Poesía y tiempo muerto

A Antonio Machado.

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He tenido la fortuna de que un poeta me haga un obsequio, su propia palabra. Quien no lee versos habitualmente no sabe lo que ese gesto significa. Regalar un poema es un acto de desprendimiento, de máxima generosidad, pues el verso no se expele ni se expresa, se concibe, se mide, se elabora.

imageEs un pronto y es una dilatación: suelto, pero a la vez atado a una vecindad léxica y semántica en la que sólo es fragmento posible de una eternidad siempre vasta.

Quien te hace dicho presente es generoso y egoísta a un tiempo: espera de ti a un lector amigo, pero también crítico, un destinatario que lee con la mayor atención y con el menor compromiso, con la menor atadura. Has de sentirte libre para captar lo que el poeta dice y para sorprenderte con lo que tu no sabías manifestar.

Quien es obsequiado y no se dedica a la crítica sólo aspira a la felicidad o al dolor que el poema provoca, sólo anhela la justeza de las palabras, la correspondencia de las palabras y las cosas, la hondura sin reflejo de un poema irrepetible.

La presentación de ‘Un fragmento de eternidad’ (2014) estuvo avalada por Jaime Siles y Rafael Coloma, dos nombres importantes de la cultura, dos creadores con obra y consecuencia. Gregorio Muelas se buscó padrinos de fino olfato para afirmar y afinar su voz lírica. El poemario ‘Un fragmento de eternidad’ no tuvo públicos masivos, muchedumbres en espera de la gran estrella. Pero, a lo que me cuentan, tuvo fieles lectores de un poeta ya maduro, un gentío potencial.

La obra es rica en resonancias culturales, con ecos musicales y referentes semienterrados. Tarea del lector podría ser exhumar ese saber del que Muelas se desprende a manos llenas que deja como hitos. Es una lectura potencial.

Yo prefiero, sin embargo, la pura musicalidad de las palabras, esos poemas con estructura métrica o en verso libre. La asociación sonora y semántica, la aleación del cultismo y de la naturaleza, lo primario, lo básico, lo elemental. Son numerosas las imágenes que Muelas nos regala, pero hay una que nos golpea una y otra vez: la nada, la eternidad.

Sorprende que un joven poeta (1977) sea capaz de hablar con tanto tiento del tiempo, de su consumo y final, de la cosa y de la coda que se avecinan. Estamos hechos de presentes discontinuos, que son chiripa y regalo; de instantes que concluyen dejando efectos y también defectos; de momentos que no son nada y que después recordamos u otros recordarán por nosotros.

Muelas obtiene fragmentos de eternidad. Para quienes lo conocemos, su palabra en prosa, su oralidad, es torrencial, probablemente porque teme a la muerte; probablemente porque emplea el discurso como una defensa y como una persuasión. La vida es agresión y decepción. Hay que ponerse a cubierto, pues. En cambio, su palabra en verso es perturbación, es desnudez y es contención: la existencia a la intemperie, un vivir ante la naturaleza, ante la naturaleza caduca, terminal, fatal de las cosas.

No quiero reproducir fragmentos de esa eternidad que Muelas retrata con mano maestra. Y no quiero hacerlo porque mi repetición amputa el verso, el poema, el efecto, esa sonoridad tan bien lograda, esa expresión estricta y evocadora. Compren el libro y léanlo, reléanlo, reléanlo. En cada acto se enriquecerán. Es un poeta de los elementos básicos que se vale de todo tipo de recursos culturales. Es cantor de civilización y verificador y versificador de la muerte siempre potencial. Aún es envidiablemente joven. No se lo pierdan. Él se ha llevado la llama que aún quema.

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