Arturo Fuso

“Fuso no tiene nada que ver con todo esto”, proclama Arturo empleando una tercera persona bien rotunda. ¿Cómo podían sorprenderle a él en un delito? ¿Cómo iban a pillarle en un renuncio? Fuso cavila y suda copiosamente. Nota que el cerco de la camisa se agranda, esa axila, y que los pelos del sobaco se le pegan.

FusoEsa misma mañana ha evitado la ducha, cosa rara en él. Bajo el agua suele frotarse la piel y sus partes con saña, como si quisiera arrancarse las escamas. Su tío Pepe se lo dijo en cierta ocasión. “Cada perro se lame su cipote: si hembra quieres, es preciso que te restriegues”. Pero esta vez no. Esa misma mañana se ha frotado los sobacos y la entrepierna con una gamuza para después aplicarse desodorante: en las axilas y en las ingles. Lo aprendió de joven. Si te perfumas, hueles mal. Ahora bien, si te pasas el desodorante, entonces no se aprecia el embuste, la poca higiene. Eso sí, al tío Pepe no le habría engañado.

Pero la sala es grande y está multitudinariamente ocupada. Allí huele a Brummel y a Varón Dandy, colonias que él siempre ha apreciado y que su damita le ha retirado tras mucha insistencia. “Papi, Brummel es barata y huele a abuelo”, le dijo su hija. No es él, pues. Son otros quienes se han rociado. “Los periodistas”, piensa, “que son unos desgraciados”. Fuso no. Arturo se ha puesto en el rostro un perfume de mucha cuna: Eau de Flovias Pour Homme. Es el último que le ha regalado Yoselín, que siempre lo espera desvestida oliendo a jazmín. Aunque algo seco, Eau de Flovias es muy eficaz: el olor que desprende reviste los restos hediondos que puedan quedar.

“Fuso no tiene nada que ver con todo esto”, repite.

Está rodeado de afines, de gentes que siempre le han demostrado su cariño. No ha sido fácil convencer a los indiferentes y a los puretas. Siempre sale alguien muy distinguido que se cree más limpio. “Pero todos tenemos un precio”, piensa Arturo. “Un precio que cambia según la cotización. Tanto dispones, tanto puedes. Tanto tienes, tanto vales”, se dice ahora sorprendiéndose de su verbo. De repente ha concebido un refrán.

Se sabe grande, se sabe fuerte y, por eso, responde con legítimo orgullo, con distancia crítica. Él aún es presidente de la corporación y alcalde de su pueblo. Y nadie puede apearle. Al menos durante un tiempo. Muchos lo califican de cacique, pero él siempre ha rechazado esa ofensa. “Ser cacique es ser indio, llevar taparrabos y ejercer de jefe de una tribu, ¿no?”, dice ante la concurrencia. “Pues yo no gobierno a salvajes”, admite en voz alta, con gran asombro de todos. “Estoy convencido de que hay una campaña en mi contra, un complot contra mí”, dice empinándose.

Ha logrado auparse. Llega bien al micrófono, fácilmente, como ha alcanzado esos cargos, unos empleos públicos muy merecidos. Eso sí, con el apoyo de numerosos amigos. Él los llama así: los pollos hermanos, los queridos cabrones. Raramente lo dice en público, pero sí a su señora, por la que tanta devoción siente. A su mujer la homenajea cada día con flores, jazmines concretamente, con un poema impreso de Bécquer y de Zorrilla y con un trapito: de la marca Fussinis. A pesar de tener un catálogo corto, las flores, los poetas y las blusas de Arturo satisfacen a la parienta, a Bibi Larios. Al menos, Bibi nunca le ha hecho ascos a sus pequeños agasajos.

“Fuso no tiene nada que ver con todo esto”, insiste.

Afirma sentirse arropado por las bases del partido. Así lo dice: arropado, que es palabra insólita. Pero los dirigentes de la organización le han decepcionado: “A mí no me han dicho nada, cuando lo hagan ya les contestaré”, responde con un tono retador. El presidente “en ningún momento ha dicho que no me apoya, no he oído en ningún momento que dijera ‘no estoy con él’…”. ¿Y la alcaldesa de la capital? Arturo responde inmediatamente: “por supuesto que me apoya. Y lo ha dicho nada más empezar este acoso, que es un complot”, apostilla.

“No hay nada ni tengo nada que ver; ni sé nada, porque no sé nada”, sostiene con contundencia. “Si estuviera imputado tendría que aceptar la línea roja” contra la corrupción señalada y dictada por el presidente, pero “no estoy imputado dentro de ningún caso”, precisa. “Al menos a mí nadie me ha dicho nada, concluye. Y hay que decirlo bien alto; “todos somos honrados hasta que no se demuestre lo contrario”. Hay un murmullo y Arturo se da cuenta: “Perdón, hasta que se demuestre lo contrario”.

“Tenemos que ir a donde sea para poner orden”, dice. ¿Por qué? Porque este tema le está haciendo un daño tremendo. “No sé cómo puedo soportar tanto ataque tendencioso los ciento veintiocho días del año, todos los días del año”. Es verdad. Resulta insoportable la presión. “Empecé a trabajar a los catorce años y cuando entré en política ya tenía todas mis propiedades, no he acumulado más”, aclara. Muebles, electrodomésticos, plumas estilográficas, gomas de borrar, condones, escobillas de baño: “con eso hice mi patrimonio”, añade.

Confiesa haber adelgazado siete kilos. “Por los disgustos que me dais, plumillas hijosdeputa”, dice dirigiéndose a los reporteros allí concentrados. Lo dice con sorna. Aún tiene fuerzas para ladear la sonrisa. “Tengo menos ganas de comer y fumo más que antes, castigándome la salud y quemándome los bronquios”, se lamenta. “Yo soy un hombre normal”, aclara. “Me sigo levantando a las cinco de la mañana y acostándome a las once de la noche”.

Arturo es así. “No como el ganso de Alarcos, que no es hombre ni tiene coraje ni herraje”. Alarcos es un traidor –al igual que Lanzarote del Lago– y es quien ha grabado sus conversaciones privadas, quien las ha difundido y quien ahora se esconde. Siempre ha pretendido a Bibi. “Cualquier persona que se precie de ser hombre, cuando ha hecho cualquier cosa que no es correcta, tiene que dar la cara y asumir su responsabilidad. Eso es ser un hombre”, acaba Arturo dando un manotazo en el atril.

Los plumillas ponen el capuchón a sus estilográficas y con murmullo aprobador se levanta la rueda de prensa. Fuso nota un vago malestar, pero no le da mayor importancia. Arturo es como el rey medieval. Le espera Bibi, su Ginebra: la filiforme, rubia y bella Larios. ¿Y Lanzarote? A Canarias tienen que ir, pues se lo debe a su perpetua.

Pero antes a Lanzarote ha de alancear.

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