Frank

Por Juan Calabuig y Justo Serna

imageHe recibido esta noche la orden, la orden interior, que temía desde hace tiempo, mucho tiempo… Soy un tipo condenado. Sólo usted puede salvarme. Como testigo protegido, señor inspector.

Me pregunta desde cuándo estoy condenado. ¿Y yo qué sé? Ese dato no añade nada relevante a la causa y además a usted, inspector, qué narices le importa… Le confieso mi secreto. Nada más.

Por cierto, luego quisiera que me diera su nombre y su número de placa, por favor. Es un formalismo o un formulismo. Sí, antes de marcharse. O antes de que me detenga.

Yo estaba convencido de que este momento llegaría tarde o temprano. Hace años que me mortificaba la idea de este desenlace. Tony me lo advirtió.

Pero no me quedaba otra opción desde que apunté la maldita palabra (¡Y cómo me costó hacerlo, Dios Santo!).

La apunté, sí, en el margen izquierdo de mi diario, según es costumbre. Y eso que Tony me amenazó con liquidarme si dejaba huella.

Anoté el calificativo que se hizo sentencia antes de que se secara la tinta: INCURABLE.

Es cierto que yo estaba irritado y mucho en ese momento. Tan decepcionado por lo que me acababa de decir: “Nadie puede entenderte, jodido abogado. Nadie puede quererte”. Tony se reía y me decía que hablaba como un estúpido.

Supe controlarme cada vez que me humillaba. Después de sus ultrajes ya no había vuelta atrás. Ha sido un arrebato impropio de un profesional, lo sé, pero cómo pudo provocarme de esa manera…

“Nadie puede entenderte. Nadie puede quererte”. Aún recuerdo las carcajadas de Tony y sus lacayos. Él era el capitán. ¿Pero quiénes se piensan que son estos tipos?

Ellos no se dan cuenta, claro, y uno les va tomando afecto poco a poco con el fatal paso de los días. Y ellos te faltan al respeto.

¡Son tantos los días compartidos, tantas las grabaciones oídas y tantas las horas filmadas! ¡Tanto secreto que no se sabe que se sabe!

Todo para que al final te descubran y te hagan sentir como una mierda. No me lo perdonó Tony… Yo he sido testigo de las correrías de Frank, le dije. No le importó.

Esto venía de lejos. No hacía falta, para un tipo atento como yo, más que seguir ordenadamente su deriva y las sospechas que yo provocaba.

En fin, cualquiera habría hecho lo mismo, ¿pero por qué tuve que hacerlo yo? ¿Por qué tuve que perder la paciencia que siempre he tenido con tantos enemigos?

Tony tampoco tenía paciencia. Aquí tengo el informe que he redactado. Quizá sirva para exculparme. Un montón de hojas transcritas en papel florentino. Están ahí, inspector, sobre la mesa donde se va helando la tisana de todas las noches: “Papá, no te acuestes muy tarde…”

¡Ay, Meadow, hijita, si no fuera por ti…!, decía Tony. Ahí están, transcritos sus parlamentos, con lamentaciones cada vez más extrañas; logomaquias cada vez más indescifrables.

Una vez la pronuncié en su presencia. Tony me dijo: ¿por qué empleas esa palabra tan extraña? Nadie de New Jersey dice logomaquia.

Esta última revelación, que adjunto al expediente objeto de la presente declaración, lo demuestra con meridiana claridad.

Su desarreglo, el de Tony, estaba llegando al límite. Ya no era controlable. Peor aún. ¡Ya no era corregible! Insisto: incurable.

Créame, señor inspector, cuando digo lo que digo ¡Sé muy bien de lo que hablo, maldito Tony, jodido cabrón! Siempre quisiste ser como Frank.

He vivido asistiendo y solucionando casos parecidos demasiado tiempo y Tony se extralimitaba. Me agarraba fuertemente de las solapas y me exigía sumisión.

No son tantos en realidad aunque la lista ya digo yo que sí es grande, demasiado grande para un tipo fichado.

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Y lo peor es que hasta cierto punto me siento culpable de lo que he hecho. Tal vez si le hubiera dejado alguna señal más clara, si hubiéramos llegado a intimar. Imposible con Tony.

Quizá si me hubiera dejado invitar una tarde a tomar una copa o un té en el Bada Bing!

¿Quién sabe? A lo peor, este hombre no se merecía lo que le he hecho. Yo sólo soy un picapleitos. Él era un triste remedo de Frank.

A lo mejor, es que me estoy volviendo demasiado viejo para este trabajo de letrado. O soy ya un cínico también incurable. ¿Quién sabe?

Pero yo ya lo tenía decidido. Ya estaba todo preparado. Debía seguir adelante con el plan previsto. El protocolo es el protocolo. Eso lo sabemos los abogados, inspector.

Miro mis manos una vez más y el ligero temblor que las acompaña se calma de golpe y porrazo al escuchar la canción que aún suena en el reproductor y que hace más de un siglo que no oía: ‘Nice ‘N’ Easy’.

Ahí yace Tony, aún conserva su sonrisa, la que Frank supo esbozar.

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