Cuando los depredadores dominaban la Tierra

Durante casi doscientos millones de años, los dinosaurios dominan la Tierra. Se enseñorean de un planeta fértil y frondoso. Hace fresquito. Hay riquezas.

Y —ya digo— mucho animal.

Hasta un cierto momento, todo marcha aceptablemente bien. Eso sí, hay un Dios Padre que vigila, que dice ser muy amante de sus criaturas.

Eso dice Él: “tout va bien”.

Todo va bien…, con unas bestias que rivalizan entre sí y que se retan sin llegar a mayores. O sí, no sabría precisar.

Todo va bien, insisto, hasta que se produce la extinción masiva ocurrida en el Cretácico-Terciario. De eso no nos hemos recuperado, qué quieren.

Las tres cuartas partes de las especies desaparecen. Las tres cuartas partes, que se dice pronto.

No me pregunten la causa. Sigue siendo objeto de controversia… y mis conocimientos son magros.

Por lo que parece no es cosa de Dios. Al fin y al cabo, Él siempre está o se muestra enojado con sus criaturas. Es un Dios descontento con sus bichos.

En fin, o tiene mal carácter o se trata de un padre demasiado exigente. O ambas cosas a la vez. ¿Cómo puedes contentar a alguien así, eh?

Dejémoslo estar. Allí sigue: en las nubes. Descendamos, pues.

Puedo decirles, lo que viene más tarde, algo que por otra parte, ustedes ya sabrán.

Me refiero a todo esto de la extinción masiva, eso que ocurre hace sesenta y seis millones de años. Año arriba, año abajo.

Sesenta y seis millones. Esa cifra no me cabe en la cabeza. Si intento imaginarla, me descuento.

En fin.

En todo caso, la extinción masiva acaba con la mitad de las especies y con la mayor parte de los dinosaurios, en concreto los llamados grandes depredadores.

Algunos tienen un aspecto fiero. Otros se mueven con irritante lentitud.

¿De verdad? ¿De verdad esta especie, la de los grandes depredadores, se extingue?

Copiemos a Stanley Kubrick y hagamos una gran elipsis, como sucede en 2001 (1968).

2001 (1968, Stanley Kubrick),

De la charca original, en donde los monos o los homínidos se disputan el agua, los recursos y el territorio, pasemos en un plis-plas al rico mundo de hoy, o de ayer o de anteayer.

Aún queda mucho primate.

Hace unos años —hace una década o más— se pone de moda cierto tipo de televisión, cierto tipo de programas de mucha ostentación. Así, con cacofonía y todo.

No sé si los recuerdan. Son emisiones dedicadas al lujo, a la exhibición de las riquezas materiales conseguidas en vida.

De repente, mujeres recauchutadas o neumáticas y hombres escandalosamente acaudalados pueblan la pequeña pantalla.

Se muestran, sí, en la pequeña pantalla con ufanía, rodeados de bienes patrimoniales de mucha cuantía y brillos.

Se muestran sin reparos, sin avergonzarse de sus lujos. Con evidente satisfacción.

Por aquel entonces, la crisis de 2008 ha estallado y sus efectos por supuesto dañan a la ciudadanía, a los consumidores.

Sin embargo, o tal vez por ello mismo, diferentes espacios de distintas cadenas televisivas se empeñan en multiplicar las horas dedicas al lujo ostensible.

Y a los depredadores. Digo depredadores porque yo los veo así.

La pequeña pantalla parece, en efecto, una pasarela de celebridades ricas o de gentes adineradas y con patrimonios bien visibles, pero sin cualidad especial que le haga destacar.

Algunos de esos programas son espacios semanales. Otros son un signo de los tiempos, la fatalidad de una época.

Por ejemplo, la competición de Fórmula 1, que por entonces se desarrolla en Valencia, facilitará mucho estas cosas. Me refiero a la exhibición del lujo.

Briatore (Automoto.it),

De entrada es un fenómeno local, muy condicionado por la política de aquellas fechas, pero es también un asunto universal.

Un certamen automovilístico de estas características mueve millones de euros. Y de espectadores, claro. Mueve el Planeta Tierra.

Junto a esos volquetes de líquido, de dinero, también se mueven ricos y famosos, que llegan al circuito en sus cochazos o en sus barcos de gran eslora.

Y de todo esto, ¿cómo nos enteramos?

Les pondré un ejemplo.

Sin ir más lejos, el viernes 25 de julio de 2010, aprovechando la parrilla automovilística, el Notícies 9 del canal autonómico (Canal Nou) nos informa del lujo.

Nos informa del lujo flotante, de los restaurantes VIP, de las terrazas que se suponen más concurridas y sobre todo más ostentosas.

Los locutores tratan de transmitir entusiasmo sobre el evento automovilístico.

