetípicos, pero, bueno, en un medio en el que todo es previsible y está fijado la conducta tiende a lo establecido. Es un retrato de caracteres particularmente marcado y cruel en el pastor protestante y en el médico y… en los niños.

    Pero, desde mi punto de vista, hay una incongruencia relativamente grave en el relato: el narrador, un anciano, recuerda en voz en off sus años jóvenes (cuando contaba treinta y tantos); recuerda hechos públicos que sucedieron en ese pueblo alemán inmediatamente antes de 1914. La película es dicho relato: se nos muestra en imágenes lo que sucedió, la intimidad de los hogares, la violencia masculina, adulta, infantil…, la humillación femenina. Esas escenas y secuencias son verdaderamente angustiosas, necesarias y repulsivas: así eran nuestros antepasados. En Alemania, pero también en Inglaterra o en cualquier otro país: una comunidad pequeña encierra el mal y la violencia como sus nutrientes perversos.

    ¿Cuál es la incongruencia narrativa? La incoherencia estriba en que el espectador sabe más o ve más de lo que el narrador podría saber y decir, siendo como es el hilo conductor. Entonces quien cuenta y quien ve no coinciden. Grave defecto. Otra cosa es lo que el espectador no ve gracias a las elipsis y las puertas que cierran ciertas intimidades y brutalidades. Es todo un examen visual y moral.

    Me han disgustado especialmente los comentarios críticos ditirámbicos y desafortunados que hacen depender lo que vemos del nazismo, del origen del nazismo. El nazismo es una referencia extraña, ajena al film. Lo último que vemos es a unos jóvenes que van a ser movilizados… en 1914.

    El nazismo no nace en la pequeña comunidad rural de esa Alemania profunda. Nace en la ciudad. Es un fenómeno preferentemente urbano. Otra cosa es que en la aldea el estallido de la guerra se tome como una salida para escapar de los lazos primarios y opresivos. Aunque rural, aunque alemán y no austríaco, el mundo descrito es muy freudiano: los niños son sensuales y perversos siempre (o a tiempo parcial), la educación extremadamente severa y rígida entraña crueldad (potencialmente la víctima convertida en verdugo); las casas eran templos reservados, el recinto del secreto malsano.

    Por otra parte, sólo hay dos personajes positivos que escapan verdaderamente de la moral severa de la comunidad luterana: la baronesa (tiene estudios y sensibilidad) y el maestro, que regresará al oficio del padre: abrirá una tienda en la ciudad, una zapatería. ¿Les he revelado cosas que no debería? Como se decía antes, es la atmósfera lo mejor. Como es lo mejor la caracterización de los personajes.

    Como ven, me he salido del tema.

  13. Pumby de Villa Rabitos

    Paréntesis cinematográfico. Me entero esta mañana que le han dado el Globo de oro a la mejor película extranjera a “La cinta blanca”. Un resultado que me ha dejado perplejo, no porque o se la diera a “Los abrazos rotos” (¡gracias a los Dioses!) o alguna que otra actriz a la que aborrezco cordialmente, sino “al gran premio”, o sea, tradicionalmente, a la mejor película en el género de drama… y el güiner es… “Avatar”… Delirante. Si los Globos de Oro quieren presentarse como la cosa fina antes de la pachanga de los Oscars, tildar “Avatar” de drama es, valga la terminología teatral, trágico. O indicativo. Indicativo del ambiente intelectual que se vive en la América obamiana, supongo que todavía convaleciente de la descerebración de tantos años con Bush. Repito, ¿se dan cuenta? el mejor drama… drama… “Avatar”. Por las Nueve Musas, si ese es el mejor drama filmado en los EE. UU. el último que apague.

    Respecto a “La cinta blanca”, vaya por delante que no la he visto, sin embargo, las argumentaciones de don Justo me parecen de todo punto correctas. Sólo un matiz respecto a los orígenes del nazismo. Una escena que comentamos en este mismo “blog” de la película “Cabaret” (Bob Fosse, 1972) puede que nos oriente. La acción transcurre unos veinte años después de cuando acaba “La cinta blanca”, digamos a principios de los 30 o, venga, finales de los 20. Me refiero a la de la fiesta campestre. Unas honradas familias campesinas, alemanas, claro, repletas de bondad natural (la montaña, el cielo azul, las cabritillas heidianas trotando por las proximidades, la mesa comunal, las sonrisas y la felicidad del bucolismo), comienzan a cantar, con la blanca voz de un doncel de facciones inequívocamente arias (bueno, lo que los nazis entienden por arias), una cancioncilla rural que, poco a poco, en la medida que la cámara va abriendo plano lentamente, se va transformando en una aguerrida canción guerrera y el tímido doncel en un energúmeno de las Juventudes Hitlerianas. Para verlo, los protagonistas han tenido que salir de su ámbito urbano – el propio del cabaret – donde ya han visto el caldo de cultivo del nazismo en plena ebullición, para ver lo que considero substancial: es en el campo como se consolida el nazismo, no es en la ciudad.

