Tenemos mucho cuento

La lengua es fascista

Justo Serna y Juan Calabuig

Un cuento no es una novela fracasada, no es la ficción que quedó sin completar, como muy bien dijo Jorge Luis Borges.

El cuento es la matriz de todas las historias, el apunte de pocas páginas, de pocos párrafos o de pocas líneas en que están indicado y mostrado un caso.

En cualquier relato hay espacios vacíos, cosas que no se expresan: informaciones omitidas que jamás sabremos; tiempo que se abrevia; personajes cuyos rasgos sólo adivinaremos.

Cuando somos niños, un cuento es una enseñanza de vida. El mundo y el orden han quebrado. Precisamente por eso, alguien restaura lo roto o lo desarreglado. ¿Hay moraleja? Hay actos y relatos de esos hechos y hay lección. Toma nota, nos dice el narrador. Aprende o, en todo caso, apáñatelas para salir adelante.

Por el contrario, los cuentos literarios de nuestro tiempo suelen complicarnos las cosas. Más que para enseñar sirven también para engañar, para hacernos pensar, para sobrecogernos, para ponernos en duda.

Un cuento es rapto, el fragmento de un todo, la parte de un conjunto que no conocemos por entero. Es un episodio incompleto, algo que debemos rellenar, añadir, confirmar. A su manera, también nos aleccionan. El canon es amplio: Edgar Allan Poe, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar. Etcétera.

En esta enumeración incompleta, hay nombres insignes, autores que practicaron el cuento de miedo, fantástico, cómico y policial.

Y algo de eso, del miedo, de la fantasía, de la risa o de la pesquisa son los dominios que esperamos que el lector encuentre en estas piezas que hemos escrito Juan Calabuig y yo mismo con el título de ‘La lengua es fascista’.

Con alguna excepción, los protagonistas de cualquiera de nuestros cuentos suelen ser varones que andan algo perdidos, muchachos o adultos a los que siempre les falta algún dato o algún tornillo: de hecho se mueven tanteando.

Suelen ser también tipos que miran y no ven, que observan y no aciertan, que no escrutan y sólo sospechan..?

¿Por qué razón? Por su mala cabeza y falta de atención o por su abundante imaginación: examinan pero no distinguen bien y por tanto aquello que divisan lo descifran erróneamente, añadiendo lo que no está o malinterpretando lo que sí ven.

De ahí se derivan efectos cómicos o en algún caso aterradores. Los hemos concebido con ternura, con la ironía de quienes no se creen mejores ni más sabios que sus criaturas o con el miramiento de quienes también tienen miedo o alegrías.

Nosotros, los autores, los disfrutamos: con pavor o con humor, atemorizándonos con el personaje o riéndonos de sus tropiezos, que en parte se parecen a los nuestros.

En el relato breve, el pormenor es esencial, un detalle que no apreciamos del todo, que no sabemos cómo acaba. Por eso, la vivencia o la videncia nos parecen mediocres o fantásticas, según.

Como en la vida misma, un espectáculo incompleto que siempre acaba mal. De la existencia se sale con los pies por delante, cosa que da mucho coraje.

En este libro, titulado finalmente La lengua es fascista, los personajes se ponen en pie y dan traspiés: hablan y se equivocan. Tienen mucho cuento y dan miedo o son patéticos.

Esta obra forma una unidad o pieza en la que los personajes de la trama transitan de capítulo a capítulo, como en casi todas las novelas sucede.

Puede leerse como un libro de cuentos o como una novela. Son episodios de frenopático. Nos encantaría que llegara a sus lectores, que le echaran un vistazo. Quienes han leído lo han enjuiciado muy positivamente. Resulta que nuestra loca historia tiene posibilidades. Sería un honor.

Viene ilustrado cada capítulo con un par de fotos, debidamente intervenidas que vienen en blanco y negro y con pie. La ilustración de cubierta es una fotografía del artista Antonio Barroso cuyo sentido se acomoda muy bien a los contenidos.

El volumen cuenta con prólogo de Ramón De España, prestigioso periodista y escritor barcelonés.

Léanlo. Quedamos a la espera de sus respuestas…, si no la consideran una propuesta pelmaza. En nuestro volumen hay humor y horror, realidad y delirio, cine y música (mucha música), y unos personajes que viven y sobreviven brava y locamente.

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Fotografía: Antonio Barroso

Editores: Huerga & Fierro

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