El antifranquismo imaginario

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El joven que llega a Madrid, ese joven de 1974, quiere abrirse camino, quiere conocer el mundo y justamente por eso cursa periodismo: para poder observar lo que acaece haciendo la crónica de dicho mundo.

Pero ese muchacho es provinciano –todo le deslumbra, le atrae y le atemoriza— y como los españoles de 1974 también ha sido sometido a la misma incultura política. La probabilidad de confusión es bien cierta y las posibilidades están abiertas.

“En 1974, en Madrid, durante un par de semanas del mes de mayo, formé parte de una conspiración encaminada a derribar el régimen franquista”, admite retrospectivamente, hacia 1993, que es cuando rememora y relata.

Lo admite sin asomo de duda, orgulloso. Como digo, quien protagoniza los hechos es ese muchacho que está en Madrid en 1974. Pero quien lo cuenta es él dos décadas después, a comienzos de los noventa: cuando ya es un adulto instalado en el pueblo.

De Madrid salió en 1974 regresando a su pueblo, en efecto, y por lo que confiesa ya no ha vuelto a la Capital. ¿Sabe lo que cuenta? ¿Se equivocó entonces pero ahora, en 1993, acierta al contarlo de determinada manera? El narrador tiene serios problemas cognitivos, perceptivos, desiderativos. Cuando era una persona joven confundía la realidad con sus deseos o con sus miedos o con sus fantasías. Mucho tiempo después, cuando narre para nosotros, seguirá confundido echando en falta lo que nunca tuvo, lo que nunca vivió verdaderamente.

¿De qué y de quién estamos hablando? De ‘ (1994), una novela de Antonio Muñoz Molina que aquí podemos tomar como colofón de las tradiciones que vienen del Lazarillo. Quién protagoniza esta obra?

Un tipo apocado, apesadumbrado, adaptado, un pobre hombre que recuerda cosas que realmente no vivió porque no las vio tal como eran; un émulo del Lazarillo. Como nos recordaba Muñoz Molina en respuesta a una pregunta de Carlos Alfieri, la épica “tiene que ver con los fuertes de verdad, con los héroes”, aquellos que realizan una gesta para la colectividad. Pero la novela es otra cosa: “se abre en el espacio donde la épica desaparece, en el reverso, en el margen. Es su negación: El Lazarillo de Tormes, por ejemplo, o Don Quijote”.

Desde entonces, “la literatura se ocupa de los débiles, de los cobardes, de los fracasados”, de todos aquellos que han vivido cosas menores y que creen tener algo que contar. Los otros, los héroes, “ya tienen sus crónicas oficiales”.

En cambio, los desgraciados, la gente corriente son mayoritariamente los protagonistas de las novelas. “¿Por qué el Lazarillo escribe en primera persona? Porque si él mismo no cuenta su historia, nadie se la va a contar”, concluye Muñoz Molina.

Con su personaje, el protagonista de ‘El dueño del secreto’ sucede lo mismo. Si él no la cuenta, ¿quién la va a contar? Además, siendo una historia improbable, ¿quién la va a creer?

En ‘El dueño del secreto’, el narrador vive en la ensoñación varias décadas después: aún confunde lo que es real con lo quiso ver y aún cree. Era un muchacho impresionable, ese joven provinciano que queda pasmado por el Madrid deslumbrante que un adulto fantasioso le presenta.

Es una especie de mentor, según la tradición clásica. ¿Su nombre? Ataúlfo Ramiro Retamar. ¿Su profesión? Abogado. ¿Su condición? Crápula. Un figura, un espléndido mentiroso. Pero el narrador no lo vio así y sigue sin verlo. Lo cree un tipo importante y todavía cree en sus embustes. Sin embargo, todo es más prosaico…

Pasaje procedente de La imaginación histórica. de Justo Serna. Sevilla, Fundación Lara, 2012.

Premio Manuel Alvar de Investigaciones Humanísticas.

Fotografía: Elvira Lindo.

Club de lectura, dirigido por Justo Serna

Librería Gaia

Calle Daniel de Balaciart

14 de marzo de 2016

20 horas

https://www.facebook.com/events/882673558498582/

 

 

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