    La ciudad, como afirma Goebles, es el “campo de batalla”, el campo alemán, por el contrario, es el espacio de crecimiento. En ese sentido, el NSDAP nace y se forja en las calles (a las “Waffen SS les llaman despectivamente los miembros del Ejército alemán “los soldados del asfalto”) porque en las calles están sus enemigos: los liberales, los socialdemócratas, los comunistas, anarquistas, judíos, cristianos progresistas… en el campo no los hay, el nazismo se acepta de forma inmediata y apabullante. ¿Por el carisma de Hitler que en diez años pasa de ser un agitador extranjero en Munich a ganar arrolladoramente las elecciones democráticas del 33? No. Por que Hitler, o sea, Goebles, ha sabido trasladar el confuso ideario nacional-socialista de principios de los 20 – un mejunje sin pies ni cabeza – al pálpito social de la Alemania derrotada/traicionada en la Primera Guerra Mundial, una Alemania, básicamente, agraria que se concreta en la presencia permanente de las “Freikorps” en las calles alemanas. Una organización paramilitar, proveniente de forma directa de las trincheras del 18, que la República (burguesa) de Weimar no dudará en “permitir” con tal de que colapse los intentos comunistas de llegar al poder. Las “Freikorps” estaban compuestas, básicamente, por personas de campo que vivían en la ciudad. Sólo cuando las SA las absorban comenzaremos a ver cabecillas urbanos en las fuerzas de choque de la extrema derecha, sin embargo, el grueso de éstas seguía teniendo su origen, fundamento y respaldo en el campo. Los resultados electorales del 33 son definitivos en esto, el NSDAP arrolla por los votos obtenidos de las zonas agrarias, no de las urbanas.

    Así que sin negar los razonamientos de don Justo, sí me gustaría incidir en esto, más que nada por no perder otro asunto que se trató en este “blog”, el de las lecturas de Hitler, en el cual, de pronto, aparecía este señor como una persona normal y corriente. Ya ha pasado tiempo más que suficiente como para ver la figura del dictador alemán dentro de unos parámetros más racionales que las tradicionales explicaciones absurdas que lo ubican, poco menos que como omnipotente, a la vez que loco, y a su partido tan pronto como todopoderoso, como inexistente. Entender el nazismo dentro de un discurso racional, supone poder comprender que un movimiento que tuvo unas consecuencias tan dramáticas para el mundo, surgió de un caldo de cultivo muy anterior a la figura de una persona y de un partido. Primera enseñanza: las cosas no surgen de la noche a la mañana por más que la modernidad esté empeñada en lo inmediato como una explicación del presente. Y que ese caldo no es tan extraño, ni singular, ni irrepetible en la vida europea como se nos plantea cuando se lanza sobre Hitler y el NSDAP la total responsabilidad del nazismo. Segunda enseñanza: “la bestia” está entre nosotros, despertarla o estrangularla en su sueño, depende de cada generación, y en la nuestra, y en España, hay una peligrosa deriva a actuar como despertadores.

    Cierro el paréntesis del cine. Ya volveré con los asuntos del urbanismo que me he extendido mucho con esto.

  14. jserna

    Muy rápidamente, sr. De Villa Rabitos. Su respuesta merece mayor detenimiento, pero ahora no puedo. El nazismo idolatra la vida campestre: es su fantasía comunitaria, el lugar de los lazos primarios, la tierra, la sangre, los antepasados. No me desmienta esta afirmación, que juzgo correcta de acuerdo: “El nazismo no nace en la pequeña comunidad rural de esa Alemania profunda. Nace en la ciudad. Es un fenómeno preferentemente urbano”. Y desde la ciudad se extiende y se afirma. Aparte, ya digo, de la comunidad rural, la fantasía del nazismo, esa vuelta a la naturaleza. Pero eso no puede llevarnos a decir que estamos ante “una Alemania, básicamente, agraria”. El nazismo es un modernismo reaccionario.

    Ya sé que usted es un gato muy leído, pero le propongo que lea o relea la autobiografía que aquí comentamos (https://justoserna.wordpress.com/2009/11/14/la-vida-ordinaria): la de Rudolf Höss, una vida de bronca y disciplina, de guerra y de camaradería recia, viril, en los Freikorps, una vida familiar con granja y jardín… en la ciudad. En Baden Banden, el balneario imaginado.

  15. Pumby de Villa Rabitos

    Don Justo, sospecho que me ha leído usted muy apresuradamente. No estamos diciendo nada substancialmente diferente. En efecto, el nazismo es implícitamente urbano. Ya lo reiteré en mi anterior intervención. Sólo matizo que si no llega a ser por el apoyo masivo de la población rural – a la que, en efecto, el nazismo mitifica – el NSDAP no hubiera ganado las elecciones del 33. En la ciudad el nazismo tenía rivales (los enumeré), en el campo no.

    Por otro lado, que la Alemania de 1918 fuera una potencia industrial no niega, en absoluto, que su Sector Primario fuera social y económicamente fundamental en su vida. De ahí que subrayara que hasta que no aparecen las SA (que, confirmando la premisa, son grupos violentos organizados en y para la ciudad), las Freikorps están compuestas, fundamentalmente por personas procedentes del mundo agrario que actúan en cualquier punto de Alemania aunque se radiquen en las ciudades durante la década de los veinte.