Dan a entender que Valencia ha sido o va a ser felizmente invadida, tomada por magnates y potentados, por la gente guapa de la Fórmula 1.

La imagen es autocomplaciente: Valencia ocupada por ricachones, todos ellos decididos a dejarse miles y miles de euros en los establecimientos de moda, en las mesas mejor dispuestas.

En distintos puntos –en la dársena, en algunos recodos del circuito urbano, en cervecerías–, los periodistas sonríen con boba felicidad a su audiencia.

Festejan con arrobo algo paleto la presencia de esa clase ociosa que presuntamente se apelotona o se va a apelotonar en locales frecuentadísimos y muy finos.

Insisten los reporteros desplazados por distintos puntos del circuito en que hay mucho movimiento, cosa redundante, si de automovilismo hablamos.

Repito: ya no estamos en “el amanecer del hombre”, como en la película de Kubrick, sino en el rugido de la máquina, en ‘Fast and furious’.

Además, esos reporteros auguran lo mejor: está previsto que aumente la presencia de visitantes. Es una sorpresa bien previsible de un evento multitudinario. Faltaría más.

Pero lo curioso, lo significativo, no es la presumible llegada de gente adinerada, sino las manipulaciones televisivas: la adulteración de lo existente, la construcción mediática de una noticia irreal.

Si examinamos las imágenes de entonces, emitidas aquel día, nos llevamos, ahora sí, una sorpresa que nos deja patidifusos.

¿Cuál?

Allí, tras los periodistas, en esos puntos del circuito automovilístico, no se ve a nadie. Simplemente no hay nadie.

La audiencia más consciente puede preguntarse qué está ocurriendo. Puede preguntarse en dónde está la contradicción.

Preguntarse qué distancia hay entre lo dicho y aparentemente mostrado, y lo visto, una imagen que no confirma los aspavientos verbales de los reporteros ni su énfasis ridículo y mentiroso.

Es más, dicha audiencia puede preguntarse si esa forma de aludir insistentemente al lujo venidero, el lujo que va a inundar Valencia como un río de oro, asiático o bíblico, no es sino una reproducción tosca de la caverna de Platón.

La caverna de Platón.

Recuerden: al fin y al cabo también la vemos como una suerte de pantalla, de pantalla de sombras y, por tanto, de irrealidades.

Pero éste es sólo un ejemplo de lujo y manipulación.

Vamos a otros.

Años atrás también se emiten ciertos programas que pueden servirnos de muestra. Me refiero a otros espacios televisivos en donde las riquezas efectivamente se ven: bienes inmuebles, muebles y semovientes.

Por ejemplo, Mujeres ricas, Mujeres casadas con Hollywood, ¿Quién vive ahí?, etcétera. Esos espacios los emiten por entonces y semanalmente La Sexta, Cuatro y no sé si alguna cadena más.

¿Qué es lo que podemos ver? En general, esos programas los protagonizan mujeres superpijas y frecuentemente achicharradas; también magnates tripudos que pilotan coches de gran cilindrada.

Ellos y ellas nos muestran sus lujos cotidianos, sus chuletones y sus chaletazos, sus vidas y sus abalorios, sus dorados y sus yates carísimos. Es una vida de ensueño o una pesadilla del mal gusto, depende.

Hasta los nombres de esas celebridades parecen irreales. Por ejemplo, Olivia Valere, Mariana Nanis, Mar Segura y las Hermanas Collado son las estrellas que lucen en Mujeres ricas.

Mujeres ricas (LaSexta)

No hay estudios que nos confirmen esta aseveración, pero estoy seguro de que los hombres y las mujeres comunes que contemplan sus andanzas y sus exhibiciones tienen dificultades para solidarizarse con sus penas cotidianas, las de esas mujeres ricas.

¿Qué penas son ésas? Los principales problemas tienen que ver con el bronceado o con la cena de alto copete a organizar en fecha corriente o principal.

Ahora bien, esa pose afectada de damas riquísimas merece toda la atención de analistas y gente experta. La audiencia más consciente puede mirarlas, más que admirarlas, como observaría un entomólogo.

¿Cómo? Pues examinando su aleteo, lo artificioso de su puesta en escena, esa falsedad finalmente impostada y adoptada como real.

Puede mirarlas como piezas de un museo del mal gusto. Puede mirarlas advirtiendo y envidiando, qué remedio, el confort material de que están rodeadas.

El confort no es exactamente el lujo. Pero este último me lleva a preguntarme por lo reciente de la comodidad.

Punto y aparte.

Si nuestros antepasados vieran ahora los dispositivos y los recursos con que contamos, seguro que se escandalizarían o nos tomarían por ostentosos consumidores ajenos a toda idea de ahorro, de austeridad, de freno.

