Por favor, lean ‘La Transición’ (Sílex Ediciones), de José Luis Ibáñez Salas

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Buenas tardes.

¿Qué es el franquismo? Digamos cuatro cosas archisabidas. Es una dictadura militar, un régimen político unipartidista, es decir, un fenómeno, un fenómeno de partido único (Falange o Movimiento Nacional), con una jefatura del rodeada de plenos poderes: sin rey y sin presidente de la república.

Es un régimen castrense o pretoriano, capitaneado por militarotes…, a cuya cabeza hay un General, un Jefe de los Ejércitos que es a la vez Jefe del Estado: un Generalísimo o un Caudillo.

Nace en la época de los fascismos, en tiempos convulsos: esa época atroz, terrible (decía Antonio Gramsci), con países aquejados por crisis económicas profundas, con crisis sociales tendencialmente violentas, con derrotas militares o con amenazas revolucionarias. Nace a partir de un pequeño partido o movimiento de corte igualmente fascista.

Pero en el franquismo el gobierno y el partido no son lo mismo. El régimen nace de una Guerra Civil y, por tanto, nace de una coalición de fuerzas combatientes y políticas que luego tendrán distinta influencia o diferente predominio.

Hay diversas familias políticas con ideologías variadas: desde el falangismo hasta el carlismo, pasando por el Opus Dei o los propios militares o la Iglesia.

El franquismo es un régimen que dura, que se asienta, que persiste y que evoluciona. Dura gracia a la circunstancia estratégica y geolítica que beneficia a España, en particular, el combate occidental contra el sovietismo, contra el expansionismo soviético.

El franquismo evoluciona desde el totalitarismo fascista hasta el autoritarismo corporativista y nacionalcatólico: desde la fascistización del sistema con partido único, hasta la dictadura unipersonal, militar, con pluralismo limitado.

Pero lo que no dejará de ser nunca el franquismo es un sistema antiliberal y antidemocrático, antisocialista, anticomunista, como otras dictaduras de origen fascista.

“La forma que en política ha representado la más alta voluntad de convivencia es la democracia liberal”, decía José Ortega y Gasset en un párrafo memorable de ‘La rebelión de las masas’. Vale decir, la forma más sofisticada, la técnica más compleja de funcionamiento social es el sistema democrático porque hace convivir a los diferentes, a los que piensan distinto, a los que se contrarían.

Lejos de eliminar las tensiones, la democracia liberal reconoce los conflictos, conflictos de intereses o de opinión, y les da un cauce de expresión.

“Ella lleva al extremo la resolución de contar con el prójimo y es prototipo de la ‘acción indirecta’…”, añadía Ortega. Hay que contar con el prójimo, pero no porque piensa igual que nosotros, sino porque sostiene cosas diferentes. Esto es, porque sus juicios, por muy equivocados que puedan estar, expresan puntos de vista que sería una pérdida eliminar.

“El liberalismo es el principio de derecho político según el cual el Poder público, no obstante ser omnipotente, se limita a sí mismo y procura, aun a su costa, dejar hueco en el Estado que él impera para que puedan vivir los que ni piensan ni sienten como él, es decir, como los más fuertes, como la mayoría”, insistía Ortega.

Resulta difícil esta autolimitación, entre otras cosas porque los recursos institucionales o represivos de ese Estado podrían aplicarse con gran eficacia para acallar a quienes incordian o molestan y no sólo a quienes amenazan o mienten con el afán de destruir.

Es decir, entre la inacción (el todo vale en virtud de la libertad de expresión) y el intervencionismo que fiscaliza, controla, limita, persigue a poca disensión que haya, sólo hay un trecho corto y la tendencia de los poderes es usar aquello que más a mano tienen: la represión.

Por eso, añade Ortega, la democracia liberal es un marco en el que se hace explícita “la suprema generosidad”. En ella se pregona “el derecho que la mayoría otorga a las minorías y es, por tanto, el más noble grito que ha sonado en el planeta. Proclama la decisión de convivir con el enemigo; más aún, con el enemigo débil”.