    Recordemos que como, lamentablemente – y no lo digo por usted, obvio –el fenómeno del nazismo suele analizarse desde la ideología, solemos perdernos elementos significativos que nos explicarían de forma más razonable y comprensible las cosas. Así lo que suele despacharse como un mero “grupo de matones” – las Freikorps –, apenas una anécdota preparatoria de “los camisas pardas”, en realidad es parte substancial en la extensión del NSDAP por toda Alemania en un tiempo record. Las Freikorps tienen su origen directo en la reforma militar que experimenta el ejército alemán durante el mismo transcurso de la Primera Guerra Mundial (otro dato que suele soslayarse). De tal forma que las primeras unidades que van, innegablemente, repartiendo mamporros y tiros por las ciudades son las mismas – con la misma uniformidad, jerarquía, componentes y mandos – que unos meses antes actuaban como unidades militares de igual nombre (de ahí su eficacia). Y aquel ejército – el alemán de la PGM, antes y después de la reforma – seguía siendo el ejército prusiano sobredimensionado, y por ende, controlado totalmente por la casta ”junker”, o sea, la de los grandes propietarios rurales de la Alemania Oriental.

    Precisamente, la raíz urbana del NSDAP y la procedencia austriaca de Hitler será lo que acabe definitivamente con aquel ejército agro-prusiano que diseñó Bismarck y que sólo tenía de alemán el nombre y los muertos. Será a partir de Hitler cuando, realmente, los todos los alemanes pueden acceder en pie de igualdad al ejército nacional.

    Don David, perdóneme usted, abrí el paréntesis cinematográfico de más arriba esperando dirigirme a usted cuando retornara al asunto de la destrucción de la ciudad y ya ve, he abierto una sucursal del paréntesis con el asunto del nazismo. En fin, veo que a pesar de mi odio visigótico hacia usted, tiene un carácter cabal y honrado que lo honra – lo cual aun me irrita más – así que no puedo mas que agradecerle su “mea culpa”. Yo también lo quiero.

    Doña R.S.R. lo mismo que le dije al señor Montesinos vale para usted pero no quiero dilatar más mi respuesta a sus comentarios, especialmente porque, aunque mi hermano Manel vive en la opulencia de su nueva mansión – Ámbar – yo lo hago, directamente, en pleno Russafa por lo tanto, conozco por puro empirismo el abandono al que se somete al barrio. Hay municipios de menos de cinco mil habitantes en el País Valenciano mejor dotados de servicios que el mío. No obstante, dejo para más adelante mis comentarios sobre la destrucción del medio urbano y me limito ahora a recomendarle, sin duda, que siga usted con la lectura de las aventuras del detective. Él y el mundo que lo rodea, crece y madura a lo largo de los sucesivos libros. La diversión está asegurada, la calidad histórico-arqueológica, queda fuera de dudas y funciona como un destacado desentumecedor neuronal: cuando la fatiga cunde, cuando las fuentes parecen fangales, los textos que redactamos, apuntes de un orate y el desánimo cunde… Marco Didio Falco es capaz de resucitar un muerto. El felino que sugiere le agradece el cumplido pero recuerde que cuando él se ve reflejado en el romano… es para compartir desdicha. En cuanto a Helena Justina… mmm… qué decirle, es toda una dama.

  16. David P.Montesinos

    Tengan cuidado si viven ustedes por Russafa, se empieza no dejando un puñetero parque ni un puñetero colegio y se termina metiendo las excavadoras. Si anda usted por ahí, Pumby, aguce el oído, cualquier día se los come algún plan higienizador.

    “La cinta blanca”. Lamento no coincidir, a mí me ha fascinado el film. La fuerza de sus imágenes, la densidad del relato, la cámara que angula siempre desde el lugar adecuado para que los acontecimientos se desenvuelvan por sí mismos, como si tuvieran vida propia. En eso ha consistido siempre la maestría del cineasta clásico: dominio perfecto de la técnica pero sin efectismo, que es una cosa muy distinta. Una vez más compruebo que el artista siempre “interpreta” la materia prima que es lo real. Si yo hubiera leído el guión estoy seguro que mi cabeza le hubiera puesto unas imágenes distintas a las de este film. Desde el primer fotograma entramos en un mundo visual hechizado… De hecho, y por lo que dice el narrador al final -“nunca regresé al pueblo, nunca volví a saber de ninguno de los habitantes”-, diríase que todo es un sueño. Pero no un sueño porque sea “falso”, es verdadero y bien verdadero lo que se nos cuenta con toda la crudeza, sino porque refiere un mundo que parece abortarse abruptamente, todo proyecto, toda esperanza salta por los aires, para lo cual el estallido de la devastadora Gran Guerra solo es una excusa, es la cultura intoxicada de un mundo feudal y puritano la que ya no se soporta por más tiempo, la marcha de ese pequeño burgués que es el maestro simboliza la destrucción de ese mundo.