El gran burgués de antaño, nos dijeron Max Weber y Werner Sombart, no despilfarraba, pues procuraba hacer economías.

El gran burgués, el héroe epónimo de la modernidad comercial e industrial, no gastaba, sino que reinvertía, nos advirtieron estos sociólogos alemanes.

Los magnates de las fábricas y del mercado, descritos por Weber y Sombart, preferían la incomodidad, la falta de confort, procurando evitar la ostentación del lujo, que siempre ha sido fuente de envidias y de posibles latrocinios.

De ser cierto ese dictamen, y la investigación no lo ha invalidado enteramente, podríamos decir que hace poco tiempo, muy pocos siglos en términos históricos, que hemos hecho nuestra la idea del confort. Y el lujo accesible y bien visible es aún más reciente.

“Estamos acostumbrados a dedicar a nuestro cuerpo todas aquellas amabilidades que somos capaces de procurarle. Pero, en realidad, eso mismo, el afecto por el propio cuerpo, es una actitud relativamente nueva en nuestra civilización”, dice Joan Fuster en 1964 en su Diccionari per a ociosos.

Y no le falta razón.

“Tradicionalmente, la virtud se entendía bajo formas inconfortables”, añade Fuster con un neologismo bien expresivo.

La vida de los varones y las damas se limitaba a “la austeridad y la ascesis, la abstención y la mortificación. La vida del hombre sobre la tierra era considerada como una exigencia de sacrificio”.

“Ahora”, concluye Fuster en 1964, “todo el mundo piensa de distinta manera. Quizá por eso –estoy seguro de ello— comenzamos a disponer de sillas cómodas. Y de más cosas”.

Esas otras cosas que forman nuestro entorno material y que dan confort y a veces lujo a nuestra vida no son, efectivamente, muy antiguas: son logros de la civilización moderna.

Más aún, muchas son ideaciones técnicas de la época burguesa desarrollada, de aquel épico siglo XIX en que el progreso y el liberalismo se imponen.

Se imponen en los lugares más destacados de Europa para la prosperidad y el bienestar de quienes con mayores riquezas cuentan.

No pocos de esos magnates dejarán de ser austeros contables, para vivir de rentas y para exhibirse como potentados.

Para vivir como amantes del lujo, de los cigarros más perfumados y de los licores más caros. Formarán lo que Thortein Weblen llamará la clase ociosa.

De hecho, el confort es, en sí mismo, un tardío concepto burgués que luego se generalizará conforme las clases medias se ensanchen, abarcando a sectores amplios de la sociedad, cosa propia del siglo XX. Más aún: de la segunda mitad del Novecientos.

Y el confort es comodidad y desahogo, una forma de hacer más llevadera la existencia corriente cuando los individuos esperan algo más que el bienestar espiritual de la vida ultraterrena.

Eso sucede justo cuando la vida deja de pensarse como un Valle de Lágrimas.

A esta experiencia histórica la llamamos civilización (incluso civilización burguesa-occidental) y es un modo de superar la propia naturaleza o limitaciones, esas restricciones con las que debemos enfrentar la vida corriente.

Como advirtiera Sigmund Freud, nuestros utensilios y muebles (desde la simple escoba hasta el más sofisticado electrodoméstico, diríamos hoy) son prótesis culturales que nos prolongan y que desempeñan funciones antes completamente reservadas a la mano humana.

Son modos de alejarnos de lo natural, formas de socializarnos, pues. Son aparejos, adminículos, avances que nos dan comodidad y descanso y, si se ve o se muestra, también lujo.

Son herramientas materiales que activan la industria y el ingenio: ciertas manufacturas podrán aplicarse para fabricar esos utensilios.

Pero son también formas de distinción, por decirlo con Pierre Bourdieu: quien cuenta con ciertas propiedades o recursos materiales que le procuran bienestar visible se eleva por encima de lo ordinario haciéndose admirar o envidiar.

Cuando sus bienes materiales estén al alcance de cualquiera, de esa clase media que crece o se ensancha por lo menos hasta un cierto momento, entonces la gente distinguida buscará lujos inaccesibles.

“El hombre occidental, tan rico en inventiva para ciertas cosas –mitología, metafísica, literatura, arte, guerra, opresión, etc.–, ha mostrado a lo largo de los siglos una singular falta de imaginación para todo aquello que hacía referencia a su confort más inmediato”, decía Fuster en otra página.

Pues eso.

No hace falta echarle mucha imaginación para disponer de cierto confort.

Pero hay que tener poca cabeza o tener mal gusto para mostrar con ostentación los bienes materiales. Me refiero a los bienes materiales de que estamos rodeados, esos azares de la fortuna o esas ganancias de depredadores.

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