El batiscafo

Uno. “Durante el período necesariamente dilatado que duró la lectura (de Guerra y paz, de Tolstói), declaró en cierta ocasión Eduardo Mendoza, “tuve la sensación inequívoca de que el mundo real era el que me presentaba el libro, mientras que el otro, el que me rodeaba, era algo vago e impreciso, como una ficción”. Así suele pasar, en efecto, con la experiencia de la novela total. Y así suele pasar cuando la lectura o la escritura son arrebatadoras.

“No veía, como suele decirse, los escenarios y episodios que se iban desarrollando a lo largo de la novela, sino que vivía inmerso en aquel mundo ajeno a las palabras que le servían de vehículo. No habría mencionado este fenómeno”, concluye Mendoza su confesión, “atribuible (me doy cuenta) a la edad o a un tipo determinado de imaginación, o a ambos factores, si no hubiera repetido la experiencia en dos ocasiones, separadas de aquella primera por una larga distancia temporal y espacial, con idéntico resultado”.

No pensemos que ese rapto a que nos someten ciertas novelas sólo se da cuando se escriben al modo de Tolstói, a la manera del Ochocientos, historias populosas, de infinitos personajes y de vertiginosas situaciones. Una novela extensa y demorada de un solo personaje central también nos persuade, nos arrebata.

Como tantas veces se ha dicho, un escritor acaba escribiendo siempre la misma novela, no en el sentido de que reitere los mismos esquemas, las mismas fórmulas, los mismos géneros o subgéneros, sino en el sentido de que hace uso de sus obsesiones y las recrea #6852Beebe in bathysphere© Wildlife Conservation Societycada vez con palabras diferentes y con soluciones distintas.

La imaginación literaria es justamente eso, la capacidad de multiplicar las historias, los hechos que jamás han sucedido así como se cuentan, valiéndose para ello del acicate personal, de esos demonios —en palabras de Mario Vargas Llosa– o de esos fantasmas —en expresión de Jorge Sábato— que trastornan la vida y el interior del escritor. No debe confundirse, pues, lo que es exploración y avance del autor a partir de su propia imaginación con la mera repetición.

 

Dos. Cada vez más, por el enorme desinterés que me provoca la política española, vivo inmerso en una especie de batiscafo, un globo de aire submarino en el que me aíslo. La imagen no me pertenece: procede de Julio Verne y procede de Antonio Muñoz Molina.

Ya sé las pompas revientan con nada. Ya sé que no hay tal aislamiento. Ya sé que una batisfera moderna sigue siendo un instrumento de gran fragilidad aunque esté hecha de acero. Ya sé que si tú no haces política, te la harán y con criterios totalmente ajenos a los tuyos.

No recomiendo practicar lo mismo, pero yo ahora lo necesito. Necesito vivir en un país en donde la cultura, la educación, la sanidad, los servicios básicos funcionen. Claro, se me responderá, para que eso suceda debes intervenir en política. No lo niego, pero necesito aislarme ahora para pensar, para leer, para escribir, para acabar este o aquel libro, para vivir una experiencia ajena al mundo real, mundo real que muchos confunden con la política.

Acabo. Acabo citando en primer lugar a Antonio Muñoz Molina. En Ventanas de Manhattan (2004), el personaje narrador emplea la mirilla de la puerta del apartamento neoyorquino en donde reside como “el ojo de buey y el periscopio por el que pueden vislumbrarse los desconocidos paisajes submarinos del rellano” o de más allá, de modo que la vivienda será como un batiscafo, dice expresamente, su puesto de observación. Una habitación propia conectada al exterior: ésa es mi batisfera.

El navío no es aquí un “buque de guerra, sino refugio submarino contra las crudas afrentas de la realidad”, añade Muñoz Molina. La imagen del submarino describe un modo de obrar: irrumpir protegido en ese mar ignoto que es la vida, la vida de los otros, pero también la propia.

Acabo. Acabo, en segundo lugar, completando lo anterior y parafraseando a Eduardo Mendoza… Durante el período necesariamente dilatado que duró la lectura, la escritura, etcétera, tuve la sensación inequívoca de que el mundo real era el que me presentaban los libros que leía, los libros que escribía, los artículos que publicaba, mientras que el otro, el que me rodeaba, era algo vago e impreciso, como una ficción.

Nuevamente huyo de esta España áspera, de este país en el que cuesta respirar, de esta España con aires de ficción. Estoy sumergido en mi batiscafo y sólo de cuando en cuando saco el periscopio: como escribo columnas y artículos de opinión no tengo más remedio. Y ahí me tienen, en la fotografía, justo momentos antes de la inmersión.

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