  17. David P.Montesinos

    DISCULPAS. Se me está yendo un poco el santo al cielo y no he caído en que la mayoría no han visto la película. No he dicho hasta ahora nada que la reviente, pero por favor NO SIGAN LEYENDO SI VAN A VER LA PELÍCULA.

  18. David P.Montesinos

    Llevo rato pensando en la crítica que hace Justo a lo que entiendo como una forma de asimetría narrativa. ¿Error? Quiza “defecto”, quizá estrategia discutible, en ningún caso error grave, pues no destroza la película. Me pregunto por qué no me chirrió ese procedimiento tanto como a usted, pese a que, ciertamente, parece problemático.

    Me viene a la mente “Funny games”, lo último que se puede decir de su director es que desconozca las técnicas narrativas del cine contemporáneo (ya sé que usted no dice eso, pero quiero que se me entienda). Si yo le entiendo bien, el error está en que se nos ofrece un punto de vista subjetivo en unos momentos, y,en otros, al gusto de los intereses del autor, se nos da la información desde el omnisciente ojo de Dios que todo lo ve. Bien, buena crítica, pero creo que puede haber una explicación, intento esbozarla. El hilo conductor de la historia que es el maestro resulta tenue, la visión subjetiva que supuestamente es el relato -se trata de un flash back, dicho sea para hacer rabiar a Pumby- solo afecta a la trama de acontecimientos asociados a los crímenes. Hay todo otro orden que usted describe bien y que tiene que ver con palabras de poder en la oscuridad de las estancias, golpes de vara tras las puertas, cadáveres que se lavan, actos sexuales más propios de un orden de esclavitud y sumisión… Todo eso no lo cuenta el maestro porque esa es lo que verdaderamente importa del film. Sospecho que Haneke sopesó la posibilidad de ofertar una multiplicidad de miradas, visiones fragmentarias de un mismo problema como las del Kane de Hitchcock, donde no se cae en esta asimetría a la que nos referimos. No sé por qué no lo hizo, acaso quiso someter los hechos a la palabra de un hombre sin datos suficientes para entender la lógica surreal en la que se desgrana tanta violencia. ¿Por qué? Precisamente para que el espectador vea que es mucho más la maldad de unos niños lo que se nos está contando. La clave de lo que intento defender es que al espectador nunca se le muestran los crímenes. De ello sabemos lo mismo que el narrador. Usted y yo deducimos, junto al maestro, que han sido los niños, pero nunca se nos mostró quien puso el cable entre los árboles ni quien quemó la casa, ni quien… etc. El autor no nos concede licencia para presenciar lo que no presencia el testigo en cuanto a los crímenes, sí para entrar en las casas, sí para presenciar, o para que se nos sugiera, desde las puertas que se cierran, aquello que de alguna forma no puede ser contado.

  19. David P.Montesinos

    Leo con enorme interés lo que tanto Justo como Pumby dicen del nazismo. Hay algo que no entiendo, no recuerdo alusiones directas al nazismo, no sé si en lo de las críticas y ditirambos se refieren a cuestiones de la propagando mercadotécnica del film o a comentarios que se han hecho sobre él,pero en lo que yo he visto y recuerdo, que no es otra cosa que la película, no se infiere que Haneke quiera contarnos el origen del nazismo. No voy a cometer la imprudencia de meterme en el jardín del origen urbano del nazismo. Entiendo que los dos contertulios aportan datos e interpretaciones verdaderas y que cada uno carga tintas sobre lo que el otro no dice. Por mi parte, sí advierto cierto pre-nazismo en el film. El grupo de niños que reaccionan de manera monstruosa a la carga de disciplina casi sádica y violencia institucionalizada, la sumisión interiorizada que se convierte en una fría máquina de venganza, la represión como forma de vida. Quizá haya quien vea en el pajarito ritualmente “entijerado” el símbolo de la República de Weimar destruido por sus hijos… Quizá los jóvenes que extendieron una forma ritualizada y sistemática de persecución en la Alemania de los años treinta tienen en estos jóvenes de Haneke su trasunto.

    Quizá, pero lo que yo veo desborda los lindes del tema nazi. Veo una sociedad rural incapaz ya de contener sus propias contradicciones. La película me parece en este sentido profundamente marxista. Hay un modo productivo puramente feudal, con todo su correspondiente andamiaje ideológico, cuyas tensiones internas están empezando ya a entrar en erupción. Los dos jóvenes ajenos al pueblo, la mujer adúltera del barón… hay importantes señales que están llegando y que avisan que el viejo orden ha superado ya su fecha de caducidad. No estoy ilustrado como para decir que “eso” causó la dos grandes guerras y por ende los fascismos. Se me ocurre que acaso la Europa profunda no estaba suficientemente preparada para asimilar en todas sus consecuencias la revolución burguesa, la modernidad ilustrada, las instituciones demoliberales… No sé, quizá el fascismo fue, como dice Justo, un modernismo en el peor sentido, una reacción populista al temor casi freudiano a quedarse sin autoridades destinadas a darnos órdenes. Hitler o Franco se instalaron astutamente en ese vacío… No sé, creo que ustedes conocen mejor todo ese tema.