La generosidad suprema no es la que se da con el igual o con el afín, con el adherente o con el próximo, sino con el distante, con aquel con quien no nos une o no compartimos casi nada. Según admite Ortega inmediatamente, “era inverosímil que la especie humana hubiese llegado a una cosa tan bonita, tan paradójica, tan elegante, tan acrobática, tan antinatural” como es la democracia liberal.

Aceptar la pluralidad de intereses, admitir la legitimidad de los conflictos y de las opiniones diversas es un logro civilizado, lo que no significa que esos juicios que nos son contrarios debamos aceptarlos sin más para callar los nuestros. Lo bonito de la democracia liberal es dar visibilidad legal a esos conflictos y sobre todo excluir la violencia. ¿Y qué es lo civilizado?

“La barbarie es ausencia de normas y de posible apelación. El más o menos cultura se mide por la mayor o menor precisión de las normas”. En efecto, se mide por la densidad normativa de la sociedad y del sistema político. Eso no quiere decir que el Estado deba regularlo todo, sino que debe crear un espacio jurídico en el que no haya lugar a la improvisación o a la arbitrariedad, un ámbito o dominio en el que todos sepan a qué atenerse y en el que la vulneración de esas normas bien fijadas y claras tenga respuesta institucional prevista.

La violencia, pues se reduce a ‘ultima ratio’. Más aún, la violencia (incluso la violencia verbal) como principal recurso es la antítesis de la civilización y eso lo hemos conocido bien en Europa, en la Europa tan satisfecha de su civilización y que ella misma ha arruinado en diferentes ocasiones.

Hacia los años veinte y treinta, decía Ortega, aparece en el Viejo Continente “un tipo de hombre que ‘no quiere dar razones ni quiere tener razón’, sino que, sencillamente, se muestra resuelto a imponer sus opiniones”.

Ese hombre violento, intoxicado con su propia agresividad verbal y física, ese hombre que impone sus opiniones sin razonar, sin argumentar y, sobre todo, sin atender a la supervivencia del contrario, sin respetar a las personas que piensan distinto, se encarna especialmente en la figura del fascista, del reaccionario. Punto y aparte.

En España pasamos, entre 1975 y 1982, de un Régimen originariamente fascista y carpetovetónico, nacionalcatólico y castrense, a una Democracia parlamentaria pluripartidista y constitucional. Son obviamente dos sistemas políticos antitéticos.

Las circunstancias fueron complicadas…: no puedes desalojar a buenas a quienes llevan varias décadas en el poder; tampoco puedes hacer una depuración radical. Pero debes lograr de quienes mandan su retirada institucional, su asentimiento. La oposición es insuficiente y poco fuerte, pero tiene legitimidades bien ganadas y asentadas.

Lo que se libra entre 1975 y 1978 no es un juego de suma cero. Es una transaccion, un acuerdo entre partes rivales, entre opuestos. Hay un patrimonio material e inmaterial, un pasado que justifica, unas ataduras ideológicas. Hay matanzas que no se pueden olvidar, hay unas heridas por restañar… Y hay una generosidad razonablemente egoísta de quienes aspiran a convivir. De esas convivencias y de esas expectativas, nace el sistema político del 78. Con todas sus imperfecciones y con todos sus logros.

José Luis Ibáñez ha escrito un par de libros sobre esta epopeya española. Son dos volúmenes imprescindibles. El público inquieto debería leerlos con ganas, con fruición, con aprovechamiento.

La historia no es restitución arbitraria del pasado; tampoco es un campo de batalla. Es la exhumación de lo remoto o de lo cercano con vocación objetiva, sistemática, documentada y hasta equidistante. El resultado es inmejorable.

Sílex Ediciones ha preparado dos volúmenes de mucha edificación y provecho. Son dos obras que prueban que la historia, el conocimiento de la historia, nos fortalece. Por favor, lean ‘La Transición’, de José Luis. Qué distinto y distante de las jeremiadas, de los panfletos, de los rencores.

Lamento no poder estar con todos ustedes. Para mí era una fiesta poder asistir. Me la he perdido. Lo que no me he perdido es una lectura sensata y reflexiva. Aprovechen. La inteligencia del autor necesita de lectores inspirados e inquisitivos.

Muchas gracias.

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