    Lo que sí creo -y disculpen si soy demasiado apasionado defendiendo este film que me pareció conmovedor- que se nos está contando como se constituye la identidad del individuo contemporáneo, en una medida similar, con la misma densidad con la que Visconti,por ejemplo, lo hizo en “Rocco y sus hermanos” o se hizo en España más tardíamente con la maravillosa “La mitad del cielo”. He pensado en esos films al ver “La cinta blanca”. Quizá se trata de saber qué hubo que dejar en el camino para llegar a donde estamos. Y ya no les doy más la murga.

  20. Alejandro Lillo

    Saludos, contertulios todos. Obligado por esas estructuras que tan brutalmente se nos imponen, he debido atender a mis obligaciones contractuales con cierta librería bajo pena de la pérdida irreparable de mi actual y más importante forma de sustento. Es decir, que hoy ha sido mi primer día de trabajo tras el feliz nacimiento de Helena. Debido a esta desafortunada circunstancia (la de trabajar, digo, lo otro es gloria bendita) he podido escribir tras casi quince días en este agradable y placentero blog. No duden que podría disertarles magníficamente sobre el carácter urbano del nazismo y opinar con criterio sobresaliente sobre “La cinta blanca”, sin importarme, además, no haberla visto, pero no lo voy a hacer porque estoy casi TAN cansado, TAN cansado como feliz. Supongo que poco a poco iremos apareciendo con más asiduidad por aquí. Aprovecho ahora para darles a todos las gracias de corazón por las muestras de afecto que, a través de este medio u otros, nos han dispensado a Helena, a Isabel y a pí pispo. Espero que pronto, cuando mejore un poco el tiempo, podamos reunirnos y presentarles personalmente a Helena. Saludos y abrazos.

  21. jserna

    No me tomen por desconsiderado, sr. De Villa Rabitos y sr. Montesinos. Ha sido un día duro. Les contesto dentro de un ratito.

    Abrazos a Helena y a sus padres.

  22. jserna

    Sr. Montesinos, la película –como usted dice– es fascinante. En un doble sentido.Por lo que vemos, las contradicciones sociales, las realciones de pareja o paternofiliales. Nos muestra con síntesis expresiva la crueldad. ‘El mundo de ayer’, de Sweig, tan ordenado y distinguido, es aquí el mundo de la ferocidad. y es fascinante por el modo en que vemos las cosas, esa fotografía. El relato –lo que sabe el narrador y lo que el espectador ve efectivamente en el interior de los hogares y de las alcobas– es contradictorio. Podría haber narrado desde un punto de vista atendiendo a una perspectiva o podría haber mostrado las cosas desde un punto de vista omnisciente. Ha mezclado ambas, con lo que el narrador anciano es algo sobrante: desde el punto de vista narrativo.

    Siento dejarles ahora. Luego vuelvo y sigo. Perdónenme.

  23. Pumby de Villa Rabitos

    Maldita sea, don David, el señor Cabañalero tiene razón. Y asumo mi propia culpa. Me tentó el asunto del origen del nazismo – presuntamente tratado en la película que nos recomendó y que acababa de ganar el Globo de Oro – precisamente por su vínculo con la conformación de una sociedad tan satisfecha como alienada, algo que subyace en todo este asunto de El Cabanyal. Y permítanme que use su topónimo valenciano porque si ya vemos que un interesado en el tema, el antedicho señor Cabañalero, hasta ignora su gentilicio, “cabanyaler” o “cabañalense” si lo quiere hacer en castellano, ello nos está indicando el punto de degradación al que está sometido ese barrio, antiguo municipio fagocitado por la capital burguesa del XIX, el primer paraíso de la especulación con el ladrillo.

    Yo le propondría, señor Serna, aparcar nuestra presunta disconformidad – que le insisto, no acabo de ver del todo pues pienso que seguimos diciendo, fundamentalmente, lo mismo – en el asunto de los orígenes sociales del nazismo, soslayemos el tema cinematográfico al menos provisionalmente y retornemos a la cuestión que demanda nuestra atención desde el “post”, la destrucción urbana en nombre del progreso, precisamente de la mano de las fuerzas más reaccionarias de la derecha del PP (que ya es derecha, ya). ¿Qué le parece a usted como magister del “blog”? ¿qué le parece al resto de contertulios?…

    Ah y don Alejandro, me alegro enormemente de volver a leerlo. No obstante, conocedor de la existencia de un nuevo miembro en su familia, comprendí esa ausencia que, no lo dude, le envidio. A sus pies, doña Helena, doña Isabel.

    Como voy un poco de cabeza esta mañana, regreso esta tarde, si la aeronáutica europea me lo permite. Prometo regresar con artillería sobre la cuestión urbanística. Les adelanto algo: más allá de la corrupción, más allá del ladrillazo, la destrucción urbana y la reedificación “moderna” en los espacio públicos “saneados” (!) conlleva toda una serie de elementos de desarticulación comunitaria, humana, y de ejercicio de poder autoritario, político, que dibujan muy claramente un propósito autocrático del que no se escapa ni las mejores democracias formales… que por ahí también van los tiros cuando la alcaldesa pide, aguadentosa y demagoga, “preguntar a los vecinos”… vecinos a los que, a la vez, está chantajeando.

    Por cierto, que no estaría de más, que el señor Cabañalero atendiese la sugerencia de don David y aportara algo al dabate, además de su protesta.

  24. Pumby de Villa Rabitos

    Uy, perdón. Lo de doña Rita es voz aguardentosa, no “aguadentosa” como escribí. Y ya saben, no es un insulto, es una descripción que el DRAE atiende de una forma muy específica.

  25. Marisa Bou

    Queridos contertulios: no piensen que estoy soslayando a propósito el tema del Cabanyal, barrio vecino al mío de nacimiento, en el que discurrieron no pocos años de mi niñez y adolescencia. Los motivos de mi silencio han sido ajenos al blog, y no les cansaré con explicaciones.

    Ni qué decir tiene que mi posición, en el caso que nos ocupa, es de absoluto rechazo personal, de indignación ciudadana y de adhesión a la causa del colectivo que lleva tantos años oponiéndose a esta canallada, perpetrada (o a punto de perpetrar) en nombre de no sé qué progreso, como no sea el de las cuentas corrientes de los constructores que piensan forrarse a cuenta de ella.

    También me ha resultado muy interesante, muchísimo, la detallada descripción que hacen de la película “La cinta blanca” -que iré a ver apenas pueda- y del contexto sociopolítico que aparece, como un telón de fondo, en la narración de unos hechos que, claramente brutales, no son, por desgracia, extraños a la historia de ninguna sociedad ni qa ningún país.

    Pero no intervendré en este debate más que como ávida lectora, pues carezco, en estos momentos, de tiempo suficiente para otra cosa.

    Mis afectuosos saludos para Alejandro, Isabel y Helena.

  26. jserna

    1. Sr. Cabañalero, sea usted bienvenido. En este blog se habla del tema del post o de otros temas colaterales que surgen al calor del debate. O sea: si queremos hablar de películas, hablamos. Eso es lo que hemos hecho el sr. Montesinos y los demás contertulios.

    Yo he reproducido parte de un larguísimo artículo titulado ‘Nuestras playas’, que tiene inmediata y obvia relación con El Cabanyal. He exhumado, que diríamos en espantosa metáfora, un documento antiguo y, a la vez, muy actual. Luego, ustedes verán. Mañana, además, aparecerá en El País una columnita mía sobre un asunto muy próximo al de este barrio. La he titulado ‘Retrato feo’.

    2. Sr. De Villa Rabitos, como usted dice, es probable que nuestra discrepancia sobre el origen del nazismo sea mínima. Lo que no estoy de acuerdo es en que ‘La cinta blanca’ trate del origen del nazismo. El nazismo no se entiende sin la ciudad y sin la Gran Guerra. Y la película acaba, justamente, antes de esa fecha y antes de la ciudad. Y hasta aquí puedo leer.

    Por otra parte, yo no creo que el nazismo tenga algo que ver “con la conformación de una sociedad tan satisfecha como alienada, algo que subyace en todo este asunto de El Cabanyal”. En la película se aborda, sobre todo, la crueldad, la ferocidad, más que la pasividad o la satisfacción de una sociedad inmóvil. Y sí: yo creo –como analizó brillantemente Jeffrey Herf– que el nazismo es un modernismo reaccionario.

    Pero no discutamos sobre esto, que si no nos reprenden.

    3. Sra. Bou, saludos afectuosos.

  27. jserna

    Oiga, la poca o mucha idea que tenga la administraré como crea conveniente. Buenas tardes.

  28. Alejandro Lillo

    No sé si alguien lo ha mencionado a lo largo del debate, pero los burgueses del XIX, con respecto al urbanismo, eran bastante brutos. Cuando hacia 1860 los prohombres valencianos proyectaron la apertura de la calle de la Paz, no les importó demoler todo auquello que se les interpuso en el camino, incluyendo algunas casas notables por sus frescos (algunos aún se conservan). No sé si sabrán que el proyecto original de la apertura de esta calle se proponía unir el mercado central con el camino que conducía al puerto. A los burgueses que promovieron esta apertura les hubiera gustado trazar una calle recta y ancha que efectivamente llegara hasta el mercado central, lo que hubiera significado, entre otras cosas, la demolición de la torre de Santa Catalina. Afortunadamente lo caro del proyecto, las protestas vecinales y los vainenes políticos les hicieron desistir del proyecto.

    Bueno, pues lo del Cabañal me recuerda un poco a eso, solo que 160 años después. Nuestros dirigentes se muestran con las ideas urbanísticas de hace dos siglos. ¿No hemos aprendido nada en todo este tiempo?

  29. Pumby de Villa Rabitos

    Sea, don Justo. Por cierto que con su último comentario ya entiendo porque cree usted que divergimos. Es por algo que yo expresé mal o usted no entendió en el sentido que yo le quería dar. Ya se lo diré en mejor momento. Ahora, si me lo permite/n, voy a tirar un poco de sal en las heridas…

    Comenta el sr. Lillo el asunto de la calle de la Paz. Estupendo. Podríamos haber hablado, también, de la completa destrucción del pueblo y la huerta de Russafa en el mismo aciago siglo, aunque, en realidad, lo que hizo aquella cuerda de promotores inmobiliarios – por cierto, hoy día todos ellos honrados con nombres de calles principales de la ciudad (véase el callejero) – fue sólo dar el pistoletazo de salida a un imparable proceso de especulación del territorio urbano que, en ningún momento se detuvo más que para tomar un respiro. No hay ni un solo barrio de la ciudad que no haya sido sacudido por el negocio más descarnado en el periodo que va entre la década de los 60 del XIX y nuestros días. El listado es enorme. No hace falta rascar demasiado: El Carmen o Velluters, si hablamos de la Ciutat Vella, Orriols o Benimaclet, si miramos la periferia. Da igual. La ciudad se ha convertido en una caricatura grotesca de si misma y no es un proceso detenido, ni mucho menos. Pareciera como si hubiese un acuerdo tácito de tirios-conservadores y troyanos-socialdemócratas por convertirla en inhabitable. Un acuerdo preciso, nada de dejar las cosas al tuntún, y con una proyección en el futuro concreta. También hay nombres propios en esto: la Ciudad de las Artes y las Ciencias o el Parque Central serían buenos ejemplos. Verán ustedes la cara de cenutrios que se les queda a los valentinos cuando se den cuenta que ese cartel que campea en la calle de Sant Vicent y que pone “Estación Provisional” no miente, se refiere a que aún se ha de construir MÁS, que esa mole de nueva estación que ya se ve, cubriendo la totalidad de una parte de la playa de la actual estación no es todo. ¿Entonces, dónde van los árboles? Pues no van, sencillamente. Si pensaban tener unos nuevos Jardines del Real en el corazón de la ciudad, olvídenlo: habrá más edificación. Mintió y miente el PP y lo hace con el dinero que le insufla el gobierno central, del PSOE, por cierto. Un saludo Pepillo Blanco.

    Preguntaba socráticamente don Alejandro si no habíamos aprendido nada. Ya ven que no. Ayer fue Campanar, hoy es El Cabanyal, mañana será el Parc Central y para pasado mañana igual deciden acabar con el Saler. Total, si no se ha tocado un ladrillo de los rascacielos que allí siguen habiendo, si se ha permitido acabar las urbanizaciones de “casitas bajas” (como si las casas bajas no estuvieran hechas de hormigón armado). O puede que sea La Seu o Quatre Carreres, o vaya usted a saber qué se les ocurrirá si para ese futuro no tan lejano la ciudad aún es habitable y sostenible.

    Deyan Sudjic, en una obra que les recomiendo vivamente, “La arquitectura del poder. Cómo los ricos y poderosos dan forma a nuestro mundo”, editado en Ariel en 2007, dice: “La arquitectura tiene que ver con el poder. (…) La arquitectura es empleada por los dirigentes políticos para seducir, impresionar e intimidar”. Qué ejemplo el Cabanyal… Un proyecto con una lectura inmediata – que cuatro individuos se enriquezcan – con una lectura consecuente – que un barrio tradicionalmente crítico con el poder se desarticule y despersonalice hasta su exterminio – y una tercera lectura, más sutil y despreciable: “destruimos lo viejo para construir lo nuevo”. Oh, qué progresista. Esa idea (falaz) conlleva las tres características que señala el arquitecto británico: crea una imagen de seducción – “lo nuevo”, “lo moderno”, “lo avanzado” – la plasma en un proyecto mastodóntico – impresiona – e intimida precisamente por eso, porque impresiona: ¿qué clase de titanes han “abierto Valencia al mar”?… ¡la iluminada Rita, de tonante verbo!… aaaah…

    No, no, olvídense de atribuir en exclusividad a las dictaduras la instrumentalización de la arquitectura y del urbanismo, los sistemas democráticos también lo hacen y, al hacerlo, cuando hay una intervención como la de El Cabanyal, en la que una parte substancial del barrio está de acuerdo con las demoliciones – véase el último resultado electoral, con triunfo del PP – en la que se está chantajeando a ese mismo colectivo – o se permite el derribo o el Ayuntamiento de València no invierte allí – sin que nadie – más allá de los de siempre – se escandalice, la calidad de esa democracia se resiente. Aquella sociedad satisfecha y alienada de la que hablaba para el caso alemán, la veo reproducirse aquí.

    El PP ha practicado una política de palo y zanahoria que la ciudadanía le ha permitido y que la oposición no ha criticado (Y si lo ha hecho, mejor si se buscan a otros para la secretaría de “agipro” porque los actuales son unos completos incompetentes). Palo: dejar degradar el barrio, igual, igualito, como el PSOE hizo con éxito en El Carmen. Zanahoria: azuzar el “toma el dinero y corre” con el que el PP ha pagado a los propietarios de las viviendas ya decomisadas, bien muertos de hambre cuya única posesión era esa casa y que ahora se creen que “son ricos”, bien propietarios implicados en el nuevo proyecto, del que piensan beneficiarse. Y todo eso no es algo de ahora. La “señá” Rita lleva haciéndolo desde hace años. Años. Y hasta ahora, salvo un amigo que allí vive, no he escuchado a nadie decir ni pruna… ¿vienen ahora los lamentos?…

    Ediciones La Cúpula editó en el 09 el “Pinocchio” de Winshluss. Uno de sus protagonistas – Pepito Cucaracha – le dice a un amigo, “(hoy día) los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más gilipollas”. Y yo no sé si hay algo de esto en el asunto de El Cabanyal.

  30. R.S.R.

    Lástima de debate acerca del nazismo que como diría una amiga, “se venía bravo”

    Lo que ha comentado el Sr. Pumby creo que es de bastante calado y me ha hecho pensar; porque claro, en esos barrios históricos como el Cabanyal, o como Russafa hay una cohesión social, unas redes comunitarias, unos valores compartidos y si se acomete una tarea de desmembramiento del barrio como la que se pretende, donde la mayoría de los vecinos (1200 familias) van a tener que salir desperdigadas cada una a vivir donde mejor pueda ya me dirán que pasa con ese tejido social. Al final, la desestructuración o la descohesión favorece siempre al poder establecido y esa sociedad civil deja de actuar como un “contrapeso” a las políticas que acerca del barrio se decidan.

    Desde luego, lo que le falta al Cabanyal es convertirse en un arma arrojadiza, como el tema del agua, la educación para la ciudadanía y todos los etcéteras que ustedes quieran.

  31. David P.Montesinos

    Lo que de verdad piensa esta alcaldesa y, quizá, el que la sustituya; “¡Váyanse! señores vecinos, ustedes me molestan. Tengo proyectos y, como me dejen ir, tiro abajo la ciudad y construyo una nueva entera. Valencia se va a llenar de turistas, y será por mis güevos la California del mediterráneo, les guste a ustedes o no”. Lo siguiente, ya lo verán, va a ser una gran pista de nieve de mentirijillas como la que hay por los madriles.

  32. David P.Montesinos

    Y, por cierto, Pumby y demás masa crítica, dejen de pedir jardines, colegios y demás equipamientos. ¿O acaso se creen que la ciudad está para que la habiten sus vecinos? Ingenuos.

  33. Pumby de Villa Rabitos

    Escribo esta última intervención – desde mi ingenuidad – cuando ya ha aparecido un nuevo “post” (don Justo, el día menos pensado le da a usted “un mal” si sigue a este ritmo trepidante… ¡no aprende usted de pasadas experiencias!) para volver sobre el libro de Sudjic que les recomendé. Independientemente de la calidad de otros capítulos en los que podremos ver desde el curiosísimo parecido de las obsesiones urbanísticas de Saddam Hussein con las de Rita Barberá (¡palabra!), a los planteamientos urbanos y arquitectónicos de un conocido de este “blog”, el señor Speer, pasando por capítulos monográficos dedicados a la URSS, el vínculo entre la Italia mussoliniana y los EEUU (genial), Francia, Brasil, Iraq, Asia… tenemos unos capítulos substanciosos que tratan de la psicología del arquitecto-figura (lo que el autor llama “el ego desatado”) y de su repercusión sobre la ciudad, la sociedad y los políticos que las rigen. Quiero citar especialmente su capítulo 12 – “Los usos de la cultura” – donde, entre otras cosas, Sudjic se detiene durante un par de páginas… ¡impagables!… en Santiago Calatrava, de alguna forma, para València, la encarnación del despropósito urbanístico, la pesadilla de la razón arquitectónica, de la medida humana y, a la vez y por eso, el receptor del aplauso decidido del político de turno y del intelectual apesebrado. Sólo les reproduzco la primera frase del texto, cuando comienza a hablar sobre el valenciano. Dice: “Santiago Calatrava, la versión oscura y kitsch de la inventiva juguetona y libre de Gehry, sigue considerándose arquitecto”. El resto, va en cascada.

    Al final, de lo que se trata es de saber si estamos construyendo una ciudad para sus ciudadanos o un escaparate para sus visitantes; si las infraestructuras creadas son mantenibles o meros disparates; si la urbe es sostenible o inviable. En conclusión, si construimos – porque la responsabilidad es de todos los ciudadanos, no sólo de Rita – una ciudad para las personas o para los edificios y los vehículos. El caso de El Cabanyal es la mejor muestra de cómo “ser humano individual”, “comunidad humana agrupada informalmente en el barrio” y “arquitectura tradicional” se vinculan de forma inextricable. Si, sin duda, su constante mejora, personal, grupal y urbanística, es imprescindible, la solución de arrasar para “empezar de nuevo” no es más que la más torpe excusa para justificar un proceso especulativo muy rentable para unos pocos y deshumanizado para quien lo padece (los expulsados del barrio por pura evidencia y toda la ciudad que pierde parte de su propia biodiversidad humana en beneficio de la uniformización social). Con lo cual, quien lo promueve, une en si a la condición de especulador, la de violento. Pero de esta violencia, nadie se hace cargo. Es la modernidad. Ah